Lenguas en combate

El guaraní: de la resistencia de Overa a los desafíos de la modernidad.

Batalla entre los españoles y los guaraníes de Lambaré. Grabado de Ulrico Schmidl.

En el Universo, nada es ajeno al poder. Y más entre los seres humanos. De todas las formas de combate entre estos, el de las lenguas es quizás el más sutil, prolongado, y mortal. Es lo que pasa entre el guaraní y el castellano desde aquel momento en que guaraníes y españoles se encontraron para desencontrarse violentamente, hasta hoy.

Si los españoles, gracias al Tata Ybyra (Arcabus), derrotaron militarmente en poco tiempo a los guaraníes de entonces, lingüísticamente (culturalmente) siguen batallando hasta hoy, irónicamente, contra la lengua  de un pueblo originario casi exterminado.  Son los dominadores, sí, pero a costa de que, hasta hoy, más del 80% de la población hablante en disputa siga adhiriendo, con cambios, a la lengua de los dominados.

Fue quizás el poco recordado Karaiva (shamán) Overá quien había dado el toque de alerta, allá por 1579, para la interminable resistencia lingüística del guaraní ante el embate castellano. Overa, espantado, había notado que los nombres guaraní de los niños, adultos y ancianos de su pueblo iban siendo reemplazados por nombres castellanos. Su espanto lo impulsó a iniciar tal vez la más importante de las muchas rebeliones indígenas de aquel tiempo: una rebelión espiritual (cultural) y militar. Overa fue derrotado bélicamente, pero dejó la impronta de la resistencia cultural de todo un pueblo originario que creía en la palabra como algo Divino al cual no podía renunciar.

Con aquel toque de alerta los guaraníes comenzaban a desarrollar su estrategia en el juego que jugaron su lengua y la del invasor. Un juego cuyas reglas nunca pudo dominar, paradójicamente, el dominador. Un juego que los griegos llamaron agonística, un juego de lenguajes que, sin embargo, era (es) un combate feroz entre dos lenguas, o sea, entre sus hablantes.  Un juego de anulación de sustancias químicas opuestas, en donde el ganador es aquel que maneja la reglas.

La estrategia desarrollada por la lengua dominada consistía en ubicarse, dentro del campo de juego, en la oscuridad, en el ocultamiento, en vivir en los márgenes, en huir del centro; en la negación al combate frontal con el jugador adversario, en la simulación de ser  vencido, de ser inofensivo.  Sin embargo, la lengua dominada reinaba en el espacio social del campo de juego, alimentada por las mujeres indígenas que criaban a los hijos de los dominadores, y por la naturaleza misma de la cual fluían las nuevas palabras que le daban más y más recursos para el combate. Ese jugador dominado se movía a sus anchas en el espíritu del campo de juego: reinaba en ese  impenetrable mundo interior del pueblo. En un campo que originalmente no era el suyo, la lengua dominadora ensayó  ganar  el territorio adversario  sin éxito. Dispuesta así la defensa territorial contraria, la lengua del conquistador se fue afianzando lentamente  en el centro del campo de juego, donde construyó su bastión con la escritura, las armas, el aparato administrativo y la comunicación institucional; era un espacio donde producía palabras que le daban más y más recursos para el combate; un espacio de poder  que nunca fue amenaza, pero si rodeado por el adversario.

Este juego de lenguaje se desarrolló durante casi 450 años en un escenario natural, colonial, aislado y comunitario. Un campo de juego cuyas características permitieron a la lengua dominante mantener, sin amenazas, su espacio de poder, pero sin poder avanzar mínimamente sobre el gran territorio concéntrico del otro jugador. Ocupaba, soberbio, el centro del escenario, pero era una isla rodeada de un mar controlado por el adversario.

Pero en los últimos 30 años el escenario de juego cambió radicalmente. El campo en el que los dos jugadores juegan -combaten- fue desnaturalizado (destrucción ambiental), urbanizado (migración del campo  a la ciudad), desarticulado (comunitariamente) y conectado a la globalización planetaria. Las condiciones en las que juegan ambas lenguas cambiaron, situación objetiva que exige nuevas estrategias de combate a los jugadores.

La ley de lenguas fue aprobada en el Congreso. El guaraní debe hoy incursionar en un nuevo campo de lucha. Foto: Guaraní Ñe'e.

Este cambio de escenario parece favorecer a la lengua dominante, porque su adversaria está ante una situación compleja, desconocida, en la que debe cambiar radicalmente su estrategia, y porque estas nuevas condiciones son conocidas por la lengua española, en las que dispone de más recursos para el combate.

El jugador dominado parece estar obligado hoy a salir de la oscuridad y a mirar la luz; a avanzar desde sus márgenes  concéntricos hacia el centro del campo de juego (el Poder), avance que lo llevará inevitablemente a una confrontación abierta, a la cual no está acostumbrada. Que el jugador guaraní vaya ocupando espacios en el centro es indispensable porque aquí están los dispositivos de poder (escritura, medios de comunicación, resortes administrativos, educación formal) que necesita para equilibrar el juego. Sólo estos dispositivos le permitirán acceder a nuevos recursos para producir nuevas palabras que describan, que den vida en su lengua al mundo urbano que le es desconocido y hostil. Palabras que ya no pueden fluir solamente del mundo natural, rural y comunitario, porque estos casi ya no existen, o existen muy poco. Además, hoy ya no está aislado, como antes; hoy está conectado a través de la trasnacionalización cultural a la globalización capitalista, un campo de juego donde los jugadores son rudos y fuertes.

En cambio, la lengua que vino de Occidente es un jugador que se mueve seguro en el territorio urbano, de donde extrae y produce diariamente nuevas palabras, en donde controla los medios tecnológicos de comunicación, en donde controla aún el Estado y sus aparatos. Además, el jugador Occidental es, en este campo de juego llamado Paraguay, el vehículo de trasmisión de la globalización capitalista, el campo de juego mayor donde los jugadores con pocos recursos (las lenguas nacionales, locales y étnicas), van siendo devorados por los jugadores con innumerables recursos, fuertes y trasnacionales.

Sí hoy la lengua dominada tiene ganada a más del 80% de los espectadores, la tendencia futura es que vaya perdiendo aceleradamente adeptos por moverse en un terreno de juego cuyas reglas son manejadas por el jugador adversario, salvo que combata con una nueva y eficaz estrategia.  Porque el juego es a muerte.

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