Los periodistas del séptimo círculo

Por Gustavo Zaracho

 

Mas fija los ojos abajo, que se acerca
el río de sangre, en el que hierve
todo el que por violencia a otro daña.

 El infierno – canto XII

Dante Alighieri

La divina Comedia

Su frente reposa sobre el volante del vehículo, los brazos inertes yacen a los costados, la camisa con orificios y cubierta de sangre. La foto del periodista asesinado Pablo Medina duele como un impacto de bala en los propios huesos de una sociedad vejada a la que se intenta amordazar.

América Latina es un continente particularmente peligroso para el ejercicio del periodismo en general y el de investigación en particular. Aunque el Paraguay no tiene el récord de periodistas asesinados, sí tiene un triste palmarés de propietarios de medios con fortunas de dudoso origen, que remontan generalmente al periodo de la última dictadura, la del general Alfredo Stroessner.

La pluma sobre el filo de la navaja

Las empresas periodísticas de nuestro país son por sobre todo un instrumento de propaganda antes que una mera fuente de beneficios pecuniarios para sus propietarios. Algo que resulta comprensible si se tiene en cuenta que son raros los dueños de medios que se dedican de forma exclusiva a este rubro; de modo que sus principales utilidades provienen de empresas instaladas en sectores más rentables. A través de un juego de vasos comunicantes, estos otros negocios permiten incluso, llegado el caso, financiar medios deficitarios, lo que demuestra que el verdadero valor de los mismos reside fundamentalmente en su capacidad para marcar la agenda política del país e influenciar la opinión de la población.

Con lo dicho anteriormente queda claro que el rol de interés general de una empresa de comunicación viene, si viene, en tercer, cuarto o quinto lugar. Ya ni hablemos de debates deontológicos, de regulaciones que impidan la constitución de monopolios o el conflicto de intereses entre autoridades electas, que son a la vez propietarias de holdings mediáticos. Todo esto es sistemáticamente eliminado del debate público con el argumento de que toda regulación constituye una limitación a la “libertad de la prensa”. Se entiende que la libertad custodiada es la de los propietarios y no la de los trabajadores que ejercen su oficio en dichas empresas. A pesar de que la realidad muestre testarudamente, que cuando de acallar se trata, las balas van por lo general a los empleados y no a los patrones.

En este delgado filo de navaja deben ejercer los periodistas paraguayos, pero esto no es una particularidad del periodismo nacional, es común al conjunto de esta profesión alrededor del mundo y aunque tengamos que reconocer que en algunos países existe una mayor protección jurídica y social para desarrollar esta tarea, también es cierto que la erosión de dichas garantías es mundial.

Por si fuera poco, la precariedad laboral en la que se desenvuelven los trabajadores de prensa hace que en muchos casos, el recurso abierto a la censura sea prácticamente innecesario, puesto que por una transmisión cuasi-epidérmica se saben cuáles son las líneas rojas más allá de las cuales no debe aventurarse un periodista que desea mantener su puesto. A pesar de ello, hay un número significativo de profesionales que con gran valentía desafían la línea editorial impuesta por los propietarios de sus medios y disputan, desde el seno de estas empresas, el principio de que la información es un bien común y no una mercancía.

Descender a los infiernos

Un interés especial merece ese reducido sector que optó por desarrollar un periodismo de investigación, revelando escándalos y tramas ocultas de los poderes establecidos. Se requiere mucho coraje para emprender un camino así en un país tan acendradamente oligárquico y violento como el Paraguay. Dentro de este “grupo comando” del periodismo existen algunos que llevaron el compromiso con la verdad aún más lejos. Me refiero a aquellos periodistas que apuntaron su pluma al corazón mismo de eso que a veces llamamos difusamente “el poder real”, que no son necesariamente los gobernantes de turno, altos funcionarios estatales o empresarios, sino un conglomerado que vincula esa punta del iceberg que actúa en la superficie, en la legalidad, con otros grupos que operan en aguas más profundas y turbias; el del crimen organizado. La conjunción de estos dos mundos dio nacimiento a un neologismo que hoy nos resulta muy conocido: narcopolítica.

Aquellos periodistas y equipos de investigación que no contentos con llegar a la parte emergente del iceberg, se zambulleron para ver qué había debajo, lo pagaron a menudo con su vida. Hay algo profundamente conmovedor en la acción de quienes emprendieron tamaña aventura armados tan solo de palabras para afrontar la esencia misma de la violencia.

Nuestra historia reciente, la de la llamada transición, recoge 3 casos paradigmáticos de personas de este tipo. El primero es el ícono del periodismo paraguayo, quien por sus denuncias contra el narcotráfico, en una hasta entonces ignota región fronteriza del país, fue asesinado en la fecha en que el país celebra el Día del Periodista: Santiago Leguizamón, aquel hombre que temía más a la muerte ética que a la física.

En el segundo caso, el blanco fue todo un equipo que a mediados de los noventa, de forma pionera en la televisión paraguaya, desarrolló un agudo periodismo de investigación que desveló varios escándalos y conquistó los mayores niveles de audiencia en esos años y los que siguieron; me refiero al equipo de “El ojo”. Una investigación difundida el 19 de setiembre de 1994 marcó aquella serie de reportajes: el caso Parque Cue, que evidenció los vínculos del narcotráfico y el poder político. La pista remontaba al hombre fuerte de aquellos años, el general Andrés Rodríguez, el militar que derrocó a su propio consuegro y mentor y que ocupó la presidencia del país entre febrero de 1989 y 1993. Rodríguez había sido definido como el hombre clave de la conexión sudamericana de la ruta de la cocaína, antes de que este sulfuroso pasado quede en el olvido y se convierta en Carlos I, el general “que trajo la democracia”.

En el caso del programa “El ojo”, el amargo tributo lo pagó su valiente productor, Augusto Barreto, de una de las formas más dolorosas y cobardes en que la mafia castiga a los que osan investigar y revelar sus secretos; atacando a seres queridos y arrebatándoles la vida.

Poco después de la difusión del reportaje mencionado, un grupo comando irrumpió en casa de los padres de Augusto, disparando a quemarropa contra la pareja de ancianos. Su madre quedó gravemente herida pero sobrevivió, pero su padre falleció a consecuencia de los disparos.

Las autoridades de la época encajonaron la investigación concluyendo que se trataba de un banal caso de robo, aunque los asesinos no se llevaron absolutamente nada y que antes de incursionar en la casa cortaron la alimentación eléctrica y telefónica, precauciones que la delincuencia común no utiliza jamás para estos casos. Por supuesto, las autoridades pretendieron que el hecho y las revelaciones del programa que producía el hijo de las víctimas no tenían ninguna conexión.

El último caso lo evocamos al iniciar este escrito y aún lo tenemos fresco en la memoria, se trata de Pablo Medina asesinado a tiros junto a su asistente Antonia Almada, cuando volvía de una entrevista en un pueblo del interior.

Durante varios años, Medina registró minuciosamente los vínculos entre políticos locales, regionales y nacionales con el narcotráfico, fue denunciando esa colusión, soportó las presiones y las amenazas de muerte, que eran brutalmente reales, puesto que ya había enterrado a dos de sus hermanos, uno de ellos, también comunicador, asesinado por sus denuncias sobre el tráfico de madera en la zona y el otro, aparentemente en represalia por el trabajo que Pablo desarrollaba.

Pero el compromiso de Medina con su oficio era fuerte, ni siquiera las súplicas de sus familiares y seres queridos preocupados por su seguridad, consiguieron disuadirlo de continuar con sus investigaciones. El supuesto autor intelectual de este crimen es un intendente del Partido Colorado que, según las numerosas pruebas que se van acumulando en su contra, habría estado al frente de una vasta red de tráfico en la región que administraba y que utilizaba las propias instalaciones y bienes del municipio para sus actividades delictivas.

La narcopolítica, ¿hija del Cóndor?

Sin embargo, no debemos equivocarnos, la denominada narcopolítica no es un fenómeno reciente en el Paraguay, ni en América Latina. No comenzó ni después de la caída de Stroessner y aún menos en estos últimos meses. Sus raíces son más antiguas y habría que buscarlas en los años de plomo de las dictaduras militares, un tiempo en que sanguinarios genocidas confluyeron con renombrados narcotraficantes, en lo que un célebre reportaje del periodista norteamericano Gary Webb llamó la “Dark Alliance”: la alianza tenebrosa.

Una mayor explicitación de los vínculos entre criminales de lesa humanidad, escuadrones de la muerte y narcotraficantes escapa a los límites de este artículo y será objeto de uno próximo. Por ahora me permito un breve paréntesis, para rendir homenaje a un colega extranjero de nuestros periodistas asesinados, alguien que también navegaba en esas aguas profundas y develó una trama de dimensiones continentales.

Gary Webb era un periodista del diario californiano San José Mercury News que reveló a través de una exhaustiva investigación un pacto que permitió el financiamiento de escuadrones de la muerte y ejércitos mercenarios en Centroamérica y América del sur, con dinero proveniente del narcotráfico. Su investigación puso en evidencia que la propia Central de Inteligencia Americana (CIA) podría haber estado al tanto de este acuerdo. Para quienes se interesen en la historia de Gary Webb, recomiendo la reciente película “Kill the messenger” de Michael Cuesta, protagonizada por Jeremy Renner y también la lectura del libro de “Black list” de Kristina Borjesson que recopila el testimonio de renombrados periodistas norteamericanos, Webb entre ellos, víctimas de la censura y la persecución a causa de reportajes de investigación que sobrepasaron la línea roja. Este libro es bastante ilustrativo sobre el funcionamiento de las empresas periodísticas y de la imposible alquimia entre intereses empresariales y libertad de prensa.

Webb es el equivalente norteamericano de nuestros héroes paraguayos, al igual que ellos también pagó su osadía con la muerte, en su caso, la versión oficial señala que se suicidó con 2 (sí, dos) tiros en la cabeza. Pero previamente, lo habían demolido moral, psicológica y profesionalmente. La memoria de este periodista, doble ganador del Pulitzer, fue sistemáticamente denigrada por varios prestigiosos colegas suyos, “vedettes” al servicio de no menos prestigiosas y poderosas empresas de comunicación, cuyos vínculos con el poder político y económico están fuera de toda duda y para quienes la memoria de gente como Webb resulta incómoda.

Hace unos días fue el primer aniversario del asesinato impune de Pablo Medina y de Antonia Almada, y en ellos, el de todas las otras muertes impunes de periodistas, vaya pues un homenaje a estos hombres y mujeres que se hundieron en ese séptimo círculo del infierno descrito por Dante, aquel custodiado por el minotauro con ojos de furia que representa la violencia bestial que habita en los seres humanos. En esos fétidos abismos, los asesinos hierven en la sangre derramada por sus víctimas, hasta allí bajaron ellos, para relatarnos lo que ven, para desvelar la cara oculta de la moneda que todos los días se presenta a nuestros ojos como “normalidad”, para revelarnos la deshumanización de la que se nutren nuestras sociedades y al hacerlo invitarnos, a pesar de todo, a seguir creyendo en la humanidad.

Foto: Dante y Virgilio, cuadro de Delacroix

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