Nadie muere en la víspera

Final de Copa América, Paraguay vs Uruguay, donde las variantes son insospechadas.

Justo Villar, la máxima figura paraguaya de la copa América.

Caer en el lugar común en estos días es tan fácil que los que traten de escapar caerán en otros lugares comunes. Discutir los méritos y las falencias de la selección paraguaya me tienen ya atrapado entre el fastidio y la ansiedad. Y no tengo absolutamente nada nuevo que decir al respecto, salvo que por suerte esto es fútbol y los equipos que salgan a la cancha este domingo pueden jugar como lo vienen haciendo o cambiar de chip en determinado momento y ofrecer insospechadas variantes.

Entre esas variantes puede encontrarse algo que se llama jugar bien y que probablemente cada uno de nosotros tenga una definición distinta del eufemismo. Y tiro la  mía: jugar bien básicamente me remite a tener una idea colectiva definida de qué se puede hacer en la cancha para ganar un partido y qué acciones realizar en cada circunstancia del mismo. Necesariamente debe ir acompañado de una dosis considerable de concentración individual y coordinación colectiva. Es deseable que también se agregue unas dosis de huevos, vergüenza deportiva y amor propio. Nada más, nada menos.

Jugar bien no me parece que tenga que ver necesariamente con la mayor posesión de la pelota, la cantidad de pases, la moda uefa de medir la distancia recorrida por cada jugador. Tengo la convicción de que también se puede jugar, y muy bien, sin parecerse un ápice al Barcelona de Guardiola. Más allá de los estilos y las individualidades, las formas de ganar un partido -dijo Markarián- son múltiples. Lo demostró con Paraguay en su momento y lo confirmó con este buen equipo peruano.

Diego Forlan, la pieza más importante de los uruguayos.

Con todo esto, ante el partido tan emblemático que nos toca este domingo, en las condiciones preocupantes que se encuentra la selección en lo físico, trato de ser lo más racional posible para disminuir la ansiedad, para domar la ilusión. Pero sé que es vano, a la hora en que se empiece a jugar, me acordaré del Negro Fontanarrosa, me pondré mi traje de neanderthal y me zambulliré en algo que me excede, y me cuesta definir, esa mezcla de miedo, nervios, ansiedad, goce y delirio que ni quiero, ni puedo, ni pienso evitar.

Comentarios

Publicá tu comentario