Más cerveza y menos prozac

Autorretrato de Monserrat Álvarez

Autorretrato de Montserrat Álvarez

Eso dijo la entrevistada al mozo de un desconocido bar asunceno en burlona alusión al horrible bestseller Más Platón y Menos Prozac, mientras El Baldío la entrevistaba entre los cigarrillos, la historia del rock, la poesía, la sociedad, en fin, la vida.

Sin embargo, Platón era poeta.
Por eso expulsó a los poetas: sabía de qué hablaba, no era un chanta. Primero propone que una censura estatal decida qué poesía se permite y cuál no; enseguida destierra a los poetas sin más: de censurar su contenido pasa a censurar la poesía en sí: sabe que el peligro no es qué dicen los poetas sino cómo lo dicen: sin limitar el deseo ni la imaginación. No es infalible la censura externa si en el alma no hay censura. Un poeta interiormente libre puede sublevarse contra los censores; uno puede pelear con un policía si no lo lleva dentro. ¿Cómo pelear con un policía llamado mi moral, mis principios, mi psikhé logistiké, o alma racional? Sería pelearme conmigo. De esta censura interna el poeta es libre. Lo único seguro es desterrarlo, como Platón desterró de sí mismo al poeta y su poder desordenado.

¿Qué peligro hay en las facultades del deseo y la imaginación?
Se desea y se imagina lo posible, no lo dado, y lo posible como materia de deseo desafía la estabilidad de todo orden social. Por eso cada sociedad pone límites al deseo y la imaginación. Pero la poesía es imaginación que imagina porque desea, y deseo que desea porque imagina, y sin su poder de suspender lo dado para imaginar y desear lo posible no habría historia. Por eso el principio poético es central y marginal en la cultura: es lo que la hace posible y es su mayor amenaza. A esta potencia poética yo la llamo «libertad».

Es la guerra contra el poder de desear lo que no existe o aún no existe, imaginar lo posible y vivir la exquisita locura del exceso poético y de la intensidad. La vieja guerra del rebaño receloso contra el poeta. La antigua guerra del miedo contra el placer, la libertad y la vida.

Por ejemplo, ¿qué pasó el día de 1954 en que Bill Halley & His Comets, desde miles de aparatos de radio, pararon los relojes en la hora del rock? ¿Cómo podía Chuck Berry preocupar a gente seria y adulta con contenidos ideológicos tan profundos como Rat-tat-tat-tat o Whoop whoop whoo oohs? ¿Por qué pensar ni dos minutos en el alcoholizado pedófilo semianalfabeto de Jerry Lee con sus clásicos de la filosofía occidental tan esclarecedores como Whole lotta shakin’ goin’ on? ¿Qué podía ser importante aquí?

Algo importantísimo: la dicha elemental de lo viviente, la vida arrolladora que no hace concesiones. La celebración del deseo, que de-sata el vuelo de la imaginación y agita el cuerpo en la liberación de la música, en la emoción y la experiencia de todo lo existente. Lo que el rock proclama y, aún peor, lo que hace sentir no sólo es importante: fue siempre peligroso.

El rock es un referente en tu vida, tu poesía y, ahora está claro, en tu perspectiva filosófica…
Es que esas cancioncillas no eran frívolas ni inocuas: hablaban de lo profundo. Del motor de todo lo potente del sentir, el crear, el hacer, el vivir y el pensar. Del asiento animal de lo elevado y lo concupiscente, de la belleza y de la poesía, de todo lo que vuela y se sumerge, sea en lo alto, sea en el abismo. El rock preocupó porque no era simple ni inocente, o lo era tanto como los versos de los poetas desterrados por Platón. Siempre será peligroso donde alguien esté de verdad vivo: sus acordes esquemáticos desatan la fuerza en general acallada del cuerpo y la pasión, fuerza de la que surge el amor por lo bello en el arte, el pensamiento y todos los seres y las cosas, y su alegría es real porque no niega la tragedia. Esa tragedia escondida tras la trivial sensatez de Platón, que se amputó la poesía para no decir nada que escapara a su tirano interno y pudiera ser dicho en libertad, y que al quemar sus poemas se redujo a cenizas a sí mismo. La tragedia del elevado precio, de la enorme renuncia, de la cotidiana desgracia sin remedio de la existencia adulta, civilizada, cuerda. La tragedia de todo lo que hay que matar en el cuerpo y la mente, en la vitalidad y en el destino, para poder llegar a ser todo esto. Para poder llegar a ser tan poco.

La tragedia de las cuotas y los créditos, de las tarjetas y las agendas, de una vida que se encoge tanto como para caber en calendarios y relojes…
Sí. Ese día de 1954, de los aparatos de radio surgió un grito de guerra contra los relojes. Diciendo que la hora del rock no la mide el reloj, que no es la hora que se usa para algo ni la hora que «se pierde». Que es la hora de la vida y está aquí, a tu lado y ahora mismo. Un pedazo de tiempo químicamente puro. Un trozo de libertad.

Si Bill Halley te pasara el micrófono ahora, para meterle algo, un hip-hop, un poema, un panfleto o un grito de guerra, ¿qué dirías con las guitarras de The Comets como fondo?
Diría: Tu vida te la pagan por hora laboral. De las infinitas cosas que una hora puede ser, será sólo una hora laboral. No se tasa lo que aún no es, y por eso se fija lo futuro, que pudo serlo todo, para comprarte por horas.

Te pagan ocho horas de trabajo. No eran sólo eso. Pudieron serlo todo. Lo que desearas. Lo que imaginaras. No hablo de mentiras, trabajo ni rendimiento. Te hablo de lo irrecuperable. De tu vida.
Nadie te hará escuchar el grito de Platón en la facultad de filosofía. ¿Aún no sospechas qué te espera?
Entonces escucha.

Escucha el grito de guerra. Las canciones del fugaz verano de la juventud. Escucha: hablan de la trampa de un verano tan fugaz que terminará antes de que te des cuenta de que ya estás atrapado.
Escucha: lo que dicen no es leve ni trivial. Siente vibrar la música. Escucha. ¿Qué esperas? ¿Qué te detiene? ¿Qué puedes perder?

Escucha lo que dicen: han venido a hacer algo de veras peligroso. Y salvajemente divertido. Y decisivamente importante. Escucha bien lo que dicen. Presta atención a lo que han venido.

Han venido dispuestos a parar los relojes.

One, two, three O’clock, four O’clock, Rock!
Five, six, seven O’clock, eight O’clock, Rock!
Nine, ten eleven O’clock, twelve O’clock, Rock!
O’clockcl rock rock! / around / the clock / tonight!

Montserrat Álvarez

Nació en 1969 en Zaragoza, España, su infancia y adolescencia la vivió en Lima, donde editó su primer poemario Zona Dark (poemas escritos en los 15 y 19 años), uno de los poemarios más citados en el ambiente Under latinoamericano. En Paraguay editó, 12 Esbozos Haitianos y un cuento andino (1994), Espero mi turno (1996) El Poema del Vampiro (1998), Underground (2000). En Buenos Aires editó Alta Sociedad (2005) En Mexico, Bala Perdida (2007). Su último libro, Panzer Plastic, ha sido editado en Lima en setiembre de 2008.

Enlaces

Montserrat Álvarez por M. Ángeles Vázquez
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Reencuentro con Montserrat Álvarez en la zona virtual
Ciberayllu

Tres respuestas de Montserrat Álvarez
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