Mba’éichapa oî guarani mitã ha mitãrusu jurúpe

Zenit, Nicolle y Lorena. Tres historias diferentes que dibujan la relación de los niños, niñas y adolescentes con el guaraní, en una Asunción que poco escucha  el sonido de la lengua más hablada del país.   

Fotos: Rocio Céspedes

Zenit escribiendo la primera palabra que aprendió. «A ver, a ver…», dice y garabatea «Mamá».  Foto: Lorena Ferreira

“Mirá, te voy a mostrar cómo yo sé escribir”, me dice Zenit, mi entrevistada, en el tercer piso de un edificio situado en la avenida Herrera. “Ja hechami”, le respondo, y se pone a escribir despacito en su cuaderno: “Mamá”.

Zenit toma de la mesa la figura de un jugador de fútbol, y me dice: “Mirá, te voy a escribir este… ¿Qué dice acá?”, pregunta. “Ape he’i Alexandros Tziolis… ehaimi amañahaguã hese…”, le pido… “bueno, voy a hacer”, me responde, y copia el nombre del jugador italiano. Luego la interpelo, distraídamente: “Mba’ére tepa nereñe’êi la guaraníme, Zenit…”. “Y porque el castellano es más fácil…”, me responde, concentrada en copiar el nombre del jugador. “Y qué palabra pa podés escribir en guaraní, Ze”,ha’e chupe. “Ummm…a ver…kuarahy… pero no sé escribir ¿Cómo se escribe?”, pregunta. Le deletreo las letras de Kuarahy, y Zenit se esfuerza en escribir.

Desde que nació Zenit, su padre, Julio, comenzó su tenaz labor de meter en la lengua de su hija el guaraní. “Bueno che rajy, ko’ágã ja haíta 20 minuto ne cuaderno-pe, haupéi jaháta jajepasea centro-re”, ordena a Zenit, y comienzan juntos la tarea escolar del día. Ella tiene 6 años, y está en el colegio Domingo Savio de Asunción, en preescolar. Su madre, Silvana, es una castellanohablante que apenas entiende el guaraní. “Mi mamá y mi papá hablaban entre ellos, pero a mí me hablaban en castellano nomás…”, me comenta, revelando la historia de miles de jóvenes y adultos de hoy que lamentan no poder hablar el guaraní por culpa de sus padres guaranihablantes, quienes les negaron esta lengua.   

“Zenit entiende (guaraní), pero no habla; repite palabras cuando se le pide… ella no habla guaraní porque todo su entorno es castellano, incluida ahora la escuela…”, me comenta Julio, casi con un tono de resignación, mientras sorbe un mate de tereré en medio de una ciudad que sufre el rugido de los ómnibus chatarra.

Guaraní ñe’ê iñakasê Escuela Perú-pe. Este cartel parece revelar el esfuerzo insuficiente de algunos docentes para introducir el guaraní en las escuelas. Foto de Rocio Cépedes

Asunción está escrita en castellano

 “… ndaikatumo’âi oñe’ê guaraníme –refiriéndose a niños como Zenit– ndoguerekóirõ mávandipa. Oikotevê ohendúva ha ombohováiva ichupe upe ñe’ême…”, me dice el docente y poeta Édgar Rolón, quien hace más de 19 años enseña en varios colegios del populoso municipio de San Lorenzo. “Ndaha’éi imbo’ehára noñeha’âi rupi; oñeha’âramo jepe, noñe’êmoaî”, agrega Édgar, y “es porque la lengua es un fenómeno social, no académico”, remata en castellano, para expresarse mejor aprovechando las tecnologías del castellano que, no por falta de capacidad claro está, el guaraní no ha podido desarrollar.

“A mí me gusta mirar desde aquí, sabés…”, me dice Zenit en el balcón de su departamento, mientras ambos miramos la calle Herrera con sus murales, carteles publicitarios y esténciles escritos en castellano, mientras suena en mi cabeza su frase: “Y porque el castellano es más fácil…”. Busco en las paredes de la calle alguna palabra escrita en guaraní. Diviso solo una: “ABC ijapu”, dice un esténcil. 

Escuela, karai ñe’ê mba’e. Los alumnos del Colegio Perú procuran el castellano en el aula. Péro escuela korapýpe katu ipu mbarete guarani mitâkuéra jurúpe. Foto de Rocio Céspedes

El ocultamiento de Lorena   

“Te llama tu mamá, Zenit…venii…”, grita desde la cocina Lorena, la joven de 19 años que trabaja en la casa cuidando a la niña. “¿Ha nde moogua, Lorena?, le pregunto. “Yo soy de Caacupé, de un pueblo que se llama Potrero…”, me responde en un castellano que no parece tener las influencias del guaraní. Le insisto en guaraní: “Ha ndéiko reho ha reju todo lo día Ka’akupégui piko…”. “No, los sábados al mediodía voy a mi casa, y vuelvo los lunes a la mañana”, me responde con tono formal. Entonces trato de descubrirla: “¿Vos hablás guaraní?”. “Sí, me dice con una tímida sonrisa”. Le pido por favor que hablemos en guaraní, que estoy tratando de mejorar el mío. “Ha ñañe’ê la ndegustarô”, dispara y escucho  salir de su boca un fluido guaraní,  el de hoy, el de la calle, pero con una construcción sintáctica que cuida con firmeza la estructura del guaraní. Es que Lorena es una de los pocos bilingües de este país que maneja bien ambos idiomas. Pero como está en la ciudad, y sobre todo en esta isla lingüística llamada Asunción, oculta su condición de guaranihablante.

“Hasta hoy no se ha superado el desprecio histórico que se ha construido contra la lengua guaraní”, me comenta Nancy Benítez, directora de Currículum del Ministerio de Educación, que junto con María Gloria Pereira, directora general de Currículum, Evaluación y Orientación del MEC, conversan conmigo sobre la enseñanza del guaraní en las escuelas y colegios públicos. Nancy expresa que “hay un trabajo de sensibilización social en las comunidades con los padres de los alumnos para que valoren el guaraní”, aunque reconoce que la tarea es dura.  Tanto Nancy como María Gloria coinciden en que hay “un problema de falta de prestigio del guaraní, un problema de estatus de la lengua que opera en los niños”. Estas palabras me recuerdan a Lorena y el ocultamiento de su condición de guaranihablante.   

El cuaderno de una niña expuesto en la galería de trabajos por el día del folklore, en la escuela Perú. Salvo tres palabras, el resto es escritura castellana. Foto de Rocio Céspedes

Este mismo problema de falta de prestigio del guaraní me parece notar en los niños y niñas del popular Colegio Perú del barrio Sajonia. “Aporanduse peême peteî mba’e: mávapa oñe’ê  guaraníme ape… pehupimi pendepo”, consultó a los alumnos del quinto grado “B” turno tarde de este colegio. Cuento que siete de los veinticinco levantan tímidamente la mano, sonriendo. Y agrego: “Cuál de los idiomas les gusta más hablar ¿El castellano o el guaraní?, “¡El castellanoooo…!” gritan casi todos.  Sin embargo, escucho que en el patio del colegio, durante el recreo, en el partido de fútbol y otros juegos, explota el guaraní, que se impone fuera de la clase sobre el castellano. Es que muchos alumnos de este colegio son de los bañados de Asunción, ubicados a unos 600 metros de esta institución, asentados en la ribera del río Paraguay.    

“Ape oñe ñe’ê la guaraní…ha ore ro’e chupekuéra ani otî hikuái oñe’ê haguã”, me asegura la directora del colegio, Ernestina Martínez.

“¡Nde, no chútenna tan fuerte…!, “¡Pasamepy nde…!”, “¡Haupéi…! Algarabio en el patio del Colegio Domingo Savio. Oñehendu mba’éichapa guarani oike castellano kuápe.

El pragmatismo de Nicolle 

Yo puedo escribir en guaraní, pero muchas cosas  de lo que escribo no entiendo… ja”, me dice Nicolle Aldana, y  agrega: “A mí me da igual que se enseñe o no en el colegio, la verdad”, a la vez de señalar que en su colegio, el Sagrado Corazón de Jesús del barrio Policial, en Asunción, “casi no escucho que se habla en guaraní… mis compañeras algunas veces dicen algunas frases, pero para bromear nomás». “¿Pensás aprender a hablar alguna vez el guaraní, o ya no?, le pregunto a esta adolescente de 17 años, cursando el tercero de la media, de una familia de clase media alta: “Y depende de lo que estudie… si estudio medicina, voy a necesitar”, responde pragmáticamente.

El pulcro castellano que usa delata que, tal vez, Nicolle pronto forme parte de la élite de castellanohablantes que ocupa espacios de poder.  Nicolle me narra que su madre, Romy Duarte, nunca le habló en guaraní,  y que su padre mucho menos, “porque es peruano… ja”, añade. “¡Disculpas!”, dice Nicolle y deja la entrevista para sentarse frente a su compu y entrar a internet. Desde unos metros le pregunto: “¿Y vos hablas inglés…?”, “Síí, si hablo”, responde, hablando luego en inglés para demostrarme, mientras navega en Facebook.

«Pe ñe’êmína chendive guaraníme», pido a niños y niñas de la Escuela Perú. Pude sacarles dos o tres palabras. Foto de Rocio Céspedes

“No le hablé en guaraní porque no me pareció importante para su formación… te estoy siendo bien sincera”, me comenta Romy, la madre. “Y también porque yo antes creía que estaba mal hablar guaraní… pero ahora me doy cuenta que no es así… solo que no le veo ninguna utilidad para mi hija”, habla con franqueza esta mujer que, me confiesa, fue monolingüe guaraní hasta los 9 años, y recién a los 12 comenzó a hablar en castellano. Un castellano aprendido a costa de haber olvidado su lengua materna, ya que Romy me informa que ahora “solamente hablo el guaraní con mamá y con mis hermanos”.

El caso de Romy es descripto por Nancy Benítez, del MEC: “A los padres de los alumnos no les interesa que sus hijos hablen en guaraní… es lo que se observa en las comunidades urbanas y rurales”, explica, señalando tal vez la actitud de la mayoría de las madres de hoy, cuya razón lo dice claramente Romy.    

“Mis profesoras de guaraní no hablan luego guaraní”.

Nicolle cierra nuestra conversación contándome un hábito de muchos docentes de guaraní: “…Pero es que mis profesoras luego no hablan guaraní; siempre desarrollaron las clases de guaraní en castellano…”. Hábito que de alguna forma nos confirma el docente universitario Ramón Jiménez, de Concepción, con este comentario: “Y es por nuestra escasa preparación en didáctica de lenguas y una nula opción investigativa, como educadores. En zonas rurales, la mayoría en los primeros grados enseñamos castellano en guaraní, y, en los grados o cursos superiores, enseñamos guaraní en castellano. Es que el castellano tiene una tradición escrita, una ventaja frente al guaraní. Y casi todas las expresiones del guaraní son extraídas del castellano. Las palabras son del guaraní, pero la idea del castellano”. Jiménez agrega otra falencia de las escuelas: “Las instancias formales, desde mi punto de vista, aportan poco en el aprendizaje del guaraní como lengua que vehiculiza “cultura” sino, más bien, análisis gramatical de un guaraní semivacío de contenido.

Zenit (la segunda desde la derecha) oñehaâ oñe’ê guaraníme ohenduka haguä iñangiru’i kuérape, colegio Domingo Savio-pe. Luego los demás dijeron: «¡Pero nosotro no entedemos nada!». Foto de Rocio Céspedes

Zenit en su colegio

“¡Nde, no chútenna tan fuerte…!, “¡Pasamepy nde…!”, “¡Haupéi…! Las frases son emitidas por el centenar de niños y adolescentes que juegan, frenéticos,  en el recreo en el Colegio Domingo Savio, un colegio mixto de familia de clase media baja administrado por la congregación salesiana. Salvo el jopara de aquellas frases, el castellano reina en forma absoluta en esta institución. “Aquí casi no se habla el guaraní… usan esas palabras que se usan en la calle, pero solo eso”, me informa  Juan Carlos, el asistente de la dirección del colegio. Y es cierto, aunque el castellano que escucho está inficionado de palabras en guaraní, tal como se escucha en las calles de toda Asunción, clara señal de resistencia de la lengua hasta hoy dominada.

Me interno en el edificio del colegio, hacia las aulas del preescolar donde Zenit y sus compañeritos acaban de terminar de bailar una danza folclórica. Es que hoy –jueves 22 de agosto– se festeja el Día del Folclore, una palabra muy asociada al guaraní. “Haupéi…mba’e rejapo hína Zenit…”, saludo. “Eyyyyyy…mirá mi vestido…”, me dice mostrándome su pollera de ao po’i. Está en un corro con sus compas. Entro en el ruedo. Me miran sonriendo. Los saludo en castellano diciéndoles que estaba triste porque no pude ver el baile que ellos danzaron… “Ahhhh… ndéera”, me dicen en coro. Entonces finjo no saber hablar bien el castellano, y les pregunto si entienden el guaraní, para hablarles en este idioma. Salvo Zenit, que me responde: “Claaro que sííí…ya te dije ya hoy”, los demás me dicen con la cabeza que no entienden.                 

 

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