¡Otra vez los derechos «humanos»!

En tiempos de nuevas formas de tortura, vejación, abuso de poder, le presentamos un artículo del jurista Jorge Rolón Luna que puede echarnos luz sobre los derechos humanos.

Cierto tiempo atrás, mientras este escriba conversaba con un comisario atribulado por las presiones de sojeros y ganaderos y por las denuncias en su contra por parte de campesinos de un asentamiento, el mismo se desplomó en su asiento exclamando: “¡encima de todos los problemas que tengo ahora me caen encima  los ‘derechos humanos’!’”. También cierto tiempo atrás, este cronista recibía de una interna del Buen Pastor una carta escrita de puño y letra por la misma; la misiva empezaba así: “Señor Presidente de los ‘derechos humanos’”.

La tortura es una práctica extendida en las fuerzas de seguridad paraguayas, concluye el último informe de la Comisión Nacional de Prevención de la Tortura

La tortura es una práctica extendida en las fuerzas de seguridad paraguayas, concluye el último informe de la Comisión Nacional de Prevención de la Tortura.

Ante el uso bastante peculiar de estos términos en el Paraguay, surge indefectiblemente la pregunta: ¿de qué hablamos cuando hablamos de DDHH?: ¿de un colectivo rompe-el-saco- que defiende sólo a delincuentes?, ¿de una institución?, ¿de un concepto?, ¿de algo inasible, incomprensible, que sólo molesta el trabajo de los órganos de seguridad?  Lo qué si se puede decir con seguridad es que la ignorancia-o confusión conceptual-  al respecto no es casual.

La  humanidad, para los que no lo saben, ha llegado a un estadio de evolución ética con respecto al poder del Estado y sus límites y a una conciencia jurídica universal que defiende la dignidad humana, que se resume así: es inadmisible que el Estado, custodio del orden jurídico, cometa delitos y menos aún, contra seres humanos. Y de esto, no se puede dar marcha atrás, por más que por ahí se anuncien “reconceptualizaciones” (sic), revisiones y “nuevos enfoques” en materia de DDHH: nuestro país ha suscripto los más avanzados tratados en materia de derechos humanos  y el principio de “no regresividad” en esta materia es un principio que no admite discusión. Quienes se resisten a entender esto, tampoco lo hacen casualmente.

En primer lugar hay que distinguir la violencia privada y social de la violencia estatal. Luego, debemos entender que el Estado se hace cargo del castigo de los delitos, en nombre de la sociedad, expropiando el conflicto, dejando de lado a la víctima;  por ende: ¿qué ocurre cuando es el propio Estado el que comete los delitos? Pues tiene que investigar y procesar a sus agentes encargados precisamente de eso.  No hay que ser muy listo para darse cuenta de lo dificultoso,  por no decir imposible, que es para el propio Estado investigarse y sancionarse a sí mismo.

Para quien siga sin entender, un interesante ejercicio puede ser  reflexionar acerca de la capacidad que tiene el Estado de hacer daño en comparación con la de un ciudadano privado y recordar un poco (o investigar, Wikipedia podría ser de gran ayuda) lo que ha sido la historia de la violencia estatal: no en balde Bakunin dijo alguna vez que el más pequeño e insignificante de los Estados “hasta en sus sueños es un criminal…”. De ahí el énfasis en la protección de los derechos humanos considerando al Estado como sujeto perpetrador. Por otro lado, y teniendo  en mente el clamor de “mano dura” por parte de ciertos sectores, se debe pensar lo lejos que estamos de tener unas fuerzas de seguridad y un sistema de justicia lo suficientemente confiables como para otorgarles un cheque en blanco a la hora de perseguir el delito ¿Y qué, finalmente, son los “derechos humanos”?: la respuesta a ese interrogante tal vez la tenga Norberto Bobbio: “es el (único) lugar donde convergen la ética y la política”.

Jorge Rolón Luna, comisionado del Mecanismo Nacional de Prevención de la Tortura

 

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