Los gestos de poder de Lugo

Retrato íntimo de un presidente-obispo.

La formación eclesial de Fernando Lugo ha influenciado en sus gestos y formas de gobernar.

Dueño de sus silencios, libre de sus palabras, Fernando Lugo es uno de los pocos presidentes criollos latinoamericanos que no gusta de los discursos enérgicos y profusos, ni de los tonos altaneros de los hombres con investidura de poder.
La rígida formación eclesial, que otorga al silencio el lugar de la obediencia, le enseñó a tener una mezcla de miedo y desconfianza a la palabra. Su educación de seminario y diócesis lo trasladó entero al Palacio de los López, convirtiéndolo de un ruidoso ambiente colorado a uno de silencios y quietudes eclesiales. En este clima palaciego Lugo se mueve distendido, sin muchas formalidades, con sonrisas paternales, con andar sigiloso y con una libretita en la mano, en la que parece anotar desde el teléfono de una mujer que le atrae hasta el nombre del próximo ministro que será destituido.

Los sonidos del silencio

Acostumbrado más a los símbolos que a los actos concretos en el ejercicio de gobernar, Lugo marca las líneas a sus colaboradores con silencios, con monosílabos, con formas de mirar y, cuando es imprescindible, con frases. Este habitus eclesial es un problema para muchos de los cortesanos de Palacio y más para los ministros del gabinete, que desconocen su código, su estilo, su forma de gobernar, y su liderazgo con claros límites.
No pocos de estos  han expresado preocupada inquietud por no saber cómo actuar ni qué decir ante el presidente.  “Ndaikua’aiko mbaepa la ogustava chupe…haeko ohendunte, no ñe’ei… ”, decía un ministro que gusta paladear del guaraní, describiendo su mezcla de miedo y curiosidad en su relación con Lugo.

Adiós entre whisky y habanos

Y es que los cercanos del jefe de Estado tienen motivos para sentir esa mezcla de incertidumbre y miedo, puesto que este Príncipe tiene dotes para la simulación. Lo sabe el ex ministro Cándido Vera Bejarano, su compadre y ex amigo de tragos allá por San Pedro. Una noche, luego de una larga reunión de ministros en Mburuvicha róga, Vera Bejarano se quedó a compartir bebida fuerte y habanos puros con el presidente. Dicen que el liberal incluso bromeo con los tímidos rumores de su destitución de entonces, concitando la sonrisa cómplice de Lugo. Pero el día siguiente, Vera Bejarano fue partido como por un rayo con un decreto en el que se le daban las gracias por los servicios prestados. Y todavía sonaba en sus oídos las carcajadas  de su compadre entre el puro y el whisky.

Reunión con sus ministros, muchos de ellos ya no están, los entretelones de sus idas tienen anécdotas legendarias. Foto: Presidencia.gov.

«Podes ir tranquilo nomás»

El otro que cató el trago amargo de ese  juego  de simulación fue Martín Heiseke, ex ministro de Industria y Comercio. Fue uno de los principales donadores de la campaña electoral de Lugo Presidente. Heiseke, un empresario, invirtió en política. Y tuvo sus réditos. Fue nombrado ministro. Unos cuantos meses después de haber asumido, preocupado por los rumores, fue a Palacio a preguntar al primer mandatario si no había novedades para él, si podía ir tranquilo a un viaje de trabajo a Europa. El ex cura, sereno, le respondió: “No, te podes ir tranquilo nomás…”. Días después, cuando salía de una agotadora reunión con empresarios alemanes, en Berlín, lo llamaron desde un número de Presidencia para comunicarle la infausta noticia: había sido destituido. Se quedó frío como un pinguino.

El ventrílocuo

Otro recurso frecuentísimo del jefe de Estado es el ventrilocuismo, un modus operandi muy propio de los Príncipes. Pero en el caso de Lugo, como no gusta  hablar por sí mismo, es adicto a hablar a través  de sus colaboradores más cercanos.  Así, si quiere herir a la oligarquía, mueve la lengua de Camilo Soares o de Sixto Pereira; si quiere expresar su impaciencia contra los medios de comunicación, da cuerda a Augusto Dos Santos; si quiere sondear la posibilidad de su re-elección, presta la voz de los dirigentes del Frente Guazú, o si quiere negociar con colorados y oviedistas, se apropia del alma de Miguel Ángel López Perito y va a hablar con ellos.

Encuentro con campesinos, en todas sus entrevistas "la libreta" es infaltable. Foto: Presidencia.gov.

La libretita

Su costumbre de escuchar es de décadas, de siglos cristianos. Su oficio de confesor sigue intacto en Palacio. Lugo es un gran orejas que escucha todo, hasta el más mínimo susurro de Palacio, de los ministerios y de los entes del Poder Ejecutivo. Así,  en una audiencia presidencial, el visitante no sabrá si esta ante el cura del barrio, el receptivo amigo o el padre comprensivo. Es que cuando se está frente a Lugo la investidura presidencial, esa pompa de poder, no se ve. Entonces el visitante entra en confianza y habla y habla. El que funge de presidente escucha y anota y  anota. Y no responde sí ni no.   Se invisibiliza.
Pronto aquellas aplicadas anotaciones tendrán su provecho para el presidente.   De las líneas asentadas en la libretita saldrán, a través de decretos o de terceros, las concesiones o negaciones de pedidos, las reprimendas, las preguntas, las aclaraciones, las destituciones, las represiones y hasta las carajeadas. Todos dirigidos a ciudadanos, empresarios, obreros, funcionarios o ministros. Todos por igual, como hermanos cristianos.

Las orejas

La oreja de Lugo va más allá de las confesiones personales de Palacio y visita las decenas de ministerios, entes y empresa del Poder Ejecutivo. La oreja se esconde entre los colaboradores de primer y segundo anillos; la oreja de Lugo anota la conducta y las decisiones no oficiales del ministro, del presidente o del director, y el susurro llega con las informaciones a Palacio. Estas orejas han echado a altos funcionarios que se creían muy seguros en sus cargos. Horacio Galeano Perrone, ex ministro de Educación, fue una de sus víctimas, mientras desarrollaba una prematura y agitada campaña electoral con sus correligionarios colorados y oviedistas; o Roberto Paredes, ex consejero de Yacyretä, mientras acometía sus tropelías políticas en la entidad.
Pero como Lugo es un ser humano, complejo y contradictorio como usted, amigo lector, también tiene, no pocas veces, reacciones emotivas, eróticas, no planificadas e ingenuas.

Asunción. Foto: Presidencia.

Mujeres, leales, parientes.

Hay pruebas públicas suficientes de su adicción a las mujeres. Esta su fragilidad puede notar cualquiera que haya compartido una reunión con él y una mujer. Su rostro resplandece, su voz es más suave, su lengua más locuaz, y pronto ya anotará el número de teléfono de ella. Es tambien una herencia eclesial, más allá de las apariencias.
Más de una vez sus lágrimas cayeron en público. Lugo es emotivo y sensible. Tiene afectos a los que es leal. Cuando tuvo que destituir a su amigo Pablino Cáceres de la SAS, lo llevó a pescar un fin de semana  a la ciudad de Ayolas y le dijo, cuidadosa y sentidamente, que tenía que tomar la decisión. Soporta con dolor las desopilantes y altaneras declaraciones públicas de su hermano Pompeyo, a quien ama.

Dicen que su desorden administrativo puede provocar espanto, porque él sigue administrando una diócecis que no necesita más que órdenes verbales.  Es también ingenuo, por ejemplo  cuando creyó que nunca se sabría que tenía hijos y no tomó previsiones políticas; o cuando tontamente reculó en la medida de otorgar subsidio a miles de  campesinos sesameros por temor a los medios de comunicación.

Hombre cualquiera

A fin de cuentas, estamos frente a un hombre cualquiera, hijo de sus emociones y sus razones, de sus creencias, astuto y algunas veces tonto; un hombre moldeado en una institución de obediencias y órdenes, donde el único confesor es Dios; un hombre que, estando donde está, tiene la obligación de saber mentir para gobernar, como dice Maquiavelo.

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