Llora, perla blanca…

El poeta Eulo García dibuja un delicado retrato de Janis Joplin en el aniversario de la muerte de la cantante de blues. Llora, perla blanca…

a Bessie Smith, la emperatriz del blues,

que el pasado 26 de septiembre cumplió 73 años

de andar cantando por los cielos

Porque cuando lloramos ante el silencio, se revela en toda forma nuestra belleza más desnuda.

Apenas quince días después de la fatídica noche londinense en que las alas de Hendrix se elevaron como el fuego para besar al cielo, la “perla blanca del blues”, esa garganta desgarrada y desgarradora que dio fama y tortura a la chica kilombera que fue Janis Joplin, derramaba su última lágrima como un aullido en la carretera, un 4 de octubre triste, de 1970.

Diez años atrás, Janis había decidido escaparse de su casa de Porth Arthur, Texas, una aciaga tarde de 1963, convocada por los aullidos de su generación que se lanzaban como peces al agua a recorrer los caminos que les había mostrado Jack Kerouac en su mítica novela On the Road.

Antes de eso, Janis era, lo que se dice, una chica bien: hija de una familia de clase media del sur de los Estados Unidos, cargaba consigo todas las ilusiones y demandas de una familia de ese tipo. La nena se debía cuidar, la nena se debía callar, la nena, a lo sumo tan sólo debía llorar. Pero lo que Janis Joplin quería no tenía nada que ver con esas imposiciones. La nena quería libertad, se quería divertir, la nena no quería tan sólo llorar, sino quería que ese llanto cantase como hace cincuenta años atrás lo hizo el canto de la gran Bessie Smith, cuando lloraba sus blues en sangre inundando de alcohol a sus tristezas. De eso se trataba la cosa, supo Janis, engañar a la tristeza con cantos de blues y rock and roll. Eran los famosos 60’s y en sus años germinaban ya las flores de la psicodelia.

Cuando en 1966 se une a la Bigh Brothers and the Holding Company, la dulce perla blanca ya era ella misma, sin ataduras más que las de su propia conciencia. Sintiéndose libre sobre el escenario, sólo tenía que cerrar los ojos para amar a las miles de personas que la escuchan. “Es como hacer el amor con 25 mil personas”, dijo una vez cuando le preguntaron qué sentía cuando cantaba ante el público.

En 1967 se presenta con éxito en el Monterrey Festival Pop. Ese mismo año conoció a Jimi Hendrix en uno de los conciertos que el guitarrista estaba llevando a cabo en varios clubes de San Francisco. Cuenta la leyenda que ambas estrellas hicieron el amor en el baño de los camerinos del club Fillmore. Esta versión nunca fue confirmada ni desmentida por ninguna de las partes, pero la fama que antecedía a ambos personajes y la incontenible intensidad de sus personalidades y talentos hacen creer en lo posible de este encuentro.

Pero más allá de esto, y de la botella de whisky que rompiera en la cabeza de un pesado Jim Morrison (justamante, en un concierto de Jimi Hendrix), a más de los excesos del alcohol y otras drogas, lo que definitivamente queda de la Joplin es su inconfundible timbre de voz y la irrefrenable pasión con que interpretaba sus canciones. Clásicos como “Piece of my heart”;  “Cry, baby”, “Mercedes Benz”, “Balls and chains” o la impresionante versión del clásico del blues y el jazz “Summertime”, son los más irrefutables testimonios de que Janis Joplin quería más, mucho más que cumplir los sueños de su buena familia, pero sobre todo son la prueba de que encontró la forma de cantar su llanto “hasta romperse -como escribió Alejandra Pizarnick a poco de su muerte, la de ella, la de Joplin- para crear o decir una pequeña canción, / gritar tanto para cubrir los agujeros de la ausencia”.

Así es como la dulce Janis, a cuarenta años de aquella triste noche de octubre de 1970, aún nos muestra su garganta como un espejo salpicado en lágrimas, a través del cual nos podemos ver y oír en nuestra belleza más desnuda, con un pedacito de su corazón en nuestro pecho y diciéndole despacito, susurrando: llorá nomás, dulce nena, perla blanca, que los ángeles te esperan siempre al regresar a casa.


eulo garcía

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