Periodismo retrógrado

Opinión. Cuando el oprimido hospeda en sí al opresor.

El periodista siempre tendrá la tentación de dejarse llevar por los oropeles del poder permanente o el poder del dinero, bien por razones económicas, por sumisión al poder, o simplemente por la tendencia a considerar más veraz y valiosa la información sólo porque procede de la moqueta y el esplendor de los centros del poder. Por fortuna, existen muchos periodistas que toman partido por los desposeídos, por los sin voz, por aquellos que claman justicia porque sus derechos son pisoteados todos los días, como los campesinos.

Pero existen algunos periodistas que son directamente siervos, porque alojan en sus cerebros a su señor, que puede ser el sistema producto de la construcción social del opresor. El señor se vuelve tanto más señor cuanto más internaliza el siervo en sí al señor, lo que profundiza aún más su estado de servidumbre. Frei Betto señalaba con humor que en cada cabeza del oprimido hay una placa virtual que dice: hospedería del opresor. Es decir, el oprimido hospeda en sí al opresor y es exactamente eso lo que lo hace oprimido. La liberación florece cuando el oprimido se desprende del opresor y comienza entonces una nueva historia en la cual no habrá ya oprimido ni opresor sino ciudadanos libres.

Osmar Apuril,  periodista de Radio Ñandutí, dejo entrever las facetes del oprimido en su programa del sábado 3 de diciembre pasado al medio día, cuando hizo apología sobre las bondades del agronegocio y que “si el Paraguay está hoy donde está, es gracias al esfuerzo, la pujanza, el trabajo denodado del sector privado, a pesar de todas las trabas…”

Apuril estaba atacando al SENAVE (Servicio Nacional de Calidad y Sanidad Vegetal y de Semillas) y al presidente de la institución, Miguel Lovera, por exigir a los importadores a cumplir con toda la normativa para la importación de agroquímicos. Los ilegales movieron todas sus artillerías, incluyendo al periodismo,  para presionar a la institución y así seguir transgrediendo la legislación vigente en desmedro de toda la población nacional y del erario público. En la práctica, el periodista de Ñandutí estaba alentando la introducción al país de productos desconocidos, porque el no cumplimiento de la normativa significa avalar el traspaso de nuestras fronteras de cualquier contenedor cuyo contenido puede no ser conocido.

“Atención gente del SENAVE, comandados por Miguel Lovera, de que pueden ser después penal y civilmente responsables de hundir al país y sobre todo perjudicar gravemente a la gente que genera divisas”, señalaba Apuril, amenazante, amparado tras el micrófono que le otorga impunidad, proveniente del cartelito al cual hace alusión Frei Betto, puesto en su cerebro por los opresores.

Apuril ni siquiera intentó aplicar la falsa premisa de la “neutralidad informativa”, porque ni siquiera apeló a la otra fuente, que es el SENAVE o su presidente a quien calumnió, difamó, entre otros, aún cuando en el pasado reciente cantaba loas a Miguel Lovera por su posición con relación al calentamiento global y sus efectos sobre el Planeta. Apuril directamente tomó partido e hizo trizas de la “objetividad” periodística, tan en boga en los grandes medios occidentales. Despreció a gran parte del pueblo paraguayo, al subrayar que la gente que trabaja está en el campo y que “la gente que  realmente es exitosa está en la agricultura empresarial”.

Es lamentable este tipo de periodismo, retrógrado, que pretende levantar las banderas de la libertad desde la hospedería de la servidumbre.

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