Olimpia tuvo en sus pies la cuarta Copa

Crónica de una final de la Copa Libertadores de América, desde un bar de Asunción.

«Luego: los penales, el primer fracaso, con adelantamiento del arquero.» Al terminar el juego, un reportero de Fox Sports conversó con el portero de Atlético Mineiro. Le dijo: Siempre es una ventaja adelantarse para atajar un penal. Y Victor, el portero, respondió: El árbitro me permitió adelantarme un paso demás. Yo no hice ni más ni menos que lo que el árbitro me permitió. Fotografía: AFP.

El sol intenso y el buen aire, limpio y sanador, se apropiaron desde la media mañana de nuestro paisito resaltando todo: los colores, los sabores y seguramente los sentimientos.  El mundo de los signos se tiñó de Olimpia con camisetas, pantaloncitos, cedés olimpistas en los colectivos, sorteos en la televisión, entrevistas a exjugadores, chistes entre amigos y un incómodo silencio se amotinaba en el sentimiento de los cerristas más fanáticos. No había por dónde darles a los olimpistas, recuerda Freddy Jara, de Guarambaré, porque «Con este cuento de la cuarta, la cuarta, qué podés hacer. Nada, nada, callarse nomás es la onda». A la tarde intenté desconectarme del partido metiéndome en el juego de damas, pero no había caso: llamadas de los amigos preguntando dónde ver el partido me alteraban el paso de las piezas. Terminé perdiendo, como casi siempre, frente a mi concentrado y buen contendor. Muy por el contrario de lo que se cree, en el juego de damas se necesita muchísima concentración y manejo en cadena de las movidas porque cualquier desliz, como en el ajedrez,  te deja a la entera disposición del rival, cosa que a mí generalmente me ocurre. De la plaza Libertad arranqué raudamente hacia El Rubio, General Díaz y Colón, un poco por la ansiedad instalada por el partido de Olimpia y otro tanto porque ese vientecito gélido del crepúsculo iba penetrando mis pies. Y es sabido que en el frío hay que guardar los pies y el pecho. Esperaba más gente tomando posiciones en el bar, pero, claro está, con la trasmisión de la televisión por aire, la gente podía prepararse en sus casas, con los amigos, en torno de un asadito, la caña, el vino y las birras, para ver el partido. A la mesa se sumaron Ana Regúnega y Montserrat Fortino, luego Aristides Ortiz, Federico Caballero y Paola Ferraro. En el fondo, un grupo de jóvenes con sus camisas de Olimpia y, luego me enteraría, un partidario de Cerro Porteño que al finalizar el partido soltó, como si fuera una catarsis esencial de sanación: «Pea pe’u peê olimpista tembo»,  retirándose de sopetón del lugar, en tanto que uno de los muchachos agarraba una botella de cerveza para salir a cobrarse el py’aro. Eso ocurría al final. Antes, unas dos horas antes, la ansiedad se confabulaba con la euforia y un férreo optimismo que ese equipo de Olimpia, de la mano de Ever Hugo Almeida, anidó en sus seguidores, en una de las campañas más extraordinarias del Decano. A Oscar, uno de los dueños del bar, ese optimismo declarado, evidente, de los olimpistas lo mantenía con el dejo argelado, lo embretaba en un mutismo poco común en él. No era un buen día para transar un crédito exprés.

Aun con la apertura del partido a la televisión abierta, vimos el partido por Fox Sport, cuyo equipo de relatores se había puesto la camiseta de Olimpia, como lo hubieran hecho con cualquier equipo de Sudamérica que llegara a enfrentar a un equipo brasilero en el partido final de la Copa Libertadores de América. Así como para los cerristas fanáticos, la cuarta de Olimpia era una posibilidad terrible, para los relatores argentinos la cuarta copa consecutiva para un equipo brasilero era una idea devastadora. En el Minerao, Olimpia llegaba a su séptima final de Copa Libertadores habiendo superado el repechaje y el kanguero de su dirigencia, y lejos ya de ese dinero del negocio de la triangulación de los cigarrillos que en los 80 y 90 desbordaba a través de las billeteras de Osvaldo Domínguez Dibb. «Ahora sí que no podrán decir que compramos la Copa», ensayaba a cada rato uno de los muchachos apostados en la fonda, un muchacho que no paraba de dedicar su estado de euforia a los putos cerristas.

Ronaldinho desbordó la guardia de contención y salió disparado hacia ese estadio gigante. Sus compañeros lo siguieron en una actitud de gladiadores que iría a arrinconar a Olimpia en la búsqueda de los goles que necesitaba. Unas piernas que no llegan a una pelota introducida por encima de los defensa olimpista abrían un partido que, sin embargo, rápidamente se acomodaría al planteo de Olimpia: cerrarse bien, lanzar lo más alejado posible de Martín Silva la pelota y esperar tranquilo, agazapado, la recreación del juego por momentos lenta, anillada, casi inofensiva del Atlético. Parecía que se necesitaba mucho más para penetrar por entre las piernas de Julio Manzur, Salustiano Candia, Herminio Miranda, y derrotar al mejor arquero del campeonato, Martín Silva.

El primer tiempo fue un relajo para Olimpia que pudo liquidar el partido en los pies de Freddy Bareiro (el mismo que en el primer partido tiró afuera una pelota con el arco liberado) y Alejandro Silva, este chico que ayer, pese a ser el que más corriera durante el partido, estuvo muy perdido en la cancha. Olimpia jugaba su partido: lanzaba arriba para que los delanteros disputen la pelota evitando la media cancha donde no tenía mucho que dar. Es así que en la primera vez que salió, también de la mano de Bareiro, de esa disposición táctica, perdieron la pelota y se vino un contragolpe que Martín Silva salvó. Los muchachos del bar ya lo habían declarado Dios Silva. Con el público mudo, un director técnico brasilero comiéndose las uñas, tal vez rezando, terminaba el primer tiempo, recreándose la sensación inapelable de que Olimpia estaba a un tiro de la cuarta. A Ramona, la moza del bar, esa posibilidad le agrietaba más su anunciada e inapelablemente larga noche de trabajo y, aunque un triunfo de Olimpia significaría muchas cervezas, lomitos y empanadas vendidos, Oscar no daba señales ni de falsa alegría.

«Cuando no metés, te meten», es frase común en el relato de futbol, abundante en refranes, palabras inventadas y análisis grandilocuentes. En ese momento en que la certeza de la cuarta gloria se había apoderado del sentimiento olimpista, un mal despeje de Wilson Pittoni, uno de esos tantos centros que durante el partido habían despejado sin grandes complicaciones los defensores, un mal día, un guiño de la desgracia, es aprovechado por Jo, alto, zancudo, con un remate devastador que ni el Dios Silva pudo con él. Se quebraba despacito la certeza olimpista y se instalaba una incertidumbre que para el espectáculo era necesaria, según formuló en la mesa Montserrat. «Esto se pone lindo, chico, dirían los cubanos», arriesgó despacito que a esa altura se quejaba porque, cómo, «¿Olimpia no tiene mucho más que esto?»

«Esto qué», pregunté. «Esto, esto de tirar la pelota bien lejos del arco…», respondió.

No era un buen momento para arriesgar ensayos tácticos sino para comerse las uñas, prender otro cigarrillo y pedir una más.

Luego del primer gol, Olimpia nuevamente logró neutralizar a Mineiro que intentaba a través de un ya más lento Ronaldinho meter la pelota por encima de la defensa para la arremetida del temible Jo. Hasta que un nuevo centro y la distracción de la defensa son aprovechados por otro zancudo y alto, Gilberto Silva, con una cabeza dirigida al ángulo lejano, imposible, de Silva. Así, y con Julio Manzur expulsado, terminaba el segundo tiempo. Era un panorama solo para el martirio, para el encierro, para cruzar los dedos… hasta que una pelota que le disputa Juan Carlos Ferreira al arquero, la gana e  intenta acomodarse  para disparar al arco, congela la mirada en ese arco libre, despejado, vamos Ferrerira carajo. Zas, zas, zas, se resbala Ferreira, cae Ferreira, maldición de malinche, escupe Federico Caballero que a esa altura hablaba entre dientes y se aferraba a su bufanda franjeada como de una boya salvadora.

Luego: los penales, el primer fracaso, con adelantamiento del arquero, seguridad plena en esos lanzamientos de los de Mineiro, Matías Jiménez al palo, Jiménez llora, el bar enmudece, una sonrisa en el rostro de Oscar, el bar se despuebla, envases vacíos, frío afuera, desolación y un «pea pe’u Olimpia tembo» de un temerario cerrista que se había agazapado en su tremenda soledad.  No me pidan que averigue en las comisarías qué pasó con él. Hoy es un día de sol maravilloso como para agarrar el barquito a Chaco’i,  disfrutar del vuelo de los ypehû y dejar atrás el cemento, la rabia, la histeria y el punga citadino.

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