Los depósitos de clase llamados cárceles

A quien todavía le quepa alguna duda del carácter criminal e inhumano del sistema capitalista, lo invitamos a darse una vuelta por dos de las principales cárceles de nuestro país: la Penitenciaría Nacional “Tacumbú” y la Unidad Penitenciaria Industrial “Esperanza”.

 Auténticos depósitos de pobres abandonados a su suerte, la mayoría de ellos sin cama, comida, techo ni defensa alguna.

El domingo es el día de mayor cantidad de visitas en ambas cárceles. Frente al penal, largas colas de mujeres aguardando el ingreso para encontrarse con sus esposos, hijos, hermanos, nietos. Como de costumbre fuimos con Luis Casabianca* y otros compañeros de la Juventud Comunista a visitar a Néstor Castro y Rubén Villalba, ambos presos políticos del “Caso Curuguaty”.

Luego de atravesar el absurdo control que consiste en verificar si los hombres no tienen barba, aros, pantalones cortos o zapatillas y las mujeres pantalón o camisillas, nos dirigimos hacia el Pabellón “Libertad” donde desde hace dos semanas guarda reclusión Rubén Villalba. Un enjambre de presos escuálidos y sucios que se ofrecen a buscar a tu preso pidiendo cigarrillos o monedas, acompaña la travesía por los pasillos de Tacumbú hasta “el pabellón de los hermanos”. Es casi normal ya ver como de cuando en cuando algún guardiacárcel golpea a los presos que se acercan a los visitantes para abrir paso. Impotencia total.

El pabellón de los hermanos

El Pabellón Libertad es como una cárcel dentro de otra. Está administrado por la Iglesia Raíces y es el refugio menos brutal para los presos pobres de Tacumbú. Reglas claras y estrictas: nada de drogas ni peleas. Los presos pasan por un proceso de “adaptación” a las reglas del pabellón, hay horarios de culto, talleres de forrado en cuero, ocasionales conciertos y un extenso patio con varias mesas y sillas donde los presos reciben a sus visitas.

Un ambiente más relajado para sobrellevar el encierro. Pero de comida ni hablemos, como en el resto del penal cada preso debe comprar su comida diaria de la surtida cantina u organizarse para cocinar con otros presos. Sin dinero no hay comida. Un presupuesto mínimo de diez mil guaraníes al día. Y uno se pregunta: ¿A dónde va a parar el multimillonario presupuesto para alimentación del Ministerio de Justicia y Trabajo?

Y Rubén, recuperándose físicamente de su huelga de hambre y a la espera de que el Juzgado de Curuguaty defina la fecha de realización de la Audiencia Preliminar, celebra la suerte de haber sido trasladado al “pabellón de los hermanos” por mediación de un compueblano suyo.

Para muestra basta un botón

En “Libertad” conocimos a Andrés López Contreras un día antes de que junto a Sindulfo De León Gómez iniciaran una huelga de hambre en reclamo de su inmediata libertad.

Andrés está preso desde el 2009 acusado de “Tenencia de estupefacientes”. A la fecha, lleva 4 años y dos meses recluido sin condena. La causa debería ser declarada extinta, pero el Juzgado de Garantías N° 10 a cargo del Dr. Ayala Brun parece no haberse dado por enterado. No tiene defensa, ni recursos para solventar alguna.

Sindulfo lleva 5 años y 5 meses preso. Acusado primero de robo agravado –sobreseído- y luego de homicidio, manifiesta nunca haber sido llamado siquiera a comparecer por la segunda causa. Su proceso también debería ser declarado extinto, pero Sindulfo cuenta que su defensor público, Eduardo Alarcón, pretende solicitar una revisión de medidas ante el Juzgado de Lambaré donde se encuentra varado su expediente.

Sindulfo y Andrés llevan a la fecha 6 días de estricta huelga de hambre bajo el tinglado general de Tacumbú. Fueron expulsados del “pabellón de los hermanos” porque según dijeron, allí no se permiten huelguistas. Solo agua beben, tirados en un par de colchones y abrazados a los pocos documentos que tienen sobre sus respectivos procesos judiciales.

Ni un solo medio de comunicación se ha hecho eco de la huelga de hambre. ¿Por qué deberían hacerlo? Si Andrés y Sindulfo no son dueños de supermercados siniestrados, ni ex líderes de barras bravas, ni tienen plantaciones de soja, ni tienen apellidos gringos. Son tan solo dos más de los centenares, tal vez miles de anónimos sin condena o presos que ya han cumplido sus penas. Para el sistema judicial-penitenciario, no son nada. Sin embargo, su determinación es clara: “Libertad o tumba”.

La “cárcel modelo”

Salimos de Tacumbú con Luis Casabianca con el corazón en la mano. Reunimos fuerzas y dimos la vuelta por el largo callejón que lleva a la “Unidad Penitenciara Industrial “Esperanza” donde se encuentra Néstor Castro, otros de los presos políticos de Curuguaty.

En la Esperanza, la alimentación y la seguridad están tercerizadas. Ahí guardan reclusión sólo condenados, unos 300 según nos dijeron. Los controles son más estrictos. A las mujeres le sacan hasta el molde de metal que contienen lo sostenes. Son tres controles donde te retienen el dinero, celulares, termos, paraguas, llaves, relojes, y todo lo que según su criterio sea “peligroso”.

Casabianca se indignó. En el tercer control nos hicieron sacar los zapatos a ver si llevábamos algo. No dudó en acusar a Mateo, el guardia, de stronista. Y tenía razón.

Llegamos al pabellón donde se encuentra Néstor, aislado de la mayoría de los presos. Los compañeros se me adelantaron mientras yo saludaba a un preso que conocía de Tacumbú que siempre fue muy solidario con la causa de Curuguaty. En eso nomás se aparece uno de los presos agarrado del cuello por un guardiacárcel, discutiendo, y ahí nomás comenzó el show: a empujones lo metieron en una habitación vacía, lo esposaron y comenzaron las patadas y puñetazos. Uno a uno fueron llegando más guardias, el saludo era un pecho ro’o (golpe en el pecho) o patada.

Lo rodearon entre ocho, entre ellos Mateo (el de los zapatos) quien llegó como una bala, y sin mediar palabras encajó un puñetazo en el pecho del joven. Una tortura.

Una impotencia me apretó la garganta. Uno a uno iban saliendo de la sala los guardias con cara de deber cumplido, con cara de macho, pecho henchido y hombros firmes ante los gritos desesperados y lacerantes de la madre del joven. ¿Y qué hace uno así? Me fui nomás al patiecito de visitas, junto a Néstor y los camaradas. Todo el mundo sobresaltado por el incidente.

Al salir nomás supimos la historia. El joven brutalmente “corregido” se llama Milciades Concepción González Rojas, 21 años. Estaba con su madre en el patio de visitas cuando comenzó una discusión con un guardiacárcel. El resto ya lo saben. Milciades tiene resolución en el juzgado que le otorga la libertad condicional.

Luego del incidente, la madre de Milciades fue echada del penal. Abatida por la situación, Ángela ya pone en duda el cumplimiento de la resolución de libertad condicional de su hijo.

Néstor Castro

Néstor Castro tiene 29 años. Lleva casi 11 meses preso por el caso Curuguaty. El día de la masacre perdió a un hermano y otro está preso en Coronel Oviedo. Su padre, Don Mariano, es el presidente de la Comisión de Víctimas de Curuguaty. Como la mayoría de los campesinos presos, está acusado por la Fiscalía por invasión de inmueble, homicidio doloso en grado de Tentativa y Asociación Criminal.

Que la fiscalía no haya aportado todavía ni una sola prueba razonable contra los campesinos es un detalle menor.

Que las tierras donde ocurrió la masacre sean propiedad del Estado paraguayo y hasta hoy sigan siendo usurpadas por la empresa Campos Morombí para plantar soja no tiene importancia alguna.

Que Néstor tenga serias dificultades para alimentarse, producto del balazo que le destrozó la mandíbula el 15 de junio pasado, no importa.

Porque Néstor es campesino. No es dueño de ningún supermercado siniestrado, ni ex líder de una barra de fútbol, ni dueño de plantaciones de soja, ni tiene apellido gringo.

En Paraguay, los presos pobres no votan, no tienen comida, ropa, techo, condena, ni más derecho que el de la agonía diaria hacia la muerte. Andrés, Sindulfo, Milciades, Rubén y Néstor si bien vienen de lugares distintos, comparten una misma desgracia: la de ser presos pobres.

No les diré que los presos con dinero la pasan bien, un preso es un preso, pero unas monedas de más y algunos contactos adentro te otorgan otro status. En todas las cárceles están los presos VIP, poderosos que cayeron en desgracia por traición, torpeza o falta de amigos bien posicionados. Esos son los que tienen habitación propia, comida de lujo, televisión con cable, internet, libre tránsito en las cárceles, y otras comodidades que sólo el dinero compra.

Las cárceles son solo una reproducción a pequeña escala, una fotografía en blanco y negro de lo que nos pasa afuera a todos. Para el rico todo, para el pobre nada. Sencillo. Y para quien se atreva a levantar la cabeza está la cárcel, sino pregunten a los 6 presos políticos del caso Cecilia, o a los 14 presos políticos de Curuguaty.

Y exactamente para eso es que está el Estado, para amansarnos y educarnos con los valores de la clase dominante. Al que no le gusta que respire agrotóxicos, o que fume crack, o que vea tele, o un par de cachiporras, o balas, o rejas.

Al cerrar la visita a los compañeros, Luis Casabianca recordó que Derlis Villagra (ex Secretario General de la Juventud Comunista, desaparecido por la dictadura) le dijo una vez: “La primera medida de un gobierno revolucionario deber ser la libertad inmediata de todos los presos del país”.

Suena escandaloso, pero creo que tiene razón.

*Luis Casabianca actualmente es Presidente del Partido Comunista Paraguayo. Fue miembro de la Comisión de Verdad y Justicia. Ex preso político de la última dictadura estronista

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