Música, maestro

Noche de sábado. Nada de las formalidades propias de las salas de conciertos de gala. Luego de afinar los últimos violines, los niños invaden en tropel el tablado de cemento, con pasos precipitados entre risotadas y empellones.

El director Oscar Ortellado es uno más entre los violinistas. No es el Uno separado de la sociedad, sino el líder que rige con el ejemplo, trabajando como el resto, sin tarima ni batuta.

El concierto se ha iniciado. Las variaciones de Estrellita del repertorio Suzuki es la primera pieza interpretada por la Orquesta de Principiantes de Villa Elisa, un arrabal de la Gran Asunción que cada tanto aparece en los titulares cuando se incendia algún aguantadero de ordeño de combustible o cuando en la fiebre electoralista los prosélitos de los partidos tradicionales se atacan a pedradas.

La ciudad de Petropar, el tráfico de gasolina, el arroyo seco y las poluidas aguas del río Paraguay. Una vez fue tapa. Aquella ocasión en que en circunstancias muy extrañas dos investigados por secuestro aparecen con signos de tortura, aparentemente secuestrados a su vez por policías, en el barrio 29 de Setiembre, uno de los núcleos demográficos más importantes de la ciudad y moteada en homenaje a los héroes de la epopeya chaqueña. Luego nada. Es la ciudad a la que vamos a dormir muchos de los que trabajamos o estudiamos afuera.

Pero esta vez no será noticia. Es un artículo poco apetecible para el supermercado periodístico el estreno de la orquesta de jóvenes y niños de 6, 7 años interpretando a Beethoven, Mozart, Strauss, guaranias sinfónicas y versiones en instrumentos clásicos de bandas como Metálica o Mago de Oz.

El escenario no pudo ser peor. Un local partidario cuyo nombre no quiero mencionar, parafraseando a la primera novela distópica de la literatura moderna y en cuyas páginas repletas de hilaridad muchos sorteamos las monótonas y somnolientas siestas de la otrora Colonia Elisa, fundada por suecos y en cuya memoria fue bautizada la Escuela Reino de Suecia, una de las instituciones más antiguas del país y que en horario nocturno funciona como el Colegio Nacional Villa Elisa.

Decíamos que era un local partidario. Siendo oficialismo en la administración municipal, esta agrupación no muestra indicios de haber sido muy afectado por los embates de la llanura. En toda la ciudad no se cuenta con una sala apropiada para este tipo de conciertos, en tanto el local de la facción gubernativa luce como en las mejores épocas del dictador. El merchandising electoral inunda las calles de costosa e inútil cartelería. Solo falta la leyenda de Paz y Progreso. Además, y a pesar de todo ello, se rindieron homenajes y aplausos a las autoridades del centenario partido por haber cedido “gentil y desinteresadamente” las instalaciones de la… (aquí pitido).

La big band infantojuvenil se despide con el Himno a la Alegría de Beethoven, que más que nunca rindió tributo a su nombre. Los niños bajan de los escalones que hacen de escenario dejando bajo sus sombras un auditorio conmocionado como cuando Rantés tomó la batuta de la orquesta en Hombre mirando al sudeste, película de Eliseo Subiela. El preludio lo hizo el Grupo Coral de estudiantes de guitarra y canto, bajo la dirección de Orlando Ramírez, interpretando Pacholí, un clásico del repertorio folclórico nacional, con letra de Manuel Frutos Pane y música de Eladio Martínez.

Luego el Dueto para violín y viola de Mozart con un dúo femenino. En una especie de cita de la cita, o cover del cover, el cuarteto de cuerdas hizo lo propio con Fade to black, One y Nothing else matters de Metálica, en versión y arreglos de Apocalyptica. A su vez, el quinteto hizo un collage musical interpretando temas como Pensando en ti de Mago de Oz, con letra adaptada al castellano del original en inglés de Dust in the wind de Kansas, y Recuerdos de Ypacaraí. Le sigue otro dueto con la Bourrée de Bach y Minuet in G de Beethoven.

Un pequeño receso de 10 minutos antes de la segunda parte, con el cierre de la Orquesta bajo la dirección de Blas Vivé, presentando un repertorio polícromo de canciones pop, clásicas y folclóricas. Sonaron Yesterday de Lennon y McCartney, A mi manera de Frank Sinatra, La pequeña serenata nocturna de Mozart, marchas de Haendel, La Pantera Rosa, etc.

La audición concluyó con dos composiciones de uno de los máximos creadores de nuestra música, Herminio Giménez, con Pirayumi y Despedida. El pueblo de Villa Elisa emocionado apreciaba su polca y su guarania con los sonidos del cello, la viola, el contrabajo y los violines. La globalización que muchos queremos. La del encuentro y enriquecimiento mutuo de los pueblos en un marco de respeto y multiculturalismo. Una integración que no implique subordinados ni subordinantes, ni coerción ni asimilación forzada. Una inserción a la aldea global que garantice la supervivencia del acervo cultural multiétnico, una genuina sociedad plural y democrática. No la globalización de las guerras por el petróleo, el FMI, el terror nuclear y el glifosato.

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