Lucía, un fuego abrasador

Por Julio Benegas Vidallet

En una sala pequeña, un escenario mínimo lleno de estampitas de Jesús y otros dioses menores. Hules negros, desgarrados en los contornos, y una violenta interrupción en el escenario de Lucía, interpretada por Katia García, ponen las cosas en su lugar: asisten a un drama sin atajos; la violencia de este orden, disculpen, en el mundo de las mujeres pobres, ultrajadas, es así, sin redeos estéticos.

«La puta en el manicomio», de Darío Fo, versión paraguaya, con dirección de Nataly Valenzuela, es tremenda. La plasticidad de Katia en la interpretación es incomensurable. La locura lúcida ya es poco frecuente en nuestro ambiente infectado de naturaleza muerta, kanguero y cobardía.

De tantas derrotas y mutilaciones, los pobres nos imaginamos siempre una victoria final. En el mundo de Lucía esa victoria se arropa de fuego abrasador.

Se cierra la obra con cultura popular campesina. Un canto guaraní que nace en las vísceras y recorre el cuerpo, remece toda posibilidad de control de las emociones, esa cosa de extraño modernismo en la que creemos los seres humanos.

A la salida del Centro Paraguayo del Teatro (Cepate), en la calleja que choca con el Palacio de Gobierno, un hombre flaco, desdentado, moreno lacerado, recoge del basurero plásticos, en la esquina vallada de la plaza del Parlamento.

En la tribuna, Tedolina Villalba cierra la vigésimo cuarta marcha del campesinado pobre, diciendo: «sin reforma agraria no habrá paz». Antes, le ofrece de regalo una canasta de verduras y granos a Ricardo Flecha, que acababa de cantar Patria Querida. En la esquina de Montevideo tres criaturas indígenas aspiran cemento. En la vereda de Estrella, una niña pide dinero para su hermanita, una nena de tres años. Alrededor, policías y cascos azules. Una Pilsen en el rubio no era mala idea. En la cabeza retumba: cómo hace Katia para sobreponerse a tremenda interpretación.

Así es la actuación, me digo. Así es. Es canto y vena de un mundo cada vez más bárbaro, que destierra a nuestra gente del campo, la somete a ciudades de hollín, kaigue y melancolía (Carlos Bazzano dixit). Y las mujeres, en esta barbarie, sufren, además, esa ilusión de poder de los machos que se expresa brutalmente en la enajenación de su objeto de afirmación fálica.

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