Para Rafael y los nuestros

Qué nos contó Rafael Barrett sino la estirpe de un pueblo en duelo resignado. Por Julio Benegas

Es posible que el designio de la prematura muerte haya formulado un hombre sensible, errante y muy temerario, tanto de jugarse la vida asechada por el pronto olvido, “entre la niebla y el sudor” (Sabina dixit); una vida asombrada por “el caos fecundo”, como él mismo lo predijera. No es menor el dato de este hombre, carne, hueso, por cuyas venas corrían tuvy de py’a guapy, py’aro y jopói, en un periodo en que la civilización occidental aceleraba el sello de la dominación a través de las oligarquías criollas que se apoderaban de territorios míticos del Sur luego de la “liberación” de la corona española.

Barrett, escritor, paraguay

Foto de Rafael Barrett. Fuente: www.uhora.com.py

No es tampoco menor el dato de que tanto asombro por la mezquina desigualdad se le haya anidado, en su efímera y honda vida, en este paisito, sombra y polvo, metáfora kusugue de la nación destruida en la Guerra Grande.

Rafael Barrett amaneció en el espanto patria de humareda ósea, de jazmines que refrescaban el alma entristecida por el duelo profético de mujeres que recreaban la especie en resignación mística y de jóvenes vibrantes que disputaban el mínimo escenario público que dejaran la guerra y el ejército de ocupación.

Lo trajo por acá la revolución de 1904 y lo mantuvieron los niños desheredados, hombres esclavos en las tanineras y en los yerbales y un puchito de hombres que, como lo dijera Eligio Ayala, se deshacía en la miseria de la traición y la refriega estéril de las facciones.

La patria vendida a la banca de Buenos Aires y tutelada por el imperio brasilero; a la Argentina de gauchos ensangrentados y el Brasil de esclavos-soldado, bajo la estela enorme del imperio británico.

Qué veía y qué nos contó Rafael sino la estirpe de un pueblo en duelo resignado, tristeza domesticada, fuego apagado de la desolación, jugando a ensueños epopéyicos de abuelos libertarios y guerreros mitológicos.

El destino fatal del Estado mestizo, de sangre y lengua guaraní, cruz y pólvora españolas, se deslizaba en su pluma no solo valiente sino imprescindible, fundacional, de la historia que la oficialidad omite, algunas veces por el enfoque exportado de la academia eurocentrista y otras veces por el caos que produce en el ser el reconocimiento profundo de las causas primeras de la desolación y la orfandad.

Contar de nuevo, no una o dos veces; recrearnos y rehacernos es lo que nos queda a los compuesteros y cronistas de estos tiempos de soledad de viejos en el campo, de territorios envilecidos por la deforestación y el veneno que usan para matar todo y dejar crecer una plantita, verde, cuya semilla comen los chanchos de Europa y China.

Nos reclaman Soledad Barrett, Carmen Soler, Félix de Guarania, Augusto Roa y Emiliano R. Fernández contar de nuevo, desde nuestras raíces, nuestras cosas, nuestras historias simples, como las del amor que las “devora el tiempo”.

Volver sobre nosotros, rodearnos, restañar las heridas para que al despuntar el alba saquemos el py’aro ancestral al mundo con caños de lucidez. Y que el crepúsculo, ese claroscuro lunar que añora el ka’aguy y sus póras, nos devuelva la materia para la urgente, necesaria y vital transformación.

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