Paraguay es una peculiaridad ideológica

El laureado escritor Roa Bastos, definía a su país como una isla rodeada de tierra, y si esa imagen se pudiera trasladar al basamento ideológico de su población, podría concluirse que ésta es una nación, por el sentimiento identitario predominante, que viene haciendo su historia sobre bases doctrinarias inusuales que la han convertido en un bosquecillo de baja estatura y muy enmarañado. (Análisis).

Mapping proyectado en el Cabildo al celebrarse los 202 años de Independencia del Paraguay. Foto: Horacio Cartes Fan Page de Facebook.

El Partido Colorado, el más poderoso, detentor absolutista del poder estatal durante 80 de sus 126 años de vida, carece de una matriz ideológica articulada sobre principios científicos, a diferencia del Partido Liberal, fundado sobre las viejas tesis de Adam Smith y David Ricardo, de hace dos siglos y medio, que inspiraron parte de los primeros 50 de los 126 años de la institución, afectada de amnesia el resto de su existencia.

Sin dudas que el primero, para suplir su carencia teórica, ha sido muy hábil en instalar entre la población una suerte de praxis autoritaria masificada, que ha guiado por años una conducta de obediencia y resignación, utilizando a fondo el asistencialismo gubernamental, mientras  que su contrincante electoral y sumiso adversario-colaborador en varios períodos posteriores a 1950, se fue desnaturalizando al abandonar el capital político legado por los fundadores del partido.

A la par que las omnipresentes cúpulas coloradas, con pobre pensamiento filosófico  entre sus filas, han cultivado coherencia en su objetivo mayor, que desde hace ocho décadas es el secuestro y saqueo del Estado, las élites liberales del último medio siglo, han nadado en el nihilismo, dando la espalda a los Manuel Gondra, José de la Cruz Ayala, Manuel Franco, José Guggiari, Eusebio Ayala y, en particular, a Eligio Ayala y Cecilio Báez, los dos dirigentes con mayor estatura de estadistas del siglo XX en el país.

Antagónicas a esos dos partidos, hace unos 70 años crecieron fuerzas con voluntad revolucionaria, con algunos dirigentes destacados de inspiración marxista, que impulsaban propuestas emancipadoras, identificadas con el movimiento izquierdista internacional, cuya mayoría reflejaba la línea soviética, y una minoría la maoísta, ambas colgadas al sectarismo oficial dominante, sin autocrítica ni creatividad.

Esa militancia, producto de la división entre sus dirigentes, la represión feroz del estronismo y luego la pérdida de apoyos que generó la desaparición de los regímenes del este europeo, con la URSS a la cabeza, fue opacándose y recién comenzó a dar signos de vida a partir de la década del noventa, con posturas realistas en los recientes últimos tramos de la vida política paraguaya.

Lo que generalmente se conoce como izquierda en el resto del mundo, en Paraguay tiene una pálida presencia, fruto de la ausencia de una articulación amplia del número creciente de personas que se sienten izquierdistas pero sin identificarse con el Partido Comunista, por ejemplo, salvo una minoría de militantes, ni tampoco con el Frente Guasu y sus siglas más notorias, ni con Avanza País o su membrecía electorera, ni con los otros emblemas más pequeños, debido a su objetivo sectarismo.

De hecho, no hay Partido Socialista, aparte de alguna impudorosa alusión de grupúsculos, lo cual es un hecho positivo en la preservación y asepsia ideológica, amén de que las organizaciones así autocalificadas se distinguen, en el mundo entero, por su traición a los principios revolucionarios, como trágicamente se graficó en Europa del Este y en occidente se verifica en varios gobiernos en los últimos 30 años,  casos de España, Grecia, Portugal y Francia, convertidos en meros gerentes del caos capitalista.

Cartes con la victoria. Foto: Fanpage FB de HC.

Adentrarse un poco en este bosquecillo de baja estatura y muy enmarañado que es el Paraguay político, es indispensable para tratar de comprender y explicarse la situación actual del país, víctima de la alianza de la derecha colorada-liberal y de las torpezas e ineptitudes de las dirigencias de esa mal llamada izquierda.

El triunfo electoral de Fernando Lugo en abril del 2008 constituyó un mazazo para el aparato omnipresente del Partido Colorado que sufrió una implosión que lo dejó temblequeando, al verse despojado del gobierno que detentaba desde 1940, el que viene de recuperar, salvándose de su agonía por la traición del Partido Liberal y la división de las fuerzas progresistas y democráticas que tozudamente han reeditado los males del egoísmo individual y de debilidad y vacilación de “el gobierno del cambio”.

Un repaso somero de los resultados de las elecciones nacionales de este 21 de abril, agrava la responsabilidad de la dirigencia progresista, dado que hubo un millón 300 mil inscriptos que no votaron, 200 mil más que lo cosechado por Horacio Cartes. ¿No sería legítimo, entonces, preguntarse sobre las razones de tan significativa ausencia?.

En el pronunciamiento cívico pesó decisivamente la inversión incuantificable de dinero por parte del candidato colorado, hubo mucha pasión, mezquinos intereses, miles de  cédulas de identidad alquiladas, castigo por inconducta a liberales y a progresistas, pero también se registró el voto consciente, al punto que casi desaparece el Partido Unace, de extrema derecha, que era de cerca la tercera fuerza, y el Partido Patria Querida, empresarial, que no sacó ni siquiera un senador.

Entonces, del millón 100 mil votos que reunió Cartes, ¿cuántos le pertenecen?, ¿cuántos al Partido Colorado?, ¿cuántos fueron de castigo por la desilusión de lo que Lugo representó?, y ¿cuántos de sanción a los liberales por golpistas y traicioneros?.

Fuera de ellos, de los liberales, oviedistas y patriaqueridistas, los otros emblemas,  todos divididos, sacaron alrededor de 300 mil, a pesar de las ineptitudes, errores, pérdida de identidad de muchos representantes, e irregularidades en el funcionamiento de numerosos responsables del gobierno luguista, vueltos indiferentes ante los problemas de la gente humilde, a la que miraban y mentían desde las alturas.

Movilizada la ciudadanía consciente, que ha dado tantas muestras de tolerancia y capacidad de soportar decepciones, ¿cuántos votos habría reunido una fuerza progresista y democrática unificada?.

Todo el abanico demo-progresista paraguayo, continúa aún sin someterse ante el pueblo a un análisis autocrítico, asumiendo sus errores, entre ellos su falta de visión ante los preparativos del Golpe de Estado del 22 de junio, una semana después de la masacre de campesinos y policías que fue el tinglado montado para asaltar el Gobierno y terminar con el proceso de cambios que, por encima de deficiencias, si llegaba a cumplir su tiempo, podía alumbrar la normalización institucional del país.

Esa miopía política impidió, en las primeras semanas, integrar mucha gente a la resistencia al gobierno usurpador y luego a engrosar las fuerzas con la parte de la ciudadanía más convencida de la necesidad de perseverar en los cambios, llegando en contacto directo al campesinado, a la juventud, a los trabajadores irregulares, a los desocupados, a los marginados, y a los sindicalistas, cada día más huérfanos de conducción. La solidaridad internacional ofrecida fue groseramente desatendida.

Foto: Fanpage de Efraín Alegre en FB.

La dirigencia progresista con más peso, jamás le habló al pueblo de que en Paraguay, como en todo el universo del sistema capitalista que somete igualmente a este país, también está entablada la clásica lucha de clases y que cuando la derecha denuncia la violencia de los zurdos, omite perversamente que la marginación del 40 por ciento de la población, con más de un millón hambreado, es la mayor expresión de violencia en una sociedad, hipócritamente llamada democrática, sin justicia y equidad social.

Probablemente, la construcción de una izquierda pujante en el país, saldrá de la concientización político-ideológica y del compromiso que asuman las bases populares, con la valentía de sepultar las prácticas de partidos cerrados, alienados en las prácticas de la derecha de obediencia y votos, congelados en los tecnicismos y las tramoyas de las internas, burocratizando la actividad política y contagiándose de vicios de los enemigos. Sin la valentía necesaria para impulsar el embargo y la expropiación de bienes malhabidos de las familias corruptas, sólo se desemboca en la capitulación.

Como era previsible, el aparato conductor del Partido Liberal se está resquebrajando a pocos días de haber servido como celestina a los colorados, cultivando su vieja ilusión de compartir el poder. Sus bases, reunidas en diversos sitios del país, reclaman la baja de toda la dirección, lo cual es correcto pero al mismo tiempo es impotencia y desacierto político, dado que los insubordinados carecen de propuesta alternativa.

La nueva generación militante está formada en la obsolescencia conceptual de los actuales mandamases, los cuales son vistos por la ciudadanía como tan o más corruptos que la cúpula colorada, prostitución tolerada por cálculos de oportunismo electoral por los actuales disidentes, convertidos, de esa forma, en cómplices en la traición a las mejores esperanzas del pueblo.

Entre los colorados, a pesar de la fácil victoria de Cartes, no todo es algarabía. Hay pujas intestinas y, aunque por ahora son de baja intensidad, su futuro es muy incierto.

Han sido capaces, como siempre, de unirse para ganar las elecciones, pero esta vez el factor dominante no fue la mística sino el dinero sobre el que cabalgó como avezado inversor el advenedizo ganador, quien ve la política como una empresa rentable, en la cual se siente dueño y señor, sin necesidad de rendir cuentas a nadie, salvo quizás al oscuro sector financiero que representa, con mucha presencia foránea. Ante esa postura, se abre una interrogante acerca de la opinión que pesará más en el mañoso aparato conductor del partido, que continúa sobreviviendo sin rendir al pueblo sus añejas y vergonzantes cuentas, lo cual quizás puede constituir su flanco más débil.

 

 

 

 

 

 

 

 

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