Los Monstruos de Lady Gaga. Parte 1

La reciente visita de Lady Gaga estuvo marcada por un escenario de confrontación simbólica. Por un lado los colores, formas y cuerpos que encontraban en Lady Gaga un punto de encuentro, y por el otro grupos religiosos que apelaban a la moral y buenas costumbres.

Fuente: dementesx.com

La reciente visita de Lady Gaga a Asunción estuvo marcada por un escenario de confrontación simbólica. Por un lado estaba el despliegue de colores, formas y cuerpos que encontraban en Lady Gaga un punto de encuentro, y por el otro grupos religiosos que apelaban a la moral y buenas costumbres, y que incluso rezaban para que la lluvia que se hizo presente en horas de la tarde, previa al concierto, se mantuviera y así se suspendiera tal evento “demoníaco”.  El acontecimiento Lady Gaga captó la atención pública, el intenso despliegue mediático y el rol de las redes sociales informando “minuto a minuto” los detalles del concierto hizo que este evento no pasara desapercibido, generara expectativa y fuese parte de las conversaciones cotidianas.

 

Este artículo no tiene por objeto ni hacer un análisis musical o estético de la artista, ni tampoco hacer una reseña de su concierto. Tomamos a Lady Gaga como un signo cultural que nos puede ayudar a entender la manera como se instituyen los significados que organizan la vida social y las luchas de poder presentes en la construcción de nuevos sentidos. La cultura, lo decimos brevemente, no es un territorio homogéneo de pertenencia, sino un tejido complejo de significados que organizan la vida en común y que se encuentran atravesados por el poder. Lady Gaga fue una especie de disparador para hacer visibles algunas dinámicas sociales subterráneas.

Ciertamente podríamos hacer análisis multiformes del fenómeno “Gaga” pero vamos a centrarnos en algunos actores y procesos presentes a partir de este evento y que pueden ser de utilidad para comprender críticamente nuestras configuraciones culturales y entender quiénes son estos “monstruos” que los que tanta alusión se ha hecho.

La cuestión de la identidad

Probablemente uno de los elementos que ha provocado mayor debate en el fenómeno “Gaga” sea su postura favorable a la expresión de la sexualidad, en cualquiera de sus formas y su mensaje de “no importa lo que te digan, sé como tu quieras”. Entramos así en un debate que, particularmente en la sociedad paraguaya, está latente y transita por caminos sinuosos, y es la cuestión de género.

Los puntos de vista que predominan a este respecto están mediados por una matriz naturalista o esencialista del género, la cual plantea la división sexual varón-mujer como un dato unívoco, universal y absoluto, ya sea porque la naturaleza así lo dicta o por leyes divinas que la han inscrito en lo más profundo del ser humano. De ahí que, desde la matriz patriarcal hegemónica, las prácticas transgresoras de género sean vistas como patológicas o desviaciones de unos sujetos.  La homosexualidad por ejemplo durante mucho tiempo fue catalogada como una enfermedad e incluso aún existen clínicas para “curarse” de ella.

Entender la identidad de género en términos esencialistas implica asumir posiciones de lo que es, debe ser y cómo comportarse la mujer y el varón (la homosexualidad queda por fuera de cualquier discusión). Los monstruos que emergen en este espacio, no son los de Gaga, sino los sujetos que cuestionan estas estructuras de comportamiento que arrastran una carga patriarcal y machista. Y su monstruosidad radica en el hecho de mostrar lo contingente de las identidades o los roles de género.

Las críticas que se hacen sobre las identidades esencialistas se centran en la cuestión de quién es el que determina los atributos universales, logrando descubrir que dichos atributos no son más que proyecciones de los sujetos que están en el poder.

La cuestión de género

El género no es una expresión de algo que se es por naturaleza, sino una interpretación social de aquello que creemos ser, nos identificamos y socialmente se ha ido sedimentando. Judith Butler, feminista norteamericana, afirma que el “género no se «expresa» mediante acciones, gestos o habla, sino que la interpretación [perfomance] del género produce la ilusión retroactiva de que existe un núcleo interno de género”. Esto quiere decir, siguiendo el planteamiento de Butler, que la identidad tiene una estructura paródica, imitativa, pero no de un “original”, como si existiese un núcleo duro de lo que es ser hombre o mujer, sino que la “parodia es de la noción misma de un original […] la parodia de género […] [considera] que la identidad original sobre la que se articula el género es una imitación sin origen.”

Para Butler el género se refiere a apariencias, representaciones e interpretaciones. No se trata de un libre albedrío ingenuo de creer que el sujeto hace de sí mismo lo que quiere y que en este caso un día decide ser mujer y al siguiente hombre y luego otra cosa más. La interpretación del género ocurre sobre el escenario de los elementos sociales y culturales que anteceden al sujeto. Tampoco se trata de un fatal determinismo, sino que las condiciones que rodean al sujeto son las que brindan la posibilidad de agencia del sujeto.  Estos son algunos elementos de lo que se conoce como la teoría Queer.

Desde esta perspectiva teórica, el feminismo y las minorías sexuales han considerado que la identidad es también un tema político. No pretenden situarse en una posición neutra o externa a las configuraciones identitarias, y así determinar de antemano aquellas que tienen más potencial político y las que no, puesto que eso implicaría reproducir esquemas imperialistas ampliamente cuestionados. Butler afirma que la tarea política está en “localizar las estrategias de repetición subversiva que posibilitan esas construcciones, confirmar las opciones locales de intervención mediante la participación en esas prácticas de repetición que forman la identidad y, por consiguiente, presentan la posibilidad inherente de refutarlas.”

No se trata, como algunos creen, que todos ahora tengan que ser homosexuales o lesbianas, o refugiarse en decir que ahora los heterosexuales son discriminados. Como tampoco ensalzar la homosexualidad como una identidad políticamente emancipatoria por sí misma. La propuesta de Butler está en analizar las maneras de construir “repeticiones subversivas”. La tarea no es saber si hay que repetir, interpretar el género, sino cómo hacerlo y esto implica mirar los contextos locales de dominación, así como también las estrategias globales de exclusión.

El rechazo que socialmente causan los movimientos GLBT en buena parte se debe a que ellos vienen a revelar la estructura paródica de la identidad de género, y devuelven de manera invertida el mensaje que los grupos sociales más conservadores les quieren decir, es decir, cuando son acusados de “desviados” o que sus identificaciones son “patológicas” ellos dicen abiertamente que ser “hombre” y “mujer” es también otra parodia, son otros modos como se resuelve el problema de la identidad de género.

Y por otra parte, el repudio con que son mirados estos sujetos, nos recuerda algo que el psicoanálisis ha estudiado, y que tan solo ahora mencionamos, la defensa a ultranza de la heterosexualidad o de la masculinidad es síntoma de una homosexualidad no asumida y no llorada por el duelo que implica su rechazo. Butler dice a este respecto: “el hombre que insiste en la coherencia de su heterosexualidad afirmará que nunca ha amado a otro hombre y por tanto nunca ha perdido a otro hombre [..] Este “nunca jamás” funda, por así decir, al sujeto heterosexual; su identidad se basa entonces, en la negativa a reconocer un vínculo, y por tanto en la negativa a hacer el duelo”. Emerge así una cultura de la melancolía del género, donde la masculinidad y la feminidad son las huellas de un amor no llorado.

Para terminar. En el contexto actual, plantear identidades subversivas obliga necesariamente a considerar el escenario capitalista y poscolonial que atraviesan los países del Sur. El capitalismo es un sistema muy ágil y flexible, fácilmente asume discursos que en su momento fueron revolucionarios para reconvertirlos en parte del sistema financiero. El tema de género no está exento de esto. Para el capitalismo no es importante que existan 1 o 100 identidades de género, lo que le interesa es que existan consumidores y crear un mercado para ellos. La pregunta que resuena en este caso, y que tan solo la planteamos es ¿cómo vivir la identidad de género de manera que cuestione el sistema capitalista hegemónico?

En cuanto al tema poscolonial, nos encontramos con el hecho de que las mujeres o las minorías sexuales se han convertido en sujetos subalternos, es decir, no acceden a la organización hegemónica del poder y su voz es excluida de las instancias claves de decisión. Hay un sujeto blanco-burgués-varón-heterosexual considerado como legítima voz; si se quiere participar de los espacios de poder hay que hacerlo en los términos que este sujeto plantea. ¿la identidad de género, en sus formas de interpretarlas, puede cuestionar los sistemas de poder históricamente establecidos?

Continuará.

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