Paraguay: Un ocaso saludable

El poblado de Ybycuí, en el Departamento de Paraguarí, a escasos 70 kilómetros del centro de Asunción, conocido como “la cuna del Partido Colorado”, amaneció este jueves 15, Fiesta Nacional Paraguaya, con una inusual escarcha espesa, que el reflejo del sol mañanero se encargó de dibujar diversas banderas de colores en las irregularidades de los campos, pero ninguna fue colorada. ¿Casualidad?.

Foto del Fanpage de Horacio Cartes en Facebook.

Quizás, con su sabiduría y caprichos, el tiempo, aliado a otros elementos, está anunciando el fin de las dos familias políticas que más daño han hecho al pueblo paraguayo en el último siglo, ambas en franco deslizamiento hacia el precipicio que han construido con sus abusos, represión, corrupción e insensibilidad hacia las necesidades e intereses del pueblo. La otra cabeza en el infortunio popular es el Partido Liberal, cuya cúpula actual ha traicionado la matriz ideológica del mismo.

La nieve, en cualquier parte de esta naturaleza tan agredida por la especie humana, y siempre que sea fugaz, perjudica sólo y en ciertas ocasiones a algunos plantíos, pero es inexorablemente útil en la eliminación de alimañas, gusanos y mayoría de insectos, entre ellos el temible aedes egyptis, función que, traducida en esta ocasión al mundo político y social, bien puede simbolizar una muy oportuna higienización general.

La escarcha, como contenta, se fue desvaneciendo tras un magnífico sol que aliviaba de los vientos fríos a las numerosas personas que llenaron las calles céntricas asuncenas en una jornada de mucha actividad cívica, destacando el inicio de un nuevo quinquenio presidencial, con una suntuosa ceremonia en el Palacio de los López y, al unísono y a pocos metros, actos culturales de repudio al mandatario saliente y a su gobierno faccioso.

El empresario Horacio Cartes, emblema del enriquecimiento fácil y rápido, juramentó ante una decena de personalidades de gobiernos extranjeros y más de cien capitalistas que llegaron de diversas partes del mundo en sus aviones privados, atraídos por los nexos que ha cultivado el nuevo hombre fuerte del país y por las garantías que ofrece a los inversionistas, al tal punto que les promete exoneración impositiva a las firmas que distribuyan caridad entre los pobres.

La oferta está dirigida casi en exclusiva a las corporaciones transnacionales del agronegocio, omnipresentes en el país, para las que designó al incondicional Regis Mereles al frente de SENAVE para atenderlas,  y a los empresarios maquiladores que irrumpen impetuosamente en diversos rubros, en los que Cartes, omitiendo la lógica esclavista de los mismos, confía como una de las válvulas de escape al colosal desempleo de una cuarta parte de la población económicamente activa (PEA), donde anidan tres millones de seres humanos, de los seis y medio que conformarían la población del país, con más de un millón emigrado.

El flamante presidente, un advenedizo en la política, fue electo el pasado 21 de abril por una aplastante mayoría, en representación del Partido Colorado, al que se había afiliado recién cuatro años atrás y al que, para poder postularse, impuso, a fuerza de dinero, una modificación de los estatutos, que exigían diez años de pertenencia.

Otro aporte al corroído partido, que formó parte de una feroz tiranía de cuatro décadas encabezada por el General Alfredo Stroessner, habría sido la financiación a varios candidatos para que ganaran las elecciones municipales de hace tres años, incluida Asunción, cuyo pequeño centro es la única parte de la capital sin pozos, sin raudales y sin basura amontonada durante días, clara expresión del fracaso de la política basada en las mentiras, las prebendas y la demagogia.

El Estado que administrará Cartes es prisionero de la ineptitud y de la corrupción, con unos 280 mil burócratas que absorberían 250 millones de dólares por mes en salarios y regalías, convertido en un negocio para la oligarquía empresarial y para las cúpulas de los dos grandes partidos, socios íntimos en una sociedad que gerencia el Partido Colorado desde hace 70 años, con la apoyatura cuasi masónica del aparato liberal.

Sin duda que esa situación representa un desafío difícil de superar, al que Cartes llega convencido de que podrá enfrentarlo con el mismo éxito que disfruta como titular en más de veinte empresas financieras, tabacaleras, agro-ganaderas, de bebidas y del fútbol profesional, entre otros rubros, bajo sospecha de que también podría ser prestanombres de algunas.

Su fulgurante incursión en política, al que muchos allegados dicen que siempre miró con desdén, comenzó meses después de la instalación del “gobierno de los cambios” presidido por el exObispo Fernando Lugo, en agosto del 2008, cuando los colorados sufrieron su primera derrota electoral en setenta años, aunque sin perder el poder sobre el parlamento y el Poder Judicial. Apenas una avería en su viejo motor.

Lugo, al frente de una alianza muy heterogénea en ideas, doctrinas, intereses y objetivos, había contado con el voto mayoritario del Partido Liberal, que impuso como Vicepresidente a Federico Franco, ganador de unas internas recientes con fraudes múltiples, y que el 22 de junio del 2012, encabezó el Golpe de Estado, maquillado de parlamentario, que le costó a Paraguay la suspensión del MERCOSUR hasta el 12 de julio pasado, por violación de las reglas y principios democráticos.

Cartes, experimentado negociante y hábil calculador, como lo confirma su sinuosa trayectoria empresarial, y financista de varios postulantes de distintos emblemas, advirtió de inmediato que se habría ante sus ojos una ocasión inmejorable para incursionar en política, por tres razones: 1) el Partido Colorado exangüe, pero mayoritario, requería oxígeno de urgencia, 2) el Partido Liberal se había salvado de implosionar gracias a integrar el gobierno de Lugo, pero manteniendo un considerable electorado, y 3) las fuerzas populares dispersas, eran incapaces de sumar más votos que esas dos viejas familias.

Una cuarta razón y quizás la fundamental, era la necesidad de Cartes de conquistar impunidad para abroquelarse ante el número de denuncias, acusaciones y pleitos iniciados en su país y en los vecinos, en particular Brasil, donde aparece aún hoy como contrabandista de cigarrillos de su Fábrica Tabesa y cabeza de una asociación ilícita para delinquir, con el tráfico de drogas, armas y lavado de dinero. Versiones de prensa señalan que entre el 20 al 60 por ciento del tabaco de contrabando que se ofrece en varios países americanos, son de su marca.

El año pasado Wikileaks difundió unos datos en ese sentido, atribuidos a fuentes diplomáticas de Estados Unidos, país que Cartes admira y en el que residió algunos años, y cuya injerencia en la vida política, militar y educativa paraguaya, que tiene medio siglo, se ha incrementado en los últimos años de manera intensa.

Esa contradicción entre la buena opinión de Cartes sobre el Tío Sam y la información que el Pentágono y la DEA disponen sobre sus actividades, es pura apariencia, como lo demuestra y recuerda el episodio protagonizado hace un cuarto de siglo entre Washington y el General Andrés Rodríguez, a quien la potencia imperial le prohibió entrar al país en 1987 porque lo consideraba un cabecilla en el narcotráfico, pero dos años después lo blanqueó.

En febrero de 1989, ese amoral jerarca militar fue integrado al plan de rejuvenecimiento de los genocidas regímenes suramericanos, tras dos décadas y media de crímenes y robos a los pueblos, con la misión de  desplazar del poder a su socio, colega y consuegro General Stroessner, descartado por la Casa Blanca tras cumplir 35 años de obediencia en la represión y asesinatos de opositores, calificados todos de comunistas. Siete u ocho años después, Rodríguez murió en circunstancias desconocidas, presumiblemente en una clínica estadounidense.

Para la amplia masa de paraguayos que habían coexistido bajo el estronismo, colgados del pañuelo colorado, y para el sector que permanecía en el país, entre los cientos de miles de víctimas de los abusos de la tiranía, el General Rodríguez, que en voz baja era “un bandido cruel”, se convirtió en un demócrata, salvador de la patria, convertido por los medios grandes de comunicación, casi en un héroe.

¿Similitud?. Los hechos, como siempre, dirán si hay lugar y razones para una reedición. Por el momento, Cartes ha asumido la presidencia con un equipo de colorados poco activos, presentados como “técnicos”, la mitad formados en universidades norteamericanas, muchos de los cuales generan repudio popular por su postura estronista y orgullosos de haber pertenecido a un régimen criminal y ladrón, en particular el nuevo Canciller Eladio Loizaga y el Ministro de Defensa General Soto Estigarribia, acérrimo y confeso enemigo de las ideas socialistas, y devoto de Estados Unidos.

Cartes pronunció un discurso emotivo, que la ciudadanía ha recibido relativamente bien, aunque omitiendo mencionar al MERCOSUR y a su concepto de “estorbo” por los sindicatos, ni a su inclinación por privatizar empresas estatales. Prometió seguridad y combate implacable a los “grupos armados”, sin hablar de las bandas de mercenarios que actúan al servicio del narcotráfico o de la “guerrilla del EPP” que, según el Ministerio del Interior y la prensa de derecha, activa en el norte del país. Un día antes había sido asesinado en la zona de Concepción el dirigente campesino Lorenzo Aquino.

Notorio fue el déficit en su oratoria, aparentemente improvisada pero que habría sido leída en dos telepromters transparentes instalados cerca pero no visible en la trasmisión televisada, sobre los derechos humanos, y el tema crucial de la tierra, en la que Paraguay se destaca por mantener la más desigual tenencia en Suramérica.

En el momento que Cartes hablaba, desfilaban por las calles céntricas de la capital columnas de docentes y médicos reclamando el pago de jubilaciones, algunas de 150 dólares por mes, y de sus salarios congelados hace meses, como ocurre con otros gremios y los inscriptos en la Secretaría de Acción Social, todos víctimas del gobierno usurpador del Partido Liberal que, luego de 14 meses, debió pasar la posta repudiado en actos culturales y concentraciones de ciudadanos en las plazas adyacentes al palacio del Ejecutivo Nacional. Cinco entre diez paraguayos, desconocen el bienestar.

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