Pachuco y la olla de la vida

Por Julio Benegas Vidallet
Pachuco y las doñas están contentos. Acaban de distribuir toda la comida. 100 porciones de un exquisito poroto con puchero y fideos. La mesa está dispuesta debajo de un mango, el sol de abril templado, el aire puro y el verde de la casa la cobijan. Es hora de comer. Ha terminado la tarea a la que se consagran hace dos semanas.
A metro de la mesa la brasa de dos metros del jepe’a se extingue. Encima duerme una parrilla de igual tamaño. Un día más. Pachuco está en su salsa. Ña Marciola, Ña Natalia y Ña Porifirio, Ña Ana y Ña Carmen dirigen la olla popular y él es el apoyo logístico. A las cinco de la mañana se levanta para ir a hacer las compras y a retirar las donaciones. Esa mañana la carnicería del barrio se puso con seis kilos de garrón. Con 10 kilos de puchero más que compraron el poroto de ese día iba a ser suculento.
Ña Marciola dirige la cocina. Está acostumbrada a cocinar para grandes cantidades. Sus tallarines son los más afamados de ese barrio que se extiende a los costados de la Calle San Pedro. La conocen como una persona muy exigente a la hora de cocinar. No quiere dejar nada al azar. Si debe preparar la salsa a la noche anterior con muchas verduras lo hace. Sus asistentes se esmeran, no quieren quedar atrás. Quieren dar lo mejor para la gente. Además de dar de comer quieren que se las reconozca como muy buenas cocineras. Ese poroto so’o que se sirven en la mesa lo comprueba. Ya piensan en mañana. El mañana parece que ya no es un grave problema como sí lo fue al principio del emprendimiento. Un vecino comprometió seis kilos de carne y varios kilos de arroz y fideos. Otro hará un giro.
Al principio las matronas y Pachuco se organizaron para dar de comer a la gente más necesitada de la cuadra, pero rápidamente corrió la voz y la gente se llegó con sus viandas y sus fuentes de otras cuadras. De cuarenta porciones debieron, ya desde el tercer día, preparar 100 porciones. Dos grandes ollas para la comida y una olla solo para la mandioca, infaltable. La mandioca es blanda, nueva. Luego de hacer las compras y retirar donaciones Pachuco se encarga del fuego. Las matronas se suman a partir de las 07.00 a la faena.
La calle San Pedro se ha convertido en un sendero de tráfico incesante. Es que une la ruta 1 a la altura de kilómetro 16, con Kennedy, Thompson y el Acceso Sur. Desde que se asfaltó, como ocurre con todas las arterias principales del departamento Central, un mundo de negocios se ha desplegado. En tan solo dos kilómetros hay tres estaciones de servicio, verdulerías, fruterías, mueblerías, herrerías, supermercados. En sus interiores viven trabajadores que en su gran mayoría migraron del campo, algunos, como Pachuco y su señora, ya en los 80, cuando esa calle era aún sendero de tierra con campos, barrancos y prados a los costados.
Con la olla popular Pachuco y Ña Marciola están en su salsa. De niño Pachuco (Elio) era el ranchero de su padre, un señor que trabajó en una estancia de Caazapá más de 40 años. El ayudaba a su padre a preparar el fuego, a cortar las verduras, la carne, para dar de comer a más de 20 trabajadores: puesteros, alambradores, albañiles.
Ña Marciola, en su grupo de iglesia, ha llegado a preparar tallarines para 120 personas.
Al igual que esta experiencia en muchísimos barrios estos emprendimientos salvaron de hambre a la gente durante casi un mes. En asentamientos y en barrios 12 por 30. Gentes que discutió el encierro, la paranoia, sacó fuerzas del corazón y se organizó para sobrevivir con dignidad. Compartir el pan hace muy bien al espíritu. Se los siente muy bien, no tienen miedo de compartir la comida en la mesa. Han vencido al miedo. Y ahora que las ayudas del gobierno han empezado a llegar, creen que muy pronto ya podrán disfrutar del emprendimiento. Porque en los primeros tiempos, Julio, “hendy kuri”.
La ayuda del gobierno ha empezado a llegar al departamento Central. Las familias se volcaron a los supermercados generando cuadras y cuadras de esperar para ingresar con los tapabocas. Al grupo de las doñas y a Pachucho no les ha llegado. “Oúramo ñacompartipaiteta ko’ope”, resuelve Pachuco. “Upevarante aipota ou chéve avei”, refrenda Marciola.

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