«Pa´lante, es pa´llá»: Diez aprendizajes en Venezuela

Por Agustín Barúa Caffarena*

Cuando contaba en Paraguay que iba a Venezuela me decían «¿Sabés que vas a ir a Corea del Norte, no?» o «Mirá que allá ametrallan gente».

Ante un pueblo como el venezolano que ha sentido tantas emociones que yo no siento y vivido tanta historia que no es la mía, al partir hacia allá me hice dos compromisos. Uno, respetar, respetar a cada quien: ni juicios ni consejos. Dos, aprender, de todos los relatos, de todas las perspectivas. Pese a tener una sensibilidad previa (roja rojita), fue respetar y aprender.

Ahora, comparto algo de lo que me traje de allá, 10 reflexiones, apenas borroneos de diario de campo de aprendiz de antropólogo.

1. En Caracas, a excepción de la zona de Chacao (y ni tanto), el semáforo es casi ornamental, nadie le da pelota. Viniendo del tránsito de Asuncion dónde todos los días veía al menos un accidente, en Caracas ví uno ¡en 6 meses! Me animo a arriesgar una explicación: ellxs se ven, al menos para competirse el paso en cada esquina, se ven.

2. Eze me invitó a ir a ver a los Rojos del Ávila, al Caracas, el club de fútbol más popular de la ciudad jugando la Libertadores. El partido fue malo en serio pese a la cerveza liberada que atenuaba el bostezo, pero algo me conmovió fue que al ir pasando los minutos, mientras se mantenía el mal fútbol, nunca, NUNCA la gente (y en mi cabeza de futbolero ree tocaba hacerlo) silbó ni reprochó a su equipo. Siempre fue… alegre. Más jugar que competir.

Última arepa que me hicieron la Scovino y el Eze, sabedores de mi arepofilia, y que no alcancé a comer antes de salir temprano al aeropuerto.

3. Mamar gallo o chalequear es quizás la forma más extendida del bromear venezolano. En Guaca (Carúpano) en una actividad comunitaria, la presentación de las personas duró 15 minutos y los chistes sobre las presentaciones 45. Cuando en una actividad (Mamagallatorio, San Agustín del Sur) propuse pensar cómo, a más de las fuerzas armadas, el humor pudiera ser una cuestión estratégica para el proyecto emancipatorio venezolano la gente me miró… y siguieron bromeando. Hernán Vargas me decía «a este pueblo le han salvado 3 voluntades: voluntad de vivir, voluntad de paz, voluntad de reír». Como tantas veces me dijeron: «pa’lante es pa’llá», o sea, hacia la vida siempre.

4. En Mérida estuve físicamente por primera vez en medio de una pelea oposición – chavismo. Dos personas descalificaron y ante esto cuatro se retiraron. Quedé tieso ¿Qué hacer en estas situaciones? A los días propuse, en la Universidad Simón Rodríguez primero y luego en la Colonia Tovar, un taller psicodramático («duelos y contemporaneidad en la Venezuela contemporánea») con 3 momentos: validación de todos los afectos, desmonstruización de la diferencia y la construcción de un horizonte sensible común. Pero al oír la tesis de Bety Mendoza sobre lo sacro en las afrofestividades venezolanas me dije que taller ni taller ¡era por ahí! eso sagrado festivo que generaba unidad, reparación, alegría, comunidad, igualdad.

5. En los buses, los vendedores al subir piden a la gente «¿me regalan un buen día?» y la gente en coro se lo regalan. Ví como, en grupos infantiles o adolescentes, la coordinación les exige gritar «¡Buen día!» varias veces. Claro que hubieron excepciones pero fue enormemente mayoritaria y hermosa la cercanía de la gente, las conversaciones naciendo fácil, las sonrisas por todos lados. ¿Qué pasaría si como especie humana y para estos tiempos de belicismos y egoísmos varios, aprendiéramos de ésta sabiduría de lo próximo afectivo?

6. Desconocía la presencia visual de los ojos de Chávez. Están sembrados en un montón de paredes y membretes en Venezuela. En varios momentos, al hablarme de él, muchas personas lo hicieron llorando como una pérdida nada reparada. Por un lado, es innegable que sigue siendo una presencia insustituible para la revolución pero y a la vez, no se cierran duelos sin despedidas ¿Cómo hacer?

7. Conversando sobre la situación migratoria venezolana de los últimos años, hablé con muchas personas chavistas que tienen hijxs o no chavistas o antichavistas. Me pregunté cómo prepararse para escuchar de manera sensible y desde un trato igualitario a estas generaciones jóvenes.

8. Es frecuente en Venezuela, como en muchos países, manejarse con estereotipos nacionales o regionales. Una frase que se usa es «al venezolano tú le das 1 coñazo [golpe] para que hable y 20 para que se calle». O se dice «los caraqueños, los orientales, los llaneros, los margariteños» y se dan 4, 5 rasgos y ya asunto cerrado, «son así», y punto. Cuando fui a los Andes venezolanos compartí con «gochos», como les dicen a las personas de allí. Una vez habían pasado ya 10 minutos en un bar sin que nadie haga algún chiste o siquiera hable, y pese a ello se les sentía en tranquilidad; era otra forma distinta a la que había conocido. Amé. De todo, me quedé con esto: ni «Caribe» es la única identidad que engloba toda Venezuela, ni las personas en las regiones son homogéneamente iguales.

9. En varios momentos conversé sobre la polarización política en Venezuela. Una vez una persona me gritó casi sin haberme escuchado que lo que había que hacer era «polarizar más». Otra me dijo que el desafío más que la polarización es la repolitización. Otras se centraron en la agresión imperialista que viven desde el gobierno de Estados Unidos (crítica con la que concuerdo) remarcando que mientras este contexto de guerra siga, era imposible hacer otra cosa (de ahí lemas como «leales siempre, traidores nunca»). En un momento de un taller sobre masculinidades en la UNEARTE (Caracas) un compañero habló 7 minutos presentándose como chavista, tras otras 2 intervenciones, otro habló 30 segundos y también se dijo chavista, entonces planteé «les pido que no se enojen pero me parece que un desafío para que hagamos política como varones más allá de lo patriarcal, es que pueda decirles ‘soy guaidoista’ y que, aunque sigamos teniendo diferencias, podamos despedirnos con afecto». Sin duda este es uno de los temas más complejos.

10. En estos 6 meses fueron llamativas dos cuestiones: la enorme cantidad de experiencias culturales que producen salud mental en Venezuela sin tener que ver ni con lo profesional ni con lo institucional psi y, a la vez, la gran desconexión entre estas experiencias y las políticas públicas (y es probable también en las privadas) de salud mental ¿cómo hacer que ésta abundancia cultural enriquezca las políticas públicas de salud mental?

*Médico psiquiatra. Antropólogo social. Psicoterapeuta placero. Investigador de la Universidad Nacional de Pilar. Paraguayo residiendo en Venezuela.

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