Mujeres: Poder

La historia política del Paraguay es un entramado tupido de hombres contrabandeados como héroes. En este sentido, es sintomático el Panteón Nacional de los Héroes que está en plena Asunción y enfatiza la importancia de las figuras masculinas en la historia de la patria, que es la historia patria, la patria –patría–, terreno de la historia: terreno hecho historia. Héroes: antes de Solano López y después de Bernardino Caballero, llegando a Cartes. A contrapelo de ese entramado, propongo un ejercicio de imaginación, a 150 años de la guerra contra la Triple Alianza o Guerra Guasú (1865-1870). Que imagine la situación de Paraguay sobre el fin de esa guerra y en la inmediata posguerra. Desde un punto de vista genérico. Sobre el filo de 1870 Paraguay es una nación destruida. Paraguay: país de mujeres pero no de las mujeres (distinción sutil pero decisiva). Frente a esto, la pregunta: ¿Por qué en un país de mujeres, que habían participado en la guerra y que luego se encargarán de reconstruir (parir) el nuevo Paraguay, el poder siguió en mano de los hombres? ¿Por qué el Estado sigue siendo un dispositivo heteropatriarcal? ¿Por qué lo que venía siendo una patria no supo transformarse en matria? Ya que la guerra es lo que hace cambiar de sitio las cosas.

La paraguaya, de Juan Manuel Blanes.

La paraguaya, de Juan Manuel Blanes.

Posguerra guasú la condición femenina siguió articulando una posición subalterna respecto del hombre pese a una situación novedosa: la población masculina había sido raleada sensiblemente por el conflicto bélico. Se obtura una potencialidad y la soberanía del poder, la potestad sigue siendo la del paterfamilias, del dueño de casa, del señor del lugar. Esas mujeres, en situación de mayoría, son extranjeras en su país. Y una reflexión sobre esas mujeres implica, entre otras cosas, delimitaciones precisas entre ámbitos. Entre lo familiar y lo no familiar, entre lo extranjero y lo que extranjero no es, entre lo ciudadano y lo no ciudadano, entre lo privado y lo público, entre el derecho privado y el derecho público. Y quién puede ejercer/ocupar esas posiciones dentro del orden social. Interrogarse sobre la condición de extranjeras de esas mujeres es interrogar una frontera entre lo público y lo no público, entre el acceso al poder y su negación, entre el espacio político y el lugar propio, individual o familiar, entre lo secreto y lo fenoménico. Esas mujeres se sustrajeron a la fenomenalidad pública, política, estatal. Esa frontera atraviesa una turbulencia genérico-política desestructurada con la guerra y que a partir de ese drama vuelve a reestructurarse de manera aún más potente. Las mujeres paraguayas de posguerra oponen una reacción (auto) privativa respecto del poder y por ende respecto del país (en términos de construcción política). Eso implica no fundar una matria. La ley de reconstrucción de Paraguay por parte de las mujeres sobrevivientes es paradójica: pone en colusión reconstrucción y poder.

El Paraguay de posguerra lo habitan mujeres con el poder de poder, pero, al mismo tiempo, despojadas de esa potencia. Estamos frente a una tragedia del destino: a un momento sin momento: a una posibilidad imposible. Esas mujeres sobrevivientes sitúan el poder masculino por encima del propio. Paraguay es necesidad y deseo: masculinos. El poder masculino, el poder del heteropatriarcado, es dictado por esas mujeres como una ley por encima de todas las demás. Y por el revés, esas mismas mujeres, postulan su poder como abstracto, utópico, ilusorio. Como un poder que se transforma en su contrario. Esas mujeres se implican en la reconstrucción y se excluyen del poder, se disocian de él en un momento histórico irrepetible, excepcional, en el que hubieran podido articular reconstrucción y poder. Postulan una ley genérica. Del deber pero no del derecho: un llamado que (auto) obliga sin exigir. Y de esa ley son responsables y víctimas. Ley que de alguna manera es recogida por la Constitución del 70. Entre otras cosas instituía la incorporación de las libertades civiles y el sufragio. Pero no universal. Ni mujeres ni indígenas tenían el derecho al voto. Esas mujeres postulan una ley genérica de la cual son a la vez responsables y víctimas (rehenes), recogida por la Constitución, que las pone fuera de la ley (anomos).

Declinar esa posibilidad de imaginar y por lo tanto construir una matria –no tanto antiheteropatriarcal como desviada de lo heteropatriarcal, las posibilidades parecen infinitas– es marcar un destino genérico para Paraguay. Que no queda relegado al post 1870, sino que impacta en las construcciones de la masculinidad y la feminidad, y en las combinaciones posibles entre esos dos paradigmas: hoy. Esa ley fija un destino: anulando el derecho de las mujeres a empoderarse (porque se lo declina mayormente en favor de los hombres), se lo anula también para la descendencia. Esa ley genérica de posguerra impacta así, de manera directa, en el futuro. Desde la posguerra se crea una dinámica, un ethos. Se condena esa patria, resultado de un momento excepcional en la historia –la “tragedia” de una tierra (casi) sin hombres– a la normada existencia heteropatriarcal. Se configura una realidad de mujeres abnegadas, trabajadoras, pero sobre todo expropiadas. Del fruto de su labor por sus hijos, padres, maridos, hermanos. Madres de varones que se insertarán sin dificultades en la retahíla de abusos de género, de mujeres silentes y abnegadas, gauchitas, hechas para soportar penas. “Pena” que es a la vez tristeza, castigo y trabajo. ¿Hay una forma más generosa y terrible del don?

En la posguerra guasú nace el Paraguay actual, un país en el cual la mujer habita una extranjería constante. En término de poder, las mujeres paraguayas, a su pesar, se hacen cargo –en el doble sentido de que cargan con y son deudoras– del legado de Mme. Lynch. Extranjeras en su país, no tanto despojadas de poder como del derecho a tenerlo. Mayoría minorizada. Hasta tanto no veamos hecho política –y más que política porque justamente se juega algo político y algo cultural– un eslogan de campaña, por ejemplo, de Kuña Pyrenda: “Somos la mitad del país, queremos la mitad del poder”.

Rocco Carbone es Profesor de la Universidad Nacional de General Sarmiento/CONICET

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