Ni Paraguay sin pobres, ni nuevo rumbo para el Paraguay

Fernando Martínez Escobar

Las muy cuestionadas encuestas señalan a los candidatos del Partido Colorado y Liberal como los chicos fuertes de la contienda electoral. Como no podía ser de otra manera, ambos partidos se encuentran perfectamente parados del lado de la Unión de Gremios de la Producción.

La receta; archiconocida: profundización del modelo agroexportador de productos primarios sin procesar para el campo, flexibilización laboral para la ciudad, diminuta presión fiscal y por supuesto estado ausente. Dogma político económico: neoliberalismo.

El Paraguay es, y al parecer continuará siendo, una tierra rica para la producción de materia prima en base a la exclusión de gran parte de su población. El paraguayo es un inquilino en su tierra sin derecho a participar de la producción del país; un luchador en busca de la tierra prometida. Quintín Riquelme nos recuerda, en sus investigaciones del 2003, sobre los primeros levantamientos campesinos ocurridos en el año 1887  en los pueblos de Atyra y Concepción. En este último lugar, 600 familias se levantaron contra el despojo de sus tierras.

Dos años antes el entonces presidente de la república Bernardino Caballero, por medio de un decreto-ley, había vendido las tierras del Paraguay con población y todo. Miles de familias campesinas quedaron encerradas y obligadas a trabajar la tierra para sus nuevos dueños. Ya en ese momento, así como en Curuguaty,  los paraguayos defenderían el derecho a vivir y a trabajar.

Por eso, a casi 130 años de aquellos hechos, la promesa de estos cándidos-candidatos presidenciales de no gravar la soja no es novedad. La matriz económica es clara y sus gestores también. Los excluidos seguirán siendo un daño colateral buscado para sostener el modelo de acumulación; 120 asesinatos de campesinos entre 1989 y 2013 no son casualidad.

Así como tampoco es casualidad que un adolescente de 17 años haya sido el primer condenado en el caso Curuguaty por llevar comida y agua a su hermano, en un proceso judicial que nos recuerda a las imágenes inquisitoriales de la edad media, donde el acusado debía auto inculparse para intentar salvar su cabeza de la guillotina. 14 presos políticos imputados, 2 embarazadas con prisión preventiva, 2 presos políticos; Néstor Castro y Rubén Villalba en huelga hambre. Nada de esto es casualidad.

El modelo agroexportador paraguayo, orientado principalmente a la exportación de materia prima al menor costo posible, no necesita de su población para generar riquezas. No tiene nada que venderles, ni el interés de venderles nada a los paraguayos. Por el contrario precisa de la concentración de la producción agrícola y de un estado mínimo pero altamente represor para controlar a aquellos que se encuentran fuera del sistema económico.

Los cándidos-candidatos, ofrecen acabar con la pobreza, pero se oponen a la creación de impuestos que estimule el valor agregado para la exportación y el crecimiento de un raquítico mercado interno. En síntesis no tienen idea de cómo generar empleos, o no las quieren tener. Por el contrario expresan su profesión de fe en el orden espontaneo del amigo Friederich von Hayek y escogen unirse a la golpeada tendencia del mercado mundial, que como ya lo demostró en el año 2011 Donald Richards en su investigación para el CADEP, “la sola dependencia de las fuerzas del mercado no será suficiente para estimular un crecimiento económico sostenible que genere equidad” en el Paraguay.

A los colorados y azules, sumemos a otro aliado; el partido del extinto Lino Oviedo. Agrupación política que promovió, por medio del actual “cartista” Oscar Tuma, una ley de flexibilización laboral que autoriza la disminución del salario de los trabajadores a menos del mínimo, les retira el derecho a la estabilidad laboral y al seguro social. Es decir promueve el crecimiento de un sector de la economía por sobre el sector más débil de la población urbana; el obrero, el vendedor, el cajero, el trabajador que brinda servicios, etc. Estos, condenados urbanos, deberán contribuir con su propia vida a la creación de una riqueza de la cual no podrán participar.

El Paraguay, tanto en el campo como en la ciudad, elige expulsar a su población de un sistema económico reservado para unos pocos. En el Paraguay no hay lugar para todas y todos los paraguayos/yas bajo este modelo de acumulación altamente excluyente gestionado por colorados, azules, oviedistas y patriaqueridistas. Esto bien lo viven los millones de migrantes paraguayos que con esfuerzo y trabajo contribuyen con las economías de las naciones del mundo.

En fin, todo parece indicar que el Paraguay seguirá siendo una fábrica de pobreza, de migrantes internos y externos, un estado débil, sometido e incapaz siquiera de controlar a los maltrechos buses que circulan por las calles de sus ciudades.

No hay más que eso en el nuevo rumbo alegre del Paraguay.

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