Maracaná: la disputa de la agricultura familiar con el agronegocio

El colectivo está lleno, la gente viaja parada. De día, de noche. Ni los que están sentados pueden dormir, el tambalear y el traquatear del colectivo lo hacen imposible. Con el viento la arena entra por la ventana. Al salir del colectivo todos tienen un brillo rojo en la cara, también en el cabello. Muy de madrugada paramos en una esquina. A lo lejos ladra un perro, también canta un gallo. Ya casi son las seis, hora de despertar al pueblo. Llegamos a Maracaná, una pequeña comunidad en el departamento de Canindeyú. Maracaná, como el estadio de fútbol en Río de Janeiro, como el pájaro que canta en el Pantanal, como el río que serpentea por el bosque de Canindeyú.
El pueblo se fundó en 1989, a pocos meses de la caída de la dictadura stronista (1954-1989). El terreno donde hoy se encuentra la comunidad era un vasto bosque. Lejos de cualquier centro comercial, de cualquier ciudad. Los primeros en llegar se abrieron paso entre la selva, construyeron senderos y durmieron en hamacas colgadas por los árboles. Me encuentro con Hugo. Su papá estaba entre los primeros. Cuatro años trabajó con sus compañeros para construir una casa familiar, cuatro años en el bosque, construyendo caminos, plantando mandi’o y pakova. Cada uno en Maracaná es un campesino y cuida su propia chacra. La chacra para él es todo, su seguro de vida.

Don Nicolás, trabajando con su tatakua.

Don Nicolás, trabajando con su tatakua.

Hugo es un profesor de colegio en Maracaná. Él nos cuenta que ese pueblo surgió a través de la lucha de organizaciones de campesinos sin tierra. Fue la primera comunidad organizada como lo querían los campesinos. La idea era un asentamiento de un modelo distinto: lo importante era el desarrollo integral de la comunidad para que el agricultor fuera también un “pueblero”. La administración sería de los propios campesinos. Cada uno de los ocho asentamientos se creó con un centro urbano descentralizado, una escuela y un puesto de salud. Mientras que tomamos tereré sacan unas mandarinas del árbol. Ya están bien maduras.
«Los jóvenes son el futuro del pueblo», asume Hugo. Maracaná está formado por diez encuadres. Casi cada encuadre tiene una escuela, algunos un colegio. Lo que faltan son universidades estatales. Sin jóvenes Maracaná no tiene futuro, falta la educación adecuada para mantenerlos. “En eso estamos trabajando”, dice Hugo, “pero hasta ahora no recibimos ningún apoyo del Estado. Los profesores trabajan voluntariamente, la chacra del colegio agrónomo es parte de la comunidad”.

Los jóvenes son el futuro del pueblo.

Los jóvenes son el futuro del pueblo.

Entramos en un camino de tierra roja que no permite la entrada de camiones. Es el camino hacia la escuela del cuarto encuadre. Acá, antes se encontraba la casa de Rosi y Mónica. Ahora ya no la veo más, pregunto y nos cuentan que se quemó, la casa. Con la ayuda de todos, pudieron construir una casita nueva, linda, a 100 metros del lugar donde todavía nada crece, ningún yuyo. Es tierra negra, quemada.
Es recreo. Los niños juegan en el parque, al lado de las aulas. Ña Macdonia espera que los alumnos compren sus empanadas y su sopa recién hecha. En la escuela no hay almuerzo. El pueblo del cuarto encuadre reparte las tareas. En una comunidad como ésta, lejos de cualquier municipalidad, lejos de cualquier órgano estatal, olvidada por el Gobierno, la gente tiene que ayudarse. Sin este pensamiento, la comunidad no funcionaría.

Ña Macdonia vendiendo su comida

Ña Macdonia vendiendo su comida.

Hoy es el cumpleaños de Dalila, la sobrina de Hugo. Ya tiene dos años. Toda la familia está trabajando. Los hombres parten la carne de la vaca con sierra y hacha mientras toman tereré. Las mujeres preparan la torta. Los niños traen choclo y mandi’o de la chacra. El sol brilla fuerte y deja las remeras mojadas, las manos sucias. En la noche vendrán los parientes y amigos, hay que preparar y limpiar todo. Veo que Maracaná se mantiene casi solo gracias al autoabastecimiento. Nada se tira, grasa, hueso, cabeza, todo tiene una función. En la noche no quedan restos en los platos, estamos todos de acuerdo: comimos la carne y la chipa guasu más rica y más fresca.

Autoabastecimiento: la chacra, la carne, la leche

Autoabastecimiento: la chacra, la carne, la leche

A la una y media de la noche me despierta un gallo. Un gallo, después ya todos los gallos. Al canto se une un perro, después ya todos los perros. Cuando paran nada se escucha, salvo los sapos y el pombero que de vez en cuando silba en la selva. Se ve un cielo, un cielo lleno de estrellas que hoy en día probablemente no se encuentre en ningún otro lugar.
“Opa la y”, el agua para el tereré se acabó. Al día siguiente, a la siesta, paso por la casa de Hugo. Esperamos un ratito para continuar la entrevista hasta que la jarra rápidamente se llena con agua bien fría. La hospitalidad de la gente es increíble. Hugo nos cuenta que él y sus compañeros luchan para crear una conciencia de respeto a la naturaleza, de respeto al bosque, a la gente. En Maracaná faltan la formación y el apoyo del Estado para proteger el bosque y mantener el ecosistema. Se lucha por poder establecer un colegio agrónomo para educar a los jóvenes justamente con esa conciencia. Al lado de Maracaná viven las menonitas de Nuevo Durango. “Ellos usan agrotóxicos, tal vez también semillas transgénicas”, dice Hugo. Grandes productores de soja compran enormes cantidades de tierra en la región. Hugo nos explica el círculo vicioso que deja sin alternativas al campesino:
“Bancos privados vienen y prestan dinero a la gente, tanto que el campesino en algún momento se ve incapaz de devolverlo. El sentimiento de esta incapacidad le hace vender sus animales o alquilar su chacra: todo lo que él tiene para poder mantener a su familia. Los grandes sojeros se extienden con una velocidad vertiginosa, ofreciendo dinero a los que lo necesitan, con la condición de que puedan usar sus tierras. La gente no piensa y no entiende, lo importante para ellos es poder mantener a sus familiares. Los campesinos buscan alternativas donde casi no existen en este momento. Y justamente para estas alternativas falta el apoyo.”

La comunidad también posee de un horno solar

La comunidad también posee de un horno solar.

Marcelo produce carbón vegetal. ¿Por qué lo hace? Para ganar dinero. En su chacra no se encuentra soja. En cada encuadre de Maracaná hay una reserva ecológica. Con las necesidades actuales de los campesinos, la reserva disminuye más rápido. La madera se vende. Yo le pregunto a Hugo cómo ellos, la comunidad, están luchando contra esta pérdida de bosque y chacra. Él me dice: “intentando crear alternativas, alternativas que sean sostenibles.” Ahora están de moda el sésamo y la chía, aunque sin mercado seguro.

La plantación de la soja y la falta de alternativas les obligan en cualquier momento a deforestar su terreno y producir carbón

La plantación de la soja y la falta de alternativas les obligan en cualquier momento a deforestar su terreno y producir carbón.

¿Qué tal el ecoturismo? En Maracaná hay grandes reservas de bosques y lindos arroyos, alimentación sana, lejos de la ciudad y del ruido. Lo que más le preocupa a Hugo es que “la prensa privada en muchos casos crea una idea de que los campesinos somos violentos y que no queremos trabajar. La gente no tiene una imagen del campo como algo lindo”.

¿Maracaná con ecoturismo? Sin embargo, con el crecimiento y fumigación de la soja desaparece la chacra del campesino, igual que la diversidad de especies.

¿Maracaná con ecoturismo? Sin embargo, con el crecimiento y fumigación de la soja desaparece la chacra del campesino, igual que la diversidad de especies.

Ya es muy tarde. Desde lejos suena una polka paraguaya, hay una fiesta de quince años este sábado. Todo el pueblo va. Cuando llegamos veo las familias y los hombres que todavía no encontraron una pareja formando un círculo gigante alrededor de los jóvenes que bailan. Parecen felices, en este lugar tan hermoso del mundo, donde uno entiende que no hace falta tener mucho más de lo que se necesita para vivir. Esperemos que sean y que sigan siendo felices.

Nayla

Nayla

 

Después de fuertes lluvias el pueblo se hace difícil el acceso a la ciudad.

Después de fuertes lluvias se hace difícil el acceso a la ciudad.

 

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