Más de cien años sin (y con) Rafael Barret

En el 2010 se cumplió un siglo de la muerte de este gran intelectual, militante y escritor español, que entre 1904 y 1910 habitó el Paraguay. Dejó una huella indeleble en la cultura, tanto como para reclamarlo paraguayo.

Rafael Barret

Una lluviosa noche de 1910, el tranvía asunceno que lo debe llevar a su hogar es más rápido que Rafael Barrett, apaciblemente demorado durante la cena (uno imagina), en una conversación acerca de Tolstoi o de la cercana revolución mundial, o de los rescoldos de una partida de ajedrez con Viriato Díaz-Pérez terminada en tablas. Díaz-Pérez, amigo, compatriota suyo y hermano en las letras, siempre tiene un catre para él en su casa de lo que, cien años después, será conocida como Villa Aurelia. Están ambos en silencio, al calor de una lámpara votiva de tenue aliento que es también, mágicamente, la de la sabiduría. A veces, un diálogo comienza para enseguida morir, como un callejón sin salida en un suburbio del Madrid que dejó a los veintisiete años para venir a América. Una polilla da vueltas satelitales alrededor de la lámpara. De vez en cuando un viento pétreo entra a la habitación por debajo de la puerta, de los visillos de la ventana. Luego de un par de horas de oír el tableteo incesante del agua en el techo, como una máquina de escribir alucinada, Barrett parece triste y lejano junto a Viriato. Sabe que está enfermo, que la muerte lo ronda desde las entrañas hasta el pensamiento. Sabe y no sabe a un tiempo que morirá pronto, lejos de Asunción del Paraguay, en una casa fría y hostil de Arcachón, en Francia.

De súbito, en esta hora mojada y lenta, se envalentona y se pone locuaz. Díaz-Pérez años después recordará, en un fragmento de unas memorias inéditas o inexistentes, ese fluir de las palabras de su interlocutor en la alta noche de la periferia asuncena, diciendo que mientras él  tenía opiniones, creencias, Barrett tenía ideas, conceptos que desfilaban frente a él envueltos en la pasión de un lenguaje que era en sí mismo venas y humores del alma. Las mismas ideas que decimos hoy, un siglo después de aquella velada en Villa Aurelia en el año del cometa Halley, son las que hicieron de él un artífice fundamental del periodismo, la literatura y la militancia social en Paraguay.

Barret con un grupo de obreros.

Barrett murió hace 100 años. La tiranía del tiempo a veces busca estos números redondos para convocar, de manera especial, la memoria de las personas, los hechos, la vida. Muchos saben de él, pero otros tantos no oyeron probablemente nunca hablar de un solo día de los seis años que vivió en Paraguay. Fueron solo seis, pero suficientes para marcar varios aspectos de la cultura moderna de este país.

El filósofo español Santiago Alba Rico escribió en el prólogo a una Antología (Ladinamo Libros, 2003) de los textos de su compatriota una certera metáfora temporal y existencial, que habla de su decisivo vínculo con nuestro país: “Barrett nació con veintisiete años y murió con siete”. Arribado a Asunción desde Buenos Aires en 1904, como corresponsal de un diario porteño en el primer levantamiento civil armado de los muchos que asolarían el nuevo siglo, el autor de Moralidades actuales se incorporó desde entonces de manera activa en la vida pública del país. Dueño de una vastísima cultura que no desconocía las ciencias duras, no tardó en incursionar en la naciente prensa independiente (hasta donde se podía) del Paraguay de aquellos años. Había nacido en Madrid en 1876, frecuentado en su temprana juventud los círculos afectos a la generación del 98 española (Cansinos Assens, los hermanos Machado, Juan Ramón Jiménez), abandonado el llamado de su sangre noble y burguesa a un tiempo, puesto del lado, finalmente, de los humillados y ofendidos de la tierra en su aventura americana y, por sobre todo, paraguaya. Su protagonismo en la consolidación del movimiento obrero nacional fue decisivo. No negó jamás su adscripción al anarquismo, como algunos, dentro y fuera de Paraguay, quieren desconocer. Escribió algunas de las crónicas más descarnadas acerca de la explotación inhumana en los yerbales de la región oriental de la república. Sus aguafuertes reunidos en El dolor paraguayo son una lección de periodismo de color y de ideas como pocas veces se vio antes y, no es mucho decir, se volvería a ver en las páginas de la prensa local. Augusto Roa Bastos, se ha repetido hasta el hartazgo, vio en él al descubridor de la realidad social paraguaya. Lo homenajeó incluso en su novela Hijo de hombre, ubicándolo como el anciano harapiento y terroso que rescata en su carreta a Casiano y Natí del terror de los yerbales.

El mensú. El escritor español denunció la explotación y la esclavitud de los yerbales.

Aquí Barrett, además de desarrollar sus convicciones políticas y artísticas, se casó. No es poco decir, aunque hoy parezca un mero trámite. Francisca López Maíz le dio un hijo, Alejandro Rafael, que a su vez fue padre en 1945 de Soledad Barrett Viedma, la hermosa nieta cuya sangre el abuelo, según decía en un poema Mario Benedetti, tiraba de ella hacia el sur del ideal revolucionario, por más que le diera el cuero para ser Miss Paraguay. Aquí Barrett se reunió con

obreros famélicos a discutir lo mismo una huelga que el devenir de la historia del mundo. Aquí estuvo preso por escribir un artículo, “Bajo el terror”, que hablaba de la barbarie del terrorismo estatal décadas antes que se hablara de terrorismo estatal. Aquí Barrett comprobó que, entre otras cosas “los enamorados, los niños que por primera vez balbucean a sus madres, seguirán empleando el guaraní y harán perfectamente”. Aquí Barrett descubrió que hubiera querido morir -como le dice a su pluma- “sin haberte obligado a manchar el papel con una mentira, y sin que te haya hecho en mi mano retroceder el miedo”. Así lo hizo hace cien años: hundió la pluma en la carne hasta morir. Así lo sigue haciendo hoy, cuando lo resucitamos en cada dolor y en cada alegría, paraguayos y universales.

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