Mucha tierra para pocos y casi nada para muchos

Análisis del libro “Las tierras de Ñacunday, Marina Kue y otras calamidades”.

Fuente: archivo de Ramón Fogel

Cómo sintetizar un libro tan completo y complejo, como este de Ramón Fogel, en el que, aparte de sus crónicas basadas en hechos reales y espacios concretos, hay fechas precisas y seres humanos, entre ellos grandes luchadores como también catervas de corruptos, todos con nombres y apellidos. Y, por si fuera poco, también se insertan fotos, infografías y planos a doble página final de anexos sobre los vicios en los títulos de posesión de tierras.

Paso a citar una pequeña historia que tal vez algunos de los presentes recuerde, porque ocurrió hace tres años, exactamente el 30 de noviembre de 2010, y guarda relación con el tema que hoy nos convoca. Empleados armados de una conocida familia de latifundistas, en complicidad con la policía de la GEO -e inacción del fiscal interviniente-, ingresaron ilegalmente, por segunda vez, a la propiedad del Indi, asentamiento ancestral de la comunidad indígena Makutinga. Los Mbya del lugar, que se consideran propietarios legítimos, se opusieron al ingreso de las maquinarias agrícolas. Y ante esta resistencia los policías abrieron fuego contra de ellos para forzar el ingreso de las topadoras y expulsar a los nativos del lugar.

Entonces, grupos de defensa de los derechos indígenas hicieron denuncias ante la justicia. Y lograron demostrar que tales tierras pertenecen legalmente a los nativos. Ante las pruebas contundentes, los señores invasores utilizaron la famosa palabra –palabreja, en este caso—:“negociar”. Dijeron que abandonarían la tierra, pero con una condición: como ya habían invertido capital en ella, esperarían algún tiempo para devolverlas. Curiosa manera de negociar, ¿no?, los invasores condicionando su salida.

Claro, esta familia de latifundistas posee empresas que son publicitadas en las páginas de los diarios. Y como el caso tomó cierto conocimiento público, la prensa se vio resignada a publicar algo al respecto, pero en espacios tan deliberadamente pequeños, que el informe pasó desapercibido.

Y aquí nos preguntamos lo siguiente: Si hubiese ocurrido a la inversa, es decir, si campesinos o indígenas se hubiesen adentrado en tierras pertenecientes a algún latifundista, ¿cuál hubiese sido la reacción de la prensa comercial? Es fácil imaginar los grandes titulares a seis columnas, con calificativos incriminatorios, como, por ejemplo, “Campesinos invaden propiedades ajenas, en flagrante violación de  las leyes”. O “Indígenas manipulados no respetan el orden y hacen de las suyas”.

Pues, este es un pequeño ejemplo de las calamitosas injusticias que se suceden en forma casi ininterrumpida. Y es uno de los planteamientos de Ramón Fogel. No en vano utiliza el vocablo “calamidades”, para nombrar los hechos, porque las desgracias que padecen los desposeídos del sector rural son la constante a lo largo de nuestra historia. El autor registra un sinnúmero situaciones, y va demostrando los distintos tratamientos que reciben las partes en conflicto. Da cuenta del modus operandi con que jueces venales, abogados, policías y fiscales corruptos, en contubernio con el poder de turno favorecen a unos y perjudican a otros. Y a esto, Ramón Fogel denomina inequidades o desequilibrios. ¿Y por qué desequilibrios? Porque su mirada teórica es también humanista y ansía una sociedad más justa, más compartida, más equilibrada para todos. Y busca hallar soluciones.

Hay una posición bien definida, cuando señala que “los problemas no son los conflictos, sino la forma cómo se manejan esos conflictos”. Y para reafirmar su afán de buscar una salida a este túnel oscuro sostiene que “con estrategias adecuadas se puede pensar en el desarrollo de la sociedad, en términos de bienestar de la mayoría de su población”.

Yerbales y sojales 

El mensu, esclavo de los yerbales, producto de la venta de tierras públicas a extranjeros por parte del fundador del Partido Colorado, Bernardino Caballero. Foto: M.L.

Para mejor ubicación y visualización cronológica de hechos que marcaron a fuego a hombres y mujeres del campo, el autor aborda dos puntos decisivos en el tema de la lucha por la tierra en el Paraguay: por una parte, el pasado de los obrajes yerbateros-madereros, de lo que tantos testimonios nos dejó Rafael Barret; y ese actual ecocidio, que es la plantación desenfrenada de los sojales, de la que hoy nos dan sus testimonios los sobrevivientes campesinos arrasados, y expulsados por la coacción física de los poderosos, cuando no por la irradiación deletérea de los agrotóxicos. Ramón Fogel desplaza una visión panorámica sobre todos estos hechos, y nos recuerda que “en ambos casos la tierra es acaparada por extranjeros que se apropian de forma fraudulenta de tierras públicas”. Y su relato no corresponde precisamente a la narrativa de los poderosos latifundistas, porque él sabe que “las versiones discurren por dos carriles: la de la fiscalía y la verdad de la gente”.

En medio de todo esto, la interminable duplicación, triplicación o superposición de títulos sobre una misma tierra, vendidas y revendidas al beneficiado postor de turno, siempre en perjuicio del Estado. Es la constante desde finales de la para mí mal denominada Guerra de la Triple Alianza -que en verdad debe llamarse de Cuádruple Alianza, puesto que los tentáculos del Imperio de entonces, el Inglés, manejó los hilos para que sus súbditos de Latinoamérica se prestasen al diabólico plan de aniquilar al Paraguay-; es la constante, repito, desde que Bernardino Caballero y allegados declararon la venta a mansalva de tierras. Las consecuencias de ello, ya sabemos: el Paraguay quedó reducido a cenizas y sometido al pillaje de oportunistas paraguayos e invasores extranjeros. Desde entonces, el desbarajuste de los títulos de propiedad, entre los cuales se mueven personajes arteros, siempre al servicio de la apropiación ilegal de tierras públicas.

Carperos durante el conflicto en Ñacunday. Fotografía: Amambaynoticias.

Mensura en Ñacunday

He aquí un punto cardinal: la mensura, esa tan largamente esperada medición de tierras, que hasta hoy no se cumple a cabalidad en Paraguay y sigue dando pie a una sucesión de injusticias. Claro ejemplo es el tema de Ñacunday, que condujo a las dramáticas circunstancias que envolvieron después al caso de Marina Kue.

Cuando en el año 2011 los Carperos ingresaron a Ñacunday con el principal objetivo de exigir a las autoridades la medición de tierras (porque se sabe que en todo el territorio paraguayo hay latifundistas que en los papeles figuran como poseedores de una cantidad específica de hectáreas, pero en verdad detentan a veces hasta el doble de lo que registran), entonces los señores agroganaderos decidieron llevar a cabo el denominado Tractorazo. Y los entonces senadores Miguel Carrizosa y Carlos Soler, del partido Patria Querida, como también Hugo Estigarribia, del partido Colorado, partieron de inmediato hasta allí. No para dirimir sobre lo que sería justo o no en ese trance, sino para acompañar a sus amigos terratenientes. Ese hecho fue uno de los cinco “argumentos” que 39 senadores utilizaron después para aplicar el golpe parlamentario al entonces presidente de la república Fernando Lugo. La complicidad de estos actores políticos con los poseedores de grandes extensiones de tierra es algo que en todo momento el autor va detallando en las páginas del libro. También la historia gradual de la conformación de los Carperos, de sus avances y retrocesos. Los Carperos, ese grupo cuya presencia logró que el drama del campesinado fuese visibilizado y se instalara en el debate social, como nunca antes en nuestra historia reciente.

Marina Kue 

Paso ahora a al caso de Marina Kue, de también largo historial. El drama de los indígenas siempre estuvo de algún modo enlazado al de los campesinos. Y esto es obvio, cuando ambos son parte de los principales desposeídos en su propia tierra.

Fíjense en lo que en 1985, el Equipo Nacional de Misiones de la Conferencia Episcopal Paraguaya denunció a través de una solicitada, bajo el título “La tragedia Guaraní”, el brutal desalojo y suplicio de líderes indígenas, la expulsión de indígenas Mbya que se negaron a abandonar su tekoha –el lugar donde moraban desde tiempos ancestrales. Y trae a colación el terrorífico desalojo que aplicaron a esta gente que no quería abandonar su tekoha. Entonces, peones al mando de Antonio Rotela, respondiendo a las órdenes directas de Blas N. Riquelme, quemaron sus ranchos, tomaron prisioneros y los sometieron a salvajes torturas. A tal extremo, que el terrateniente se hizo allí presente ordenando que se torture a un líder religioso “hasta que le brillen los huesos”. Y en esas correrías también lo acompañaba el entonces coronel Lino César Oviedo,

Estos datos y más son consignados por Ramón Fogel, quien nos hace avanzar hacia ese final anunciado en Marina Kue, donde el poder corrupto, en complicidad con un Poder Judicial que excluye a los sectores sociales más débiles, volvió a hacer de las suyas. Y esta vez con mayor virulencia. La violencia desatada en hechos sangrientos, en aquel 15 de junio del 2011, no es sino el resultado del largo proceso donde generaciones de campesinos siguen luchando, con heroicidad, por un pedazo de tierra.

Hay muchos puntos que detallar sobre esta obra. Y uno de ellos es el trabajo paciente, de hormiga con que el autor fue recolectando los datos que abundan en sus páginas. En ellas, los hechos son presentados con una minuciosidad que no deja cabos sueltos. En ese sentido, este volumen no es sólo un libro de análisis, sino también de denuncia sobre las prácticas dolosas a las que apelan los latifundistas para seguir usurpando vastas tierras del Estado, en desmedro de campesinos “que pusieron ya muchos muertos en esas vicisitudes”, como señala Fogel en la introducción.

Estamos ante un libro cuyo contenido, como señalé al principio, es complejo y completo. Estamos ante un trabajo que nos sensibiliza. Mejor dicho nos re-sensibiliza. Porque, a medida que lo leemos, sentimos que ciertos hechos decisivos fueron apocándose en nuestra memoria ante la avalancha de sucesos con que el día a día se nos presenta y nos hace olvidar, por momentos, la esencia de los profundos conflictos que nos sacuden. Y es dable suponer que pasará a engrosar la lista de obras ya consideradas clásicas sobre estas tensiones. Al lado de autores ilustres como Carlos Pastore, con su obra “La lucha por la tierra en el Paraguay”, como Rafael Barret, con “El dolor paraguayo”, el libro “Las tierras de Ñakunday, Marina Kue y otras calamidades”, de Ramón Fogel servirá de consulta imprescindible en la hora de buscar comprender a cabalidad el cómo y el por qué de un modelo económico político que aún permite que haya mucha tierra para pocos y casi nada para muchos.

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