Para quién administrará el nuevo ministro de Hacienda

Cualquiera que administra una familia sabe cómo manejarse con sus escuálidos ingresos. Por eso, entre otras cosas, sobrevivimos, aunque muy mal, en este país. Mejor si el dinero lo administra la madre. Sabe ella cómo dar de comer a todos. Algo nos pasa a los hombres. Plata en mano, farra total.

En el juego de la manutención, al igual que en el juego de la proyección económica, no hay recetas muy complicadas. Suma y resta de necesidades, suma y resta de posibilidades. Y a trabajar. En nuestro país somos malabaristas en esta ecuación. Alrededor de la mitad de los supervivientes en la zona metropolitana duerme pensando en mañana. En qué comer y cómo conseguir el dinero.

Qué tremenda angustia se debe sentir por estos días de Navidad, Año Nuevo y Los reyes magos. “Che dio, nopamo’ai voi la gasto”.

Cualquiera de nosotros sabe que endeudarse es la peor opción. Lamentablemente, en la suma de nuestras necesidades y de nuestras posibilidades, el préstamo o el crédito aparecen como una fuente irremediable. Es porque el margen de oportunidades para conseguir el bien requerido es muy escaso y la necesidad es ya.

En adelante, no solo deberemos presupuestar la comida, el transporte, la escuela, la bebida, la ropa, la comunicación… También el pago de la deuda y sus intereses. Habrá que trabajar aún más. Más angustia, más estrés. Más encierro, menos dispersión, menos ocio, menos recreación, menos contemplación.

El Estado administra el dinero público. Y sus metas, en teoría, son satisfacer la demanda pública.

En nuestro país las demandas son gigantescas, muchas de ellas para ayer. Necesitamos trenes y buses eléctricos, salud y educación públicas (reales), viviendas confortables y no trabajar más de ocho horas para vivir dignamente.

Los trabajadores sabemos, también, que el dinero se lo saca de donde hay. Por eso tanta gente sube a colectivos, limpia autos o directamente pide plata en las calles transitadas. «En el riesgo está la ganancia», he’i guerra hápe omuiva’eakue cantina.

El Estado paraguayo tiene en sus manos hoy la tremenda posibilidad de sacar muchísima plata de donde hay muchísima plata. Plata que treinta o cuarenta años atrás no existía, ni se pensaba que podría existir.

Gravar la exportación en bruto de la soja y de otros granos transgénicos aparece como la primera posibilidad, concretísima, rápida y fácil. En realidad deberían prohibirse los transgénicos, pero bueno, como estamos haciendo cálculos de hacienda, se pesa en los puertos y se grava, ahí mismo, como se paga el flete o cualquier otro componente de la producción y la comercialización

Gravar la carne de exportación es otra fuente al igual que la transferencia de capitales al exterior de las telefonías móviles o la renta financiera (dos sectores que acumulan las mayores ganancias del país), pueden ubicar al Estado paraguayo en un escenario muy superior de metas para satisfacer las múltiples demandas públicas.

Cualquiera de nosotros sabe que es mejor siempre satisfacer nuestras necesidades con recursos genuinos, pero, y es acá que, con discurso técnico sofista, como ya nos tienen acostumbrados, un hijo predilecto, no de nuestras madres pobres que sí saben administrar los recursos disponibles, sino del Fondo Monetario Internacional, asume el Ministerio de Hacienda con una ecuación completamente distinta, al punto de decirnos, por ejemplo, que “gravar productos solo en la exportación puede crear grandes distorsiones porque no toma en consideración ni cambios en precios y productividad”.

Además, este joven, que probablemente nunca necesitó administrar hambre ni otras necesidades básicas en su vida, nos viene a decir que el endeudamiento del país es bajo (en tan solo un año y medio nos endeudaron 1.500 millones de dólares con los “bonos soberanos”) y que Paraguay tiene un importante margen “para emitir estos bonos de modo a financiar con ellos obras de infraestructura o el repago de deudas”.

Imagina este hombre endeudarse aun para pagar las deudas. Es decir, lo que exactamente hacemos los pobres con nuestra miseria: bicicleteamos.

Mi madre crió a diez hijos. Administró la casa hasta su muerte, ocurrida el año pasado, a sus 82 años. Toda nuestra vida tuvo al día su libreta de almacén. Una vez, sin decirnos, vendió un terrenito de fondo para pagar su impuesto inmobiliario. Aun en la extrema pobreza, no se endeudó para pagar deudas. Si el Estado paraguayo tiene hoy tantas oportunidades para cerrar caja fiscal e imaginarse las imprescindibles obras públicas tan requeridas, por qué echar manos al endeudamiento. Y he acá la gran diferencia entre mi madre, en representación de todos los pobres, y un joven educado en las reglas del Fondo Monetario Internacional. Nosotros administramos nuestro dinero para satisfacer nuestras demandas, aun las superfluas e instaladas falsamente por el mercado. Santiago Peña, al igual que su antecesor, administra el dinero para satisfacer las demandas de sus patrones, entre ellos, el Fondo Monetario Internacional. Eso a él, y a su gente, le da mucho bienestar.

 

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