Limpiavidrios y cuidacoches: La falsa discusión

Por Julio Benegas Vidallet
Cada cierto tiempo vienen con el mismo relato. Ahora lo hacen en proceso electoral. Los cuidacoches y limpiavidridos aparecen en escena y no como Batman y Robin. Se aceita la disconformidad de una población que anda en auto.
En este país se utilizan dos metros de espacio público por cada auto que, en su gran mayoría, traslada a una persona. El espacio público está intervenido con mucha violencia, de hecho ésta es la manifestación más evidente del escenario urbano en Paraguay.
El espacio público en nuestro país es un permanente asalto, en el colectivo, en las calles, en las plazas.

Nuestro espacio está invadido por el cuentapropismo más variopinto, desde vendedores de helados hasta de sombrillas, relojes y lencería.

El tráfico inunda las calles generando una estela de humo infernal y los colectivos son un supermercado. De ida a tu casa podés hacer toda la compra del súper.
El 60 por ciento de nuestro país no tiene trabajo estable, con salarios, bonificaciones, vacaciones pagas, permisos de maternidad. Hay que salir todos los días a rebuscarse y el rebusque es múltiple: si no me alcanza el chicle en los colectivos, pruebo con la chipa, alterno con golosinas, leche, aceite y el «pideo», como algunos grupos sociales de Paraguay le dicen al pedir plata.
En uno de los extremos de esa pobreza aparecen siempre los cuidacoches y limpiavidrios en el foco de las noticias. El trato de su existencia nada tiene que ver con la intención real de que esa gente haga otra cosa, sino de asegurar la idea de que en nuestro país hay «ciudadanos» y otras gentes que no sabemos qué exactamente son.
La mayoría de la gente con mucha pobreza en nuestro país tiene origen casi directo campesino. Ya se sabe que en varias partes del campo la especulación inmobiliaria concentró las tierras en las agroganaderas y en el cultivo de semillas transgénicas. En las ciudades, esa gente se ubica en lugares inundables, periféricos, en toldos, cerca de desagues y en inquilinatos húmedos. Son los poras de la ciudad. Los otros, los que están ahí solo para jugarte una mala pasada, tipo Freddy Kruguer, en tus sueños.

Esos otros son miles y serán millones y volverán. Les quitarán de las calles a la fuerza y volverán, les bajarán de los colectivos y volverán, así como la gente del Cristo Rey, una y mil veces, volverá a estacionar el auto en doble fila.

El espacio público es el espacio de concurrencia. Si tu sistema económico produce la mayor desigualdad social de América del Sur es lógico que tu espacio público esté invadido por las ansiedades de supervivencia. Y ya se sabe que la ansiedad es territorio de mucha violencia.

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