Paraguay: algunos velos comienzan a caer

(Opinión) Ciertos hechos, acaecidos en los últimos días en Paraguay, en distintos sitios y circunstancias, muestran inequívocamente que esta sociedad empieza a develar aspectos de un retenido sentimiento de impotencia, que se habría ido construyendo durante años de represión de la subjetividad, a lo que se suma reacciones y actos individuales inconfesados, configurando un cuadro colectivo de negaciones que, por décadas, ha mantenido muchas cosas en la invisibilidad.

Los sociólogos y otros estudiosos, quizás puedan encontrar alguna explicación en el hecho de que este pueblo aún no ha superado el profundo traumatismo que le causó, desde 1865, la agresión bélica de tres países vecinos, destruyendo su ejemplar República, en un genocidio que ha generado más de un siglo de ausencia de civilidad, aplastado por la omnipresencia oligárquica que todavía actúa como una suerte de monarquía de politiqueros, empresarios y militares, con grandes fortunas malhabidas.

Claro está que, en el contexto global de violencia, este país no es una excepción y, sin dudas, está lejos aún de los peores, pero lo preocupante es que el mal se está agravando entre una población que hasta hace poco se caracterizaba por cultivar un espíritu apacible y una conducta bonachona, acogedora, casi al margen de las maldades de un Estado usurpado por la canalla.

La hiedra venenosa que se expande por el planeta, fruto de un modelo de coexistencia vecinal que ignora la convivencia social y humana, que genera individualismo contra el desarrollo de la individualidad, la agresividad criminal contra el abrazo, la competencia contra la cooperación, la asfixia, desarreglos y conflictos familiares por la acumulación de riquezas por un lado y por efecto de la miseria enfrente, conforma una patología que se puede explicar y diagnosticar, pero que no disculpa a nadie ni a nada.

Entre las aberraciones que se producen en Paraguay, una fue cometida este fin de semana contra unos burritos que andaban sueltos en las calles de Concepción, ciudad del este-norte del país, zona de honrados labriegos espectadores impotentes y humillados por la mafia del eterno trasiego ilegal de drogas y otras mercaderías, que hacen del peor contrabando protegido la segunda actividad de ese territorio, después de los grandes sembradíos de soja a cargo de las corporaciones agrotóxicas estadounidenses.

Un resurgir desgarrador del alma produjeron las imágenes televisadas de policías que, ante su natural resistencia, arrastraban a los pequeños asnos condenados a la muerte inmediata por el delito de andar libres. Vívido, reapareció el burrito eternizado por Juan Ramón Jiménez en sus diálogos en el Platero y yo, en toda su ternura, ese tesoro insustituible de la vida, el que amenaza seguir aniquilando el matarife desalmado que oficia de Intendente de ese pueblo, al declarar que nada detendrá sus hazañas.

Animalitos tan nobles y útiles, qué daño provocan a la sociedad?. En un sistema opresor, como el capitalista, ser libre es un delito en sí, pero esta otra sinrazón paraguaya tiene otras aristas, además de la mentalidad opresora institucionalizada y uniformada.

Quizás podrían encontrarse en la impotencia de un pueblo que, en su mayoría, cultiva una subjetividad sin identificación consciente y, por lo tanto, sin la menor explicación racional de muchos de sus actos, como elegir, para que los representen y gobiernen, legisladores y otras autoridades ineptas y corruptas, cuyo único objetivo es garantizar su impunidad personal y familiar.

Por supuesto que esa gravedad, aquí y en casi todo el mundo,  es fruto del obsceno modelo social imperante, generador de la violencia, angurria y egoísmo de que hace gala la clase que ha secuestrado el poder que da el dinero, el Dios-mercado y la desmovilización o incapacidad de la ciudadanía.

Abyección sistémica que mantiene miles de adultos y niños en las calles, sin el alimento afectivo y el abrigo material, presas del hambre, el crack y la prostitución, con criaturas con ocho o diez años que sobreviven drogados, presas de cuanta morbosidad practican los criminales de la vida.

En Paraguay hay 45 mil menores de edad, entre 5 a 17 años, en situación de “criaditos”, eufemismo que pretende sustituir el calificativo de esclavos domésticos y en trabajos peligrosos, mayoría hijos de las familias campesinas más pobres y marginadas, según un informe del 2011 de la Encuesta Nacional de Actividades de Niños, Niñas y Adolescentes (EANA). El grado de deserción escolar es abrumador.

En más de 60 albergues, distribuidos en el país, “convertidos en depósitos de niños”, hay 1.700 menores y varios con más de cuatro años de permanencia en esos lugares, cuando lo previsto es cuestión de 3 a 4 meses, como medida de emergencia, paliativo transitorio, que debería oficiar de puente hacia una residencia hogareña definitiva.

La juventud “es la ventana del futuro”, acaba de proclamar el Papa Francisco a su llegada a Río, y a cualquier ciudadano le asiste el derecho de preguntarle ¿y… por qué no es la puerta del presente?, siendo que asociar la juventud al futuro siempre ha sido una infamia más de los politiqueros para sacarse de encima compromisos, engañando a las nuevas generaciones con promesas que jamás se cumplen.

La deshumanización opera día tras día, hora tras hora, consecuencia del abuso de los poderosos de todos los pelos y señales, en esa amalgama inmunda con los medios de la difusión del horror y el morbo, que tienen en la pantalla chica su principal foco enajenante, alentadora del sin valor, del consumismo, de lo artificial y vicioso, de la imitación de los superdotados e invencibles.

Un niño paraguayo, de nueve años y de hogar humilde, acaba de ser otra víctima de ello. Murió ahorcado días atrás, practicando escenas admiradas de los “juegos” de la televisión, mientras su madre había salido a trabajar y su padre lo visitaba cada vez que podía viajar desde Argentina, donde encontró un empleo.

A las familias pudientes, que reclaman “un país seguro” (para ellas) y jamás un país justo, al gobierno y sus administraciones, al mundillo de los negociados partidarios, a la rosca bancaria, a los inversionistas extranjeros, les resbalan, ni se dan por enterados del asesinato de los burritos ni del niño que entregó su vida queriendo ser otro Rambo de la televisión, empresarios que embolsan fortunas organizando y difundiendo los espectáculos de la superficialidad, estimulando incluso las pasiones incontroladas entre los aficionados al fútbol, una de las fuentes modernas del enriquecimiento ilícito.

Dos cosas sobresalen en ese ambiente: la fabricación, en laboratorios, de figuras descollantes, tipo Messi, cuyas virtudes naturales son explotadas al máximo de rendimiento y de poca duración, para sustituirlos antes de que comiencen a perder rentabilidad y, en segundo lugar, el desarrollo de las barras bravas. En el primer caso, y por adoración del dinero, innúmera cantidad de padres prefieren que el hijo imite a Messi, Ronaldo, Aimar y otros, antes que invertirse en una carrera universitaria.

Nunca antes de que la pelota se convirtiera en una esfera de oro, desplazando el balón de tantas alegrías y diversión sana, concurrir a presenciar un partido de fútbol, constituía un riesgo de vida, como ocurre ahora.

El Club Olimpia, decano paraguayo, jugará este miércoles en Brasil una final contra el Atlético Mineiro, y hay indicios de que el partido estará rodeado de peligro físico para jugadores y público, en una prolongación del bochorno provocado la semana pasada en Asunción, por el matonaje envuelto en la bandera blanca y negra que agredió a los aficionados visitantes, en una expresión más de un errático desahogo de males guardados en la intimidad de muchos paraguayos.

Nada puede justificar tremendo salvajismo, dado que la victoria de 2 a 0 fue merecida, en un excelente espectáculo ofrecido en la cancha por 22 atletas pero que, al poco rato, desfiguraba una horda de borrachos y drogados volcados en las calles por donde pasaban los perdedores, rompiéndoles los cristales de los vehículos y agrediéndolos físicamente, con palos, piedras y botellas, decididos a provocarles el mayor daño posible, en demencial culminación de la victoria que, a esa altura, había perdido el carácter deportivo, travestida en descontrolada ferocidad.

 

 

 

 

 

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