Perdón, doctor

El juez Gustavo Amarilla dispuso la libertad ambulatoria de Licinio Alcaraz luego de más de cuatro días de arresto en la comisaría y una lesión cerebral sufrida luego de haber sido golpeado por la policía. 

Mirta Maldonado, Sergio Peña, Licinio Alcaraz, Majo Quevedo y el autor de esta nota, Julio Benegas, tras la audiencia en el Palacio de Justicia. Foto: cigarrapy.

“Perdón, doctor; yo no hice nada, doctor;  ni una arena tiré a la policía, doctor; solo defendía el derecho, doctor”.

El juez Gustavo Amarilla reconoce a Licinio. Licinio a él. Él cuidaba autos en los alrededores de la Católica donde el juez estudiaba Derecho. “Pato, le decíamos”, comenta el doctor. Este martes se reencontraron en el juzgado número 9.

Él venía de unos días de espanto, de gusto ácido, de un corte en la cabeza sin atención médica por más de 15 horas, venía de ese mundo en que una vuelta de esquina lo encontró con gente que protestaba porque aumentaron a 2.400 guaraníes el pasaje. Venía con su antigua soledad en esas calles en las que aprendió a decir “le limpio su auto doctor”, “le cuido su coche, patrón”.

Hoy, luego de cuatro días en la Comisaría Segunda, se encontró en ese mundo de “doctores” del Palacio de Justicia. El juez de Garantías lo liberó imponiéndole la firma una vez al mes en el juzgado. “Gracias, doctor”.

Afuera, Sandra Flecha, Majo Quevedo, Mirta Maldonado, Guillermo Verón y Sergio Peña estaban contentos. Y lo expresaron con cariño hacia este hombre bajito, cariñoso, afectuoso que se diluye en los abrazos. “Gracias por todo”, “gracias por todo”, dice. “A luchar de nuevo”, dispararía después de cerrar los papeles en la Comisaría Segunda.

Majo y Mirta lo llevarían a su casa, en Villa Elisa. Antes, Sandra le indicaría cómo tomar los remedios que le recetaron por la “contusión cerebral” que le detectara la doctora María Gloria Montórfano. En la comisaría lo tuvieron más de 12 horas con la cabeza reventada sin atención médica. De tanta insistencia de gente como Sandra y Majo, Mirta, los abogados Gustavo Noguera, Dante Leguizamón y Ximena López, se consiguió que le cosieran la cabeza, un defensor público, un acompañamiento parlamentario, incluso, y que pararan los maltratos en la Comisaría.

“Yo solo defendía mi derecho, doctor”. Para cerrar el trato “de las fuerzas del orden” con los pobres, en la comisaría le hicieron firmar el papel encima del banco, no de la mesa de recepción. Pero Licinio, acostumbrado “a los patrones y a los doctorcitos”, estaba feliz y felices estaban sus nuevos compañeros. Fue un buen día para creer de nuevo en nosotros mismos.

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