“Los peligrosos somos ‘los normales’ ”

El siquiatra y antropólogo Agustín Barúa Caffarena crítica la política manicomial del Estado paraguayo y describe los tabúes y prejuicios sociales ante los sufrimientos mentales.  

Entrevista: Arístides Ortiz Duarte      Fotografía: Alejandra Gómez      Ilustra Andrés Peralta

Si hay un retrato común de Agustín Barúa Caffarena para quienes lo conocen, ese es el del hombre con la cabeza rapada y la barba incipiente sentado en un banco de alguna plaza del centro histórico de Asunción con otra persona, conversando tranquilamente. Pero, a diferencia de los que se distienden en la plaza, él trabaja en este lugar público con las personas que acompaña.

“Clínica placera” es la frase que Barúa Caffarena (siquiatra comunitario y antropólogo) usa en las redes sociales para ofrecer su trabajo profesional en salud mental. Acompaña el sufrimiento mental de las personas sacándolas del encierro de las cuatro paredes de un consultorio, un enfoque novedoso en salud mental que a un mismo tiempo concita interés y rechazo no solo entre sus pares paraguayos, sino en la región. Un enfoque y una forma de abordar la salud mental que desafía la “siquiatría manicomial” de la atención en el encierro, como aislando algo de lo que la sociedad podría contagiarse o que la apeligra.

En esta entrevista con E’a, Barúa Caffarena reflexiona acerca del sufrimiento mental que padecemos en Paraguay durante la actual pandemia. Usando una partida de provocadores neologismos, nos advierte que “El nudo central de la ideología manicomial es la equivalencia entre locura y peligro” y que, en la política de salud pública imperante, no se entiende a la salud o el sufrimiento mentales como resultados de los niveles de acceso “a los derechos básicos de alimentación, vivienda, trabajo digno y educación”. Recuerda que el sufrimiento síquico es, mucho más que una cuestión individual, fruto del entramado social, a la vez que critica la siquiatría hegemónica que intenta dar una salida individualista a los sufrimientos de la gente.

Nuestro entrevistado –autor de los libros Clinitarias y Ejedesencuadrá- avisa, por último, que las ansiedades y angustias que padecemos masivamente en esta pandemia, “no tienen por qué patologizarse, a no ser que predominen intereses mercantiles de capitalizar esto para la corporación psiquiátrica”.

-El Estado paraguayo tiene una histórica baja inversión y escaso interés en la salud mental de la población. La pandemia agudizó sufrimientos mentales que ya estaban antes. En este contexto, ¿cómo enfrentamos nuestra salud mental en esos duros meses de confinamiento del 2020?   

-Los diferentes gobiernos posdictatoriales han tenido mínimo interés en la salud mental, pero también (a excepción del gobierno de Fernando Lugo, 2008-2012) en la salud en general, manteniéndose la idea de salud como mercancía solo para quien puede pagarla y no como derecho universal.

En general, no se entiende a la salud basada en la garantía de los derechos básicos como alimentación, vivienda, trabajo digno, transporte, educación, participación política igualitaria, entre otros. Sin salud en este sentido amplio, es imposible pensar en salud mental, son parte de lo mismo.

En el contexto de la pandemia y desde las políticas estatales, se reafirmó el abordaje del sufrimiento síquico que ya estaba vigente: la salud mental como sumisión, el aumento del poder siquiátrico (con mayor presencia diagnóstica y mayor prescripción de sicofármacos) y con intervenciones eminentemente intramuros (esta vez con el plus de los abordajes virtualizados).

-¿Qué tipo de sufrimientos se disparó entre la gente durante el confinamiento y aislamiento sociales?

-Mi impresión es que aumentaron los consumos complicados de drogas químicas, los conflictos de convivencia y las manifestaciones somáticas. Ahora, hay que ser claros: nada de esto es pensable solo con el recorte individual. Son fenómenos que tienen una dimensión colectiva, como la repercusión en las capas medias de las quiebras de los emprendimientos o la pérdida de puestos de trabajo o la devastación económica que implicó intentar solventar los tratamientos médicos para las capas populares. Todo esto habla de cuánto lo económico impactó en la salud mental de la población.

Así, en la pandemia la llamada “epidemia de trastornos siquiátricos” es muy cuestionable, al menos en dos sentidos. Uno, en un contexto de múltiples pérdidas; como este es en gran medida esperable el aumento del monto social de angustia y ansiedad y esto no tiene porque patologizarse, a no ser que predominen intereses mercantiles de capitalizar esto para la corporación siquiátrica.

Lo otro es ¿cuánto de estos malestares no están extremadamente potenciados por la irresponsabilidad de quienes vienen precarizando las políticas estatales por décadas llegando a situaciones de extrema vulnerabilidad como la pandemia?

La narrativa siquiatrizante puede ser muy útil para ocultar estos factores estructurales durante la pandemia. Además, con este énfasis patologizador, se da poquísimo valor a la salud mental comunitaria. Las ollas populares, las iniciativas de economía de trueque, como el grupal Facebook Cambachivache, o las mismas protestas sociales ante las múltiples denuncias de corrupción dentro del Poder Ejecutivo, son señales de salud ignoradas e invisibilizadas por el discurso sanitario oficial.

-Sentimos, más que nunca, nuestra posibilidad de muerte en esos meses de miedo al virus. ¿Qué tanto y cómo estuvo presente la muerte en nuestras vidas en esos días?

-En general es un tema cultural que, mayoritariamente, pretendemos soslayar con resultados, obviamente, precarios. Esta vez ¿qué podíamos esperar, sino prácticas de amedrentamiento desde un Estado que históricamente nos ha basurizado? Si los principales valores que guían las políticas públicas son la plutocracia y la aporofobia en tanto dos caras de la misma moneda, es esperable que apelen a la difusión de hornos y bolsas mortuorias o al discurso sanitario en clave belicista de la “guerra al virus” que acabó siendo (una vez más) la guerra contra el vecino o contra el compatriota que quería volver al país. Atacar la solidaridad y descalificar el valor del otro, fueron y siguen siendo sus eternos objetivos.

Agustín Barúa Caffarena en uno de los bancos de la plaza Italia.

Otro ejemplo fue la deshumanización subyacente a esa avidez que nos instalaron por saber “las estadísticas”, lo que se volvió un ritual celebrado diariamente que redujo a números y que tuvo efectos contradictorios: por un lado, la banalización, el distanciamiento y la ajenización de la muerte, y por otro, quedarnos necrosumergidos en el miedo a morir.

-Las informaciones revelan que sicólogas y siquiatras tuvieron consultorios a distancia y -desde unos cuatro meses a hoy- presenciales repletos de pacientes. ¿Habrá contribuido este acercamiento de la gente a los profesionales de la salud mental a disminuir nuestros prejuicios ante las enfermedades mentales y la locura?  

-Me parece que la pandemia, críticamente, en este tema viene teniendo efectos contradictorios.

Por un lado, nos damos más el permiso de pedir ayuda, de asumirnos frágiles, de superar ciertos miedos y omnipotencias, y esto es de un insoslayable valor.

Ahora, como decía antes, en general, las respuestas que damos desde el mundo profesional “psi” son eminentemente individualistas y centradas en nuestros saberes profesionales. Es urgente una discusión sobre los bases éticas y filosóficas de nuestras prácticas, pues más que nunca nuestra sociedad necesita de lo solidario, de lo colectivo y de lo rebelde, todo esto visible en diversos emergentes que desnudan casi un agotamiento social de esto que llamamos Paraguay.

-Respecto de nuestros prejuicios y tabúes ante los sufrimientos mentales y la locura, ¿cómo abordar esta complejidad en nuestras familias, con nuestros amigos y amigas, como sociedad, finalmente?

-El nudo central de la ideología manicomial es la equivalencia entre locura y peligro. En general, los peligrosos somos “los normales”. Somos los normales quienes armamos las guerras o quienes destrozamos el medio ambiente para lucrar con ello.

Por otro lado, solo desde ese miedo a lo que no entendemos es que podemos comprender cómo es que, a una persona que se siente muy mal, la “terapia” que le imponemos es encerrarla, hipermedicarla, sola, lejos de su mundo, en un calabozo (que en el glosario de los asilos se nombra eufemísticamente como “sala de seguridad”). ¿Te imaginás como te sentirías si te lo hiciéramos?

Encendido de velas durante la manifestación en marzo pasado por el colapso del sistema de salud ante la avalancha de enfermos por Covi19.

Además, tenemos un gran problema con la idea de normalidad síquica vigente. Las personas que la sicoanalista Joyce Mc Dougall describió como normópatas son las excesivamente normales, a las que podríamos describir a través de 3 características: en todo momento intentan parecer “adecuadas” (amables, funcionales), nunca entran en crisis y nunca se rebelan.

La locura tiene aspectos valiosos. Sin romantizarla, hay al menos 3 verbos locos que nos hacen sublimemente humanos: cambiar, crear y arriesgar ¿cómo seríamos en tanto humanidad si ellos nos faltaran?

-¿Cuáles serán las secuelas que esta pandemia dejará en la salud mental de las personas de este país, en las del mundo? 

-Creo que aún no podemos hablar de secuelas pues la pandemia sigue activa, no es un tema ni superado ni resuelto. Las diversas pérdidas en múltiples campos (afectivos, vinculares, económicos, entre otros) tienen efectos que aún no podemos aquilatar.

Por otro lado, sobre los efectos en la infancia aún vamos a necesitar tiempo para evaluarlos; en la ancianidad ha habido también efectos tremendos y no me refiero solo a las muertes. Quizás las personas jóvenes hayan tenido mayor capacidad de resistir por sus habilidades tecnológicas.

Creo que las grandes directrices político-económicas de los sectores dominantes que controlan los poderes del Estado siguen centrándose en su viejo guion: concentración de la riqueza, instrumentalización del aparato estatal para ello y represión más prebenda para mantener esto. Es fácil imaginarse que, en este escenario, la salud mental seguirá profundamente postergada.

-Vivir hoy en Paraguay y en el planeta es muy duro. Además de la injusticia y las necesidades insatisfechas de siempre, los climas extremos que ya vivimos como consecuencia del cambio climático vuelven más difícil vivir. ¿Qué caminos, qué actitudes podríamos tomar desde la salud mental para seguir viviendo con ganas?

-Hay actores que, desde la ciencia y el ambientalismo, señalan que ya es tarde, que la destrucción de las condiciones para la vida humana es ya irreversible.

No hemos reconocido a los pueblos originarios.  No hemos reflexionado sobre nuestros estilos de vida consumistas. No hemos desmontado una concepción antropocéntrica donde ni nos sentimos parte de la naturaleza ni consideramos a ella un sujeto legítimo a cuidar.

Ojalá pudiéramos reconectar con algo que nos enternezca de una manera que nos ligue para que la otra persona vuelva a ser un semejante, alguien como yo con quien compartimos la misma suerte. Ojalá.

 

Para ayudas sicológicas de urgencia, llamar al teléfono 09871 342 119 (Ágape Psicoanalítico Paraguayo)

Créditos:

Coordinación periodística: Arístides Ortiz Duarte

Comunicación e impacto en las redes: Paulina Gracia

Corrección de textos: Eduardo Arce

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