Mi primer Kundera

Del cuento de amor con final abierto al recibimiento del libro La insoportable levedad del ser.

"El libro llegó a Asunción el lunes 10 de mayo de 2004. Osvaldo lo retiró el martes 11, el día de su cumpleaños 25, festejado durante la noche, cuando por fin recibí mi primer Kundera de manos del amigo, en una contradicción única en la cual el festejado fue quien entregó el obsequio al invitado. "

@SebasOcampos

Conocí a Milan Kundera –no en persona, por supuesto– en el primer trimestre del año 2004 a través de Laura Conti, entonces novia –ahora esposa y madre de la hija– del amigo Osvaldo Scorza. Cuando eso yo estaba con ganas de escribir un cuento de amor con final feliz o más o menos feliz, pues una amiga había criticado duramente mis finales hiperrealistas, sin nada de nada de amor, según ella.

Entonces, como Osvaldo mantenía una relación amorosa a distancia con Laura, tomé la firme decisión de llevarlo un viernes de noche a un pub, embriagarlo como siempre y quitarle toda la información íntima de su noviazgo mantenido por encima de dos continentes desiguales. Lo logré sin mayores dificultades. Y quienes conocen al entrañable amigo saben que se trata de un objetivo de fácil alcance.

Entre sorbo y sorbo de una noche iniciada un poco después de las 19 horas , en el pub cuyo nombre no recuerdo pero que estaba ubicado en las calles Mariscal López y Estados Unidos, los datos del noviazgo cayeron como gotas cristalinas que de a poco formaron una linda historia… que luego yo destruiría con mi torpes palabras.

Y la destruí, en el cuento intitulado El amor en mi vida –sí, en mi vida, no de mi vida–, que increíblemente gustó mucho a la escritora Maybell Lebron y otras amigas dedicadas a la literatura, sobre todo por su final abierto, donde queda a cargo del solidario o incauto lector  la continuación… amorosa o no de la historia literaria, de acuerdo a la realidad de cada uno, claro.

Debido a que el cuento pertenecía en ese momento más a Osvaldo –por la cuestión de los derechos de autor–, se lo entregué aguardando la acostumbrada crítica dura que al final no llegó a doler tanto como en otras flagelaciones. Y de paso le pedí que se lo enviara a Laura, quien se encontraba en Amsterdam, Países Bajos. Ella lo leyó, al parecer le gustó y aún no sé por qué pensó en Milan Kundera, diciéndole a su novio asunceno y futuro esposo ítaloparaguayo que me recomendara La insoportable levedad del ser.

Cuando recibí el mensaje de texto en el celular, pensé que el libro era de filosofía y Milan era el nombre de una mujer. Sí, fueron dos errores bien estúpidos de un joven aún carente de la literatura universal necesaria para comprender las recomendaciones bibliográficas como la que había malinterpretado. Pero mi ignorancia momentánea sólo sirvió para cubrirla de inmediato con el conocimiento, que en esa tarde recogí en el cyber ubicado a una cuadra de casa, en barrio Jara.

Los sesenta minutos pagados en el lugar con PC conectada a internet sirvieron para guardar cuanta información encontré sobre Milan Kundera, información que leí al llegar a casa sin pausas ni prisa, sino a gusto, despacito, como cuando me siento a merendar tranquilo frente a la computadora.

En los días siguientes me encontré en las librerías preguntando si tenían el título recomendado, pero sólo me topé con respuestas negativas, frustrantes. El propio nombre del autor era desconocido para muchos libreros. Y entonces, para mi pesar, comuniqué a Osvaldo que no podía hallar la mentada novela. Él, a su vez, como servía de intercomunicador, conversó con Laura, quien no recuerdo cuánto tiempo después me hizo llegar la buena nueva de que me lo enviaría desde Europa, convirtiéndose el libro, en ese preciso instante, en mi primer y hasta ahora más importante premio literario.

El libro llegó a Asunción, si mi memoria funciona bien, el lunes 10 de mayo de 2004. Osvaldo lo retiró el martes 11, el día de su cumpleaños 25, festejado durante la noche, cuando por fin recibí mi primer Kundera de manos del amigo, en una contradicción única en la cual el festejado fue quien entregó el obsequio al invitado.

La primera imagen del libro me provocó el mismo interés que el título. Era y aún es para muchos un libro raro en todos sus detalles. Lo hojeé, leí la dedicatoria acertada de Laura e incluso lo olí con delicadeza. Tenía un aroma también extraño, que, tras los años, se mantiene igual, como si fuera parte de la novela nacida, como todo lo mejor del mundo actual, en 1984.

Al llegar a casa, de madrugada, con varios litros de alcohol recorriendo mi cuerpo tolerante, me recosté en la cama y empecé a leer. Y leí, página por página, capítulo por capítulo, parte por parte, siendo Tomás, teniendo una relación con Sabina, enamorándome de Teresa, despreciando a Franz, encariñándome con Karenin, sufriendo la invasión y la represión, hasta llegar al final que me devolvió las ganas de releerlo de inmediato, aunque el cansancio y el sueño ya fueran implacables.

Esa misma sensación de interés y de ganas de leer y releer las obras de Milan Kundera se mantuvo en el tiempo, en el cual aproveché cada oportunidad que tuve para comprar, generalmente de otros países, sus libros, hasta completar la colección completa que hoy se muestra sobresaliente e invaluable en mi pequeña biblioteca literaria.

Y ese mismo goce del primer encuentro con sus hojas algo amarillentas y aroma inconfundible, disfrutadas durante el transcurso de mi desarrollo literario e intelectual, lo vivo de nuevo ahora, cuando releo las reflexiones de la novela –marcadas primero a los lados con lápiz, luego subrayadas con un bolígrafo azul–, palabras escritas como seguramente yo nunca escribiré que me ayudan a comprender un poquito mi existencia y la de los demás –como sólo el arte de la novela podría hacerlo–, comunicándome de nuevo que, en el futuro incierto, la levedad se volverá insoportable y deberé salir, como Tomás detrás de Teresa, como Osvaldo detrás de Laura, en busca del peso de la vida, que ojalá cuente, de una vez por todas, con un final feliz… o más o menos feliz.

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