«No más presos por fumar la yerba de la paz»

Por Paulo López

Pasadas las 18:00 los primeros estoneros empezaron a asomar a tientas en la Plaza de Armas. El tereré circulaba en el corro apostado en torno a la escultura de Hermann Guggiari. A medida que empezaban a mostrarse las banderas y carteles el ambiente fue distendiéndose y la inconfundible baranda del faso empezó a impregnar el aire. La reserva inicial fue cediendo al grito de “legalizenla” acompañado de los acordes en guitarra.  «No más presos por fumar la yerba de la paz», cantaban.

La marcha y fumata por la despenalización del consumo y la legalización del autocultivo para uso personal de la marihuana fue convocada por la Organización Kanábica del Paraguay a fin de instalar el debate en el país sobre la necesidad de un cambio en la política prohibicionista por una que aborde las adicciones como una cuestión de salud pública y no penal.

“Somos padres de familia, trabajadores, estudiantes y llevamos una vida normal. Pedimos terminar con la discriminación y extorsión contra la gente que consume marihuana”, dice José mientras exhala una bocanada de humo y se apresta a llevarse el porro nuevamente a la boca.

Apunta, asimismo, la contradicción existente en la Ley 1340, que permite el consumo y la posesión de hasta 10 gramos de la yerba, pero penaliza incluso a los que cultivan para su propio consumo. Ante esto una de las reivindicaciones es que se termine con la discordancia existente en el marco legal.

Durante la fumata por el cese de la criminalización del uso recreativo del cannabis, se criticó además que los narcopolíticos son los principales beneficiados con la prohibición. Enfatizaron que esta genera un multimillonario mercado ilegal manejado por el crimen organizado, que se ha infiltrado en las más altas esferas del Estado y que se ha cobrado miles de vidas.  Ante el comprobado fracaso de la proscripción contraponen el proceso iniciado en Uruguay en que mediante la legalización y el monopolio estatal en la producción y distribución del cannabis se busca quitarles el mercado a los narcotraficantes.

Además, piden desbaratar la red de extorsión y corrupción policial-judicial que mueve millones en sobornos y ventas de sentencias judiciales. Por ello, las autoridades que lucran con la industria de la represión son las principales opositoras a cambiar de enfoque, ya que están en juego gruesas sumas de dinero que se destinan a armas y contingentes policiales desplegados en el marco de la “guerra contra las drogas”, que no ha disminuido el consumo y que solo ha aumentado la violencia.

“Queremos que se elimine la prohibición del consumo sano e independiente. Los narcopolíticos están lucrando con esta prohibición y andan libres mientras nos apresan por fumar un porrito”, exclama Lourdes.

“La prohibición está inspirada en el sistema racista de Estados Unidos, en que los policías matan a los negros con total impunidad”, irrumpe otro con su pipa de Bob Marley a viva brasa.

“Contra el narcotráfico, cultivá tus derechos”, “Marihuanizen la legalihuana”, “Legal o ilegal. Se fuma igual”, «No soy delincuente por fumar», «Ni Obama ni Osama. Paz y marihuana», eran algunas de las leyendas de los carteles desplegados durante la acción.

Al avanzar la tarde y tras corear varios estribillos y canciones de Viejas Locas, entre otras, el centenar de personas participantes iniciaron la marcha por el microcentro. Un policía encargado del operativo que solicitó que se informe sobre el trayecto del recorrido garantizó que se respetaría el derecho a la manifestación e incluso deseó que “disfruten” a los activistas. “Háihue”, exclamaban algunos ante el ostentoso despliegue de los antimotines.

Al grito de “No más presos por fumar”, “Viva el cannabis”, y entre bocinazos de apoyo la marcha fue subiendo por Alberdi hasta calle Palma.  De ahí nuevamente se emprendió el regreso hasta frente al Congreso, donde se realizó la fumata final para levantar la actividad.

A medida que caía la noche y la plaza se despoblaba, la paranoia de ser pescado en los alrededores por los “antinarcóticos” empezó a cundir. “Jahante, kape. Ápe ko ndaha’éi la japitaba libremente hína”, advierte uno detrás de sus gafas y gorro con los colores de la bandera jamaiquina mientras señala las cámaras distribuidas en distintos puntos de la plaza. En pequeños grupos la marcha empezó a dispersarse en varias direcciones. Las últimas tucas se fueron disipando entre riffs de Marley que sonaban desde una radio portátil.

Foto: Jana Brunner.

Foto: Jana Brunner.

 

Foto: Jana Brunner.

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marihuana

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