Libro confirma ejecución de varios de los campesinos muertos en la Masacre de Curuguaty

Los casos de Adolfo Castro y Delfin Duarte, narrados en el libro de Julio Benegas con los testimonios de los protagonistas directos de la masacre ocurrida en Marina kue, revelan la saña policial con que fueron asesinados los campesinos, ya al término de la balacera.

Fuente: carligonca.wordpress.com

El Informe ejecutivo elaborado por la Coordinadora de Derechos Humanos del Paraguay (Codehupy) sobre la masacre de Curuguaty, difundido en diciembre pasado, concluyó que al menos siete de los once campesinos muertos en Marina Kue, fueron ejecutados, tras ser heridos.

El libro “La Masacre de Curuguaty”, del periodista de E’a Julio Benegas, confirma en sus páginas las ejecuciones de las que fueron víctimas los campesinos por las manos iracundas de los policías, luego de la balacera en la que también murieron 6 efectivos policiales. Benegas recogió 45 testimonios de protagonistas directos y testigos de la masacre del 15 de junio del año pasado, los que dan contenido a su libro.

Igualmente, el informe forense del doctor Pablo Lemir, director de medicina forense dela Fiscalía General del Estado, divulgado por la prensa el día después de la masacre, contenía claros indicadores de las ejecuciones, al afirmar que la mayoría de los campesinos muertos recibieron balas en la cabeza y en el hombro, tirados de arriba hacia abajo, lo que revela que las víctimas eran los heridos tirados en el suelo.

De los casos de ejecuciones narrados en el libro, extraemos los de Adolfo Castro y Delfín Duarte y lo publicamos, abajo, literalmente las páginas 66 y 67 del libro, por la crudeza y la verosimilitud que trasmiten:

 “El mundo según las balas

 Adolfo Castro cayó ahí, en el mismísimo frente, pero logró rodar por el pastizal hacia el arroyo y esconderse en un pajonal. Desde ahí vio cuando una bala en el muslo de Lucia Agüero dejaba a la entera desprotección a su hijo y que un grupo policial se lo llevaba consigo en plena refriega. Decidió, sin pensarlo dos veces, entregarse. Alzó las manos, y en ese delirio sicario, tres disparos más lo dejaron tumbado sin posibilidad de decirse amén. Uno de ellos, en la cabeza, le destruyó el cráneo. Al caer los del frente campesino, Delfín Duarte, metido en el frente de los macheteros, recibió un disparo en las vísceras. En la desesperación logró ganar un puntito de resguardo, en un pajonal. Desde ese puntito observó que su hijastro Francisco Ayala caía completamente abatido por esa tormenta de balas que inundó aquel paraje. Con el vientre destrozado, sintió que de esa ya no se salvaba, y llamó por teléfono a su pareja tal vez para despedirse, tal vez para decirle que su hijo había muerto o tal vez por la simple desesperación de no saber qué hacer.

-Che koape amanotama-, le dijo Delfín Duarte a su doña, Lidia Ayala González.

-Anina ere chéve  péicha, che kamba-, respondió Lidia, completamente quebrada por la muerte del hijo y el estado lamentable de su pareja. Neremanomai che kamba. Amondota gente peneayuda hagua, decía entre sollozos.

-Ani peju, pende jukapáta hikuei-, determinó Delfín y pidió cortar la comunicación. Lidia no quería cortar nada, pero la comunicación se esfumó cuando un grupo desaforado del comando policial escuchó una voz en el pastizal y la rastreó. Dos balas terminaron de fijar el cuerpo moreno de Delfín Duarte en el suelo y otra, la última, destrozó la boca, desfigurando su cara morena, redonda y amable. Todos los que vieron o sintieron la ejecución de Delfín Duarte resolvieron que no era un buen momento para hablar por teléfono y apagaron sus celulares. El médico forense Matías Arce dejó constancia de que Delfín presentaba “una herida con arma de fuego en la cavidad bucal” y que la causa de la muerte fue una hemorragia aguda.»

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