Marzo paraguayo involucró a grupos “que dirimían sus diferencias a balazos”

Gustavo Zaracho tiene 42 años hoy. Está en Francia. Es uno de los promotores de la organización de los compatriotas en Europa. En marzo de 1999 tenía 29 años. Entonces era dirigente de la Juventud Obrera Cristiana. Para él estar en la plaza en esos días era un deber que no había ni siquiera discutido. Formaba parte del equipo de solidaridad de la marcha campesina, la que se había apostado en la plaza del microcentro en reclamo, entre otras cosas, de condonación de deudas. El 26 de marzo estuvo en el epicentro de aquella batalla. A la noche, las balas caían de todas las direcciones. El recibió un clavo miguelito probablemente lanzado con una honda. “El proyectil provino de los manifestantes oviedistas”.  Socorriendo, conteniendo, protegiéndose con otros de balas y petardos de los oviedistas, Gustavo aún recuerda con memoria fotográfica aquellos sucesos, previos a la dimisión de Raúl Cubas Grau de la Presidencia y la asunción de Luis González Macchi.

“Una vez en la plaza y en vista al desarrollo de los hechos, la creciente represión que comenzó y la persistencia de la movilización, hizo que jugásemos un rol en la coordinacion entre los diferentes grupos de jóvenes, sindicalistas y campesinos”, nos dice, en el principio de esta entrevista.

-Gustavo, qué significa, ahora, en el tiempo, para vos aquel acontecimiento.

Es evidente que la gente que se jugó la vida en esa plaza en aquellos días lo hizo por principios e ideales que no tenían nada que ver con los de aquellos que manejaban los hilos de los hechos.

Esos sucesos involucraban grupos de poder que dirimían sus conflictos a balazos e intentaban incrementar su poder e influencia en un contexto de cambios en la estructura del poder (colorado).

-Qué te parece que quedó de todo eso. Qué pasó de tu generación, por ejemplo.

Lo que a mí me queda claro es que las revueltas que son el fruto de un verdadero proceso de organización y acumulación de fuerzas de un grupo social son sistemáticamente recuperadas por el poder hegemónico del momento.

En cuanto al post-marzo 99 y su implicancia para mi generación fue el fin de la ilusión de la «transición» como un proceso que mecánicamente llevaría a más apertura y verdaderos avances democráticos.

-Cómo es eso de la transición, qué idea se tenía al respecto

A la caída de Stroessner y aunque el poder stronista seguía (y sigue) vigente se tenía la idea que este se diluiría o perdería fuerza, porque al existir mayores espacios de libertad, la gente «tomaría conciencia» y apoyaría nuevas opciones políticas.

Gustavo Zaracho, en un acto con migrantes.

Gustavo Zaracho, en un acto con migrantes.

-¿Y entonces?

Y aunque esos espacios de libertad generaron procesos y avances considerables en varios ámbitos, fueron insuficientes o sumamente frágiles y sumamente difícil (y violento) construir procesos de opciones políticas de izquierda.

– Qué queda de todo eso, del marzo y los tiempos posteriores

Creo que el marzo (y post-marzo) debe llevar a una reflexión más profunda sobre el bi-partidismo oligárquico vigente en Paraguay. Que para mí hoy está en crisis (pero esa crisis y su descomposición pueden llevar varios años, décadas), si no existe una alternativa creíble y sólida.

Parte de esa generación surgida de aquel marzo 99 apostó y apuesta a la construcción de esa alternativa y ese es quizás su legado más interesante.

 

 

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