Palabras inconclusas sobre Néstor Castro y Rubén Villalba

Sí, mejor escribo. Tengo que dormir, porque me espera un día pesado de trabajo. Pero no puedo dormir. No podré dormir. No podré dormir hasta que empiece a escribir sobre lo que me pasó hoy. Pienso que quizá él ahora está intentando dormir, pienso que quizá él ahora estará sintiendo un mareo intenso. Mejor me explico, hoy visité a un campesino en la cárcel. Hace más de treinta días está de huelga de hambre. Se llama Néstor, Néstor Castro.

Nestor Castro y Rubén Villalba.

Como muchos campesinos y campesinas él es una persona muy callada. Reflexiva. Hace muchos meses está preso. En Canindeyu, antes del golpe parlamentario, Néstor recibió un balazo que casi le costó la vida. La bala destrozó su mandíbula, perdió muchos dientes, no sé cuantos. Físicamente pasó mucho, muchísimo tiempo en condiciones inhumanas. Por ejemplo, pasó mucho tiempo para que reciba una atención médica decente. Hace poco lo operaron. Pero precisa de más operaciones. El mismo día en que recibió el balazo fue asesinado su hermano, también campesino. Ese día fue uno de los días más trágicos de la historia política contemporánea. Ese día fueron asesinados campesinos y policías. Eso pasó hace ocho meses. Desde ese día, todos los días de Néstor son densos. Duerme en un infierno, despierta en un infierno, y a veces sueña. Néstor tiene heridas físicas que le durarán toda la vida. Néstor perdió a su hermano ese día. Néstor está preso hace meses. Néstor hace treinta días hace una huelga de hambre exigiendo justicia y libertad. Pero con Néstor no hay justicia. Como tampoco hay justicia con los otros campesinos y campesinas pobres de Curuguaty. Néstor, al igual que sus compañeros y compañeras, es un campesino pobre, y es un preso político.

Néstor es reflexivo, ya lo dije. Es de poco hablar. Es una característica de muchos campesinos y campesinas. Cada palabra está medida bajo la métrica del respeto y la esperanza. Y cuando hablaba era como si cada palabra fuera fundamental. En realidad, cada palabra era fundamental. Él me dijo que se siente fuerte, solo que de repente se marea, un mareo intenso que te agarra por la falta de comida, pero no es tan fuerte, me decía.

Él reflexionó mucho antes de su huelga de hambre. Hace poco le visitaron unas personas muy cercanas a él, parte de su familia. Siempre se pone muy feliz cuando los ve. Le pidieron que vuelva a comer, le dijeron que puede morir, le dijeron que en Paraguay no hay justicia con los pobres. Le dijeron que es mejor que esté vivo. Le dijeron que lo aman. Le abrazaron intensamente cuando le dijeron adiós. Néstor, luego de un largo silencio les dijo que su huelga de hambre continuará.

Yo me quedé mirando el rostro de Néstor. Algo le pasa a su ojo derecho. Está sumamente rojo ese ojo. Tiene una gaza con la que seca las lágrimas de ese ojo. Néstor habla con dificultad, pero sus palabras son seguras. Qué tal te sentís le dije nuevamente. Y nuevamente me dijo que bien, que solamente a veces se marea.

“Néstor, compañero, sé que este no es tu lugar, sé que tu lugar es en el campo, en una chacra, con tu familia. Sé que vos y tu familia tienen derecho a una vida digna, tienen derecho a trabajar y vivir en una tierra digna”. Le dije. Néstor me miró fijamente a los ojos, no tiene una mirada sumisa ni tampoco soberbia, es una mirada clara, serena, pero triste. Gracias, me dijo. Y nos estrechamos las manos.

Yo fui con unos amigos. Cuando llegó el momento de irnos, cuando nos despedimos, a cada uno nos dio un apretón de mano y un abrazo. Cuando me tocó el turno, Néstor también me dio un apretón de mano y un abrazo. Ese abrazo fue una respuesta.

Ese abrazo fue tan breve y tan intenso. Y me digo en esta noche de insomnio, y le digo a quien quizá lea este escrito, que la vida de Néstor está en una situación tan frágil, sin embargo su abrazo es tan intenso y encierra tantas verdades.

Es como si ese abrazo me contara que la reforma agraria es tan urgente y tan necesaria.

Es como si ese abrazo me contara que por un puñado de tierra, hoy hay campesinos en celdas. O asesinados por un puñado de tierra. Por un puñado de tierra, decía Herib Campos Cervera, qué dirán los poetas de hoy en día acerca de tantos campesinos asesinados o en celdas.

Es como si ese abrazo me contara que Néstor está presente, que pensó mucho, y que decidió continuar su huelga de hambre.

Es como si ese abrazo me dijera que algún día, algún día, en Paraguay, como en toda latinoamérica, los campesinos y las campesinas tendrán un lugar para desarrollar su cultura, para vivir.

El apretón de mano fue breve, intenso, frágil, claro.

Luego nos fuimos a visitar al otro campesino a Rubén Villalba. Rubén está en la misma situación que Néstor. Quisiera seguir escribiendo. Mejor me animo. Ahí voy. Lo encontré mal, pero con la moral en alto. Tenía una remera blanca donde había escrito, libertad a los presos políticos de Curuguaty. En su celda vi pocas cosas. Según me contaron ya bajó muchos quilos. En su celda vi un afiche, de esos que corrieron por marchas populares y en veredas asuncenas, esos afiches que exigían libertad. También vi al lado de su cama un libro de Eduardo Galeano. Lo vi ansioso. Quisiera seguir escribiendo, la cosa se pone difícil. Usted comprenderá. Tanto Rubén como Néstor, tendrían que estar en esta misma noche, descansando luego de una jornada en la chacra. Tanto Rubén como Néstor ahora están en sus celdas, quizá ninguno de los dos duerme, quizá ninguno de los dos concilia el sueño. Pensando en esta pesadilla. Y yo acá pensando en ellos, tratando de decir algo. Y es tan difícil.

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