Los riesgos del default norteamericano, o el pico de una irreversible crisis

EE.UU. basó su poderío en su condición de país abastecedor y financiador después de la segunda guerra mundial, situación que le permitió convertir su moneda en moneda de reserva.

Esa prerrogativa de emitir la moneda de transacción internacional, si en un principio promovió la acumulación sobre la base del incremento de la producción, no tardó en constituirse en recurso de sostenimiento hegemónico sobre la base de la especulación, logrando que el mundo sea su financiador.

 A partir de la década de los 70 del siglo XX,  el mundo se dedicó a financiar  los desequilibrios de la economía norteamericana, sustentando una potencia-burbuja que más temprano que tarde, explotaría. Esa facultad de contar con la entidad encargada de emitir los billetes de transacción internacional llamada Reserva Federal, que dicho sea de paso es de propiedad de la banca privada norteamericana, hizo que a través de una deuda externa creciente con el mundo se sostuviera como primera potencia en el mismo.

El primer gran desequilibrio expresado en el primer default norteamericano se da en  1971, fecha en que EEUU rompe su compromiso de convertibilidad del dólar con el oro, que sumado al acuerdo posterior con Arabia Saudita de comercializar el petróleo con su moneda, da inicio a la gran impostura de sostenerse como potencia a costa de un mundo que tuvo que financiar un gran globo que hoy está por explotar. Esto obviamente acompañado del crecimiento de la industria armamentista inspirado en el Keynesianismo bélico del nazismo.

La emisión inorgánica por tanto fue el factótum de una potencia que logró  consolidarse cuando el planeta configura una economía integrada e interdependiente como nunca antes.

EEUU no tuvo inconvenientes en endeudarse con el mundo, manteniendo el nivel de consumo interno a costa de generar una inflación en el planeta.

Hoy estamos viviendo el límite de ese proceso. La crisis de esas burbujas en el 2008, no fueron sino la implosión a la que inexorablemente debía conducir ese juego.

Lo que vino inmediatamente después, no fue sino como un socorrido analgésico pasajero, con el alivio de un salvataje financiero a la banca, generando   la ilusión de una recuperación de la crisis que duró muy poco. Pasado el efecto del analgésico, la crisis se manifiesta con síntomas mucho más fuertes. Hoy el Estado norteamericano está  paralizándose en parte importante, preservando su industria armamentista en detrimento de sus necesidades básicas. Y el efecto inmediato a la fecha, es el despido masivo de 800 mil personas acrecentando el ya significativo índice de desocupación.  Ahora la potencia del norte se encuentra en una encrucijada que no es nueva, pero que adquiere ribetes de enfermedad terminal.

Para cubrir sus déficits, hasta ahora, el Congreso repetía un argumento muy  gastado que por gastado parece estar encontrando su techo: levantar su límite de endeudamiento. Pero ese recurso está teniendo un escollo difícil de superar. El poder legislativo norteamericano no pudo aprobar su presupuesto 2013-2014,  por la posición extorsiva de un empresariado que se resiste a renunciar a sus niveles de ganancia, en una economía en proceso de quiebre con un gran déficit fiscal y con una deuda externa creciente que  hoy asciende a 16,7 billones de dólares. Ese empresariado que a través de su representación política en el sector más conservador del Partido Republicano,  pretende priorizarse como priorizar el conglomerado militar industrial, en detrimento del sistema de salud vigente. Sistema que es calificado por esa gran burguesía del norte, como de socialista.

Pero qué significa levantar el límite de endeudamiento. Significa la intención de  que el mundo siga financiando los desequilibrios de la potencia, porque el Estado norteamericano contraerá esa deuda mayor con la Reserva Federal, es decir la banca norteamericana, vendiéndole bonos, y la Reserva Federal simplemente echará mano a su consabido repertorio, esto es, la emisión inorgánica.

El escenario al que estamos asistiendo es el de una potencia que por ser primera en un mundo muy integrado, está llegando a los límites de sus propias contradicciones, llevándole a una crisis que amenaza con afectar más o menos a todos los rincones de un planeta que financió su hegemonía. Un escenario que presenta a esa primera potencia ante un dilema, que por ser dilema es de muy difícil solución. No levantar el techo de la deuda por parte del Congreso de los EE.UU., sería entrar en default, lo que implicaría una devaluación desmesurada de su moneda y de los títulos norteamericanos de todo tipo. Y levantar el techo de la deuda, significaría hacer crecer una deuda insostenible que encontrará su techo en ese mundo que ya no puede seguir financiándolo. Por algo será que ya en varias áreas del planeta se están buscando dignos monetarios alternativos al dólar.

La única salida posible sería que el gran empresariado de ese imperio-burbuja, en el que el componente de mayor peso es el financiero y armamentista, renuncie a parte de sus índices de ganancias para prolongar la  hegemonía. Pero eso sería quebrantar la esencia de una cultura de la acumulación, que es en definitiva, la esencia de una cultura imperial capitalista que esperemos, sea reemplazada por una cultura que fundamente un ordenamiento nuevo en el mundo, basado en la solidaridad.

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