¿Mercado mundial o integración regional?

El Paraguay vive momentos de definiciones sobre su rumbo como nación.  En el título de este artículo resumimos sus opciones en dos, que sin ser antagónicas o excluyentes, de acuerdo a la prioridad que se les dé, marcan pautas diferentes.

La vía «mercado mundial» …

Es el rumbo que tomó el Paraguay desde los años 1990, coincidiendo con el ascenso y punto más alto de la globalización neoliberal. En ese contexto el país se afianzó como un gran productor-exportador de commodities agropecuarias para el mercado mundial. La sumatoria de tierra fértil, agua y sol abundantes, permiten una productividad que se refleja en la riqueza de sojeros y ganaderos modernizados, que tienen acceso a capital y tecnología y a los circuitos del comercio mundial comandados por las multinacionales. Por eso, la pauta principal de los negociadores comerciales de la Cancillería paraguaya, ha sido la marcada por los gremios de grandes productores de aquellos rubros.

Para que se vea como eso opera en los hechos, basta analizar lo ocurrido a mediados de 2008, en los últimos capítulos del intento fallido de finalizar la llamada «Ronda de Doha», en las negociaciones de la Organización Mundial del Comercio (OMC), en Ginebra.

Uno de los temas clave de la negociación era el de los mercados agrícolas, que continuaban fuera de los amplios procesos de liberalización comercial adoptados por ese organismo. El escollo principal era que Europa y Estados Unidos, países industrializados y ricos, rehusaban a eliminar o reducir los subsidios a su agricultura en sus mercados, y se negaban a dejar de subsidiar sus exportaciones agrícolas. Superar ese escollo permitiría a países agrícolas subdesarrollados mayor acceso a los mercados de los países ricos, pero también eliminaría la competencia desleal que el sistema de éstos impone actualmente en el mercado mundial.

El grupo de países subdesarrollados, liderado por India y con la participación de Brasil, proponía al mismo tiempo que, en los casos de naciones de menor desarrollo relativo y con gran porcentaje de población rural, hubiera un mecanismo defensivo que pudiera ser accionado, caso el libre comercio agrícola afectara a su producción campesina.

¿Cuál fue la voz que se levantó contra esa propuesta? La del gobierno de Paraguay, entonces en los capítulos finales de la gestión de Nicanor, que se presentó como el campeón mundial de libre comercio agrícola. Los negociadores paraguayos defendían el punto de vista de los agroexportadores instalados en el país y de las multinacionales que controlan esos rubros y no consideraban los intereses de la población campesina, que es mayoritaria, en el sector rural de nuestro país. Esa opción ni siquiera fue objeto de debate en el país, en el 2008. Apoyada por los gremios empresariales y sin consulta ni información a las organizaciones campesinas, era la posición «natural» de la Cancillería paraguaya.

En esta «vía» adoptada desde los años 90 el país responde fundamentalmente a estímulos que vienen del mercado mundial. Su éxito depende de poder adecuarse a necesidades de un mercado que no se controla y sobre el cual se tiene información limitada. En nuestra región Chile y Perú, dos exportadores de commodities, siguen este guión con regular éxito económico (en cuanto a tasas de crecimiento económico) y gran malestar social (por las desigualdades que generan sus economías).

… o la vía «integración regional»

El Mercosur fue una decisión de los gobiernos Sarney y Alfonsín, para superar tensiones geopolíticas entre Brasil y Argentina. Se hizo efectivo ya en los gobiernos neoliberales que les sucedieron, Collor de Mello y Menem, que firmaron el tratado constitutivo en 1991, junto con los gobiernos de Paraguay y Uruguay.  Sin embargo, la llegada de fuerzas progresistas a los gobiernos, ciclo que se inaugura con Lula en Brasil, en el año 2003, a quien siguen Kirchner, en Argentina y Tabaré, en Uruguay, y el aggiornamento del coloradismo con Nicanor, cambió el escenario y el enfoque sobre el Mercosur.

Por parte de Brasil se trataba de construir el espacio económico regional, desde el Cono Sur hacia América del Sur. Argentina, a su vez, buscaba su reindustrialización y para ello, solo tenía a mano la posibilidad de un acuerdo de complementariedad con el Brasil, lo que se hizo efectivo a mediados de la década pasada.

En la relación con Paraguay, esa nueva estrategia se tradujo, entre otras cosas, en la puesta en funcionamiento del FOCEM y una serie de iniciativas brasileras para que nuestro país desarrolle cadenas productivas con la industria del vecino país. Cuando coincidieron los gobiernos Lula y Lugo, esta perspectiva se intensificó con los acuerdos del 25 de Julio del 2009.

En esta «vía» no se trata de adecuar al país a las comodities que el mercado mundial compra o a lo que las multinacionales quieren que se produzca, sino de verificar lo que el país puede y quiere avanzar en su industrialización y desarrollo, articuladamente con los países de la región, sin descartar lo que puede obtener de la globalización de los mercados. El resultado inmediato de ese giro del Mercosur para el Paraguay fue un incipiente y consistente proceso de industrialización de las exportaciones paraguayas al Brasil.

Pero quien dice desarrollar un espacio económico, dice también cómo construirlo. Es así que el arancel externo común del Mercosur establece ese territorio y define con quiénes tenemos prioridad en esa construcción. Se favorece la «substitución de importaciones» extra-zona por productos de los países de la región.

Desde el Mercosur, los países con gobiernos progresistas proponen construir un “territorio América del Sur”. Dentro de un territorio común, sus habitantes son tanto productores como consumidores. Tienen necesidad de políticas sociales convergentes. Se mira el saldo de la balanza comercial (exportaciones menos importaciones), pero sobretodo el flujo de comercio (exportaciones más importaciones)entre países de la región. Para países de mercado interno pequeño, como el Paraguay, es una solución, ya que de otra manera no podrían desarrollar economías de escala, que viabilicen su producción diversificada y con mayor valor agregado.

Cuando después del golpe parlamentario contra el presidente Lugo el 22 de junio del 2012, todo el ruido pseudo-soberano en Paraguay, era contra el ingreso de Venezuela en el Mercosur, en Brasil y la región, se conmemoraba que el Mercosur llegaba al Caribe, con el ingreso de Venezuela. Mientras que en Paraguay, después del 21 de abril, la política exterior del presidente electo Cartes se reconvertía de pragmática a neo-pseudo-soberana, en la región se avanzaba en el ingreso de Bolivia y Ecuador al Mercosur, y la asociación de Guyana y Suriname.

Recientemente, en la Conferencia 10 años de nueva política exterior brasilera, que discutió la gestión del PT al frente del gobierno brasilero (gobiernos Lula y Dilma), el ex-presidente Lula reafirmó una visión de integración sobre América del Sur, y enfatizó que la «Alianza del Pacífico» (Chile, Perú y Colombia, en América del Sur), no será un problema si los gobernantes brasileros muestran a esos países que su futuro, y el de sus negocios, están vinculados a la región. Todo indica que el gobierno Dilma continúa  empeñado en esa perspectiva.

Para hacer sencilla y algo esquemática la conclusión, el Paraguay tiene dos vías, dos opciones por delante: la que ha regido desde los años 1990, de buscar adecuarse al mercado mundial con los sectores económicos «ganadores» exportadores de commodities, lo que es decir más de lo mismo, y que ha resultado en el desastre social que tenemos; o buscar con la región un desarrollo integral, de su industria y sus servicios, más allá del sector primario exportador de commodities, una vía cuyas potencialidades se han comprobado en los últimos años.

La mesa está servida, pero parece que a algunos sectores del nuevo gobierno paraguayo, le gusta la comida recalentada desde los años 90…. Veremos.

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