Petardo-Py: La guerra contra «las drogas», la guerra contra los pobres

[Pelao Carballo y Agustín Barúa Caffarena*]

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Ilustración: Oz Montanía

Hablar de lo malignizado, de lo prohibido que es, a la vez, cotidiano, es salud. Hablemos pues de marihuana entonces.

No vamos a decir que la propuesta de Elvis Balbuena[1] viene a abrir la discusión legal del tema marihuana (y del tema «drogas»[2] ) en Paraguay. La certeza es que esta discusión -como buena parte de lo que se discute y determina acá- no fue ni pública ni abierta.

La legislación paraguaya en el tema «drogas» no parte de constataciones científicas, sociales o empíricas del tema de las adicciones problemáticas (valga la redundancia). La legislación paraguaya de «drogas» parte de un mero acto de fe: se trata de creer y hacer todo lo que dicta la política de «drogas» del gobierno estadounidense, por fuera de todo acercamiento solidario con nuestra realidad paraguaya en el tema.

El tema «drogas» es tratado igual que el tema aborto: como un asunto de fe, un asunto religioso. En las «drogas», la razón está en Washington, en lo respectivo al aborto, nuestra legislatura obedece al Vaticano.

Toda la perspectiva estatal de «drogas» existente es represiva y ha sido levantada así, entre el silencio y la manipulación.

Con esta si, con esta no… con esta señorita me caso yo

El trato jurídico, sanitario, policial y de prensa «libre» a las «drogas» se basa hasta hoy en una mirada clasista: se protege y silencia el comercio, producción y consumo de las «drogas» propias de la clase alta urbana, y se reprime la producción, comercio y consumo de las «drogas» que los sectores pobres pueden controlar. Se trata de un tema de poder: «drogas» controladas por los ricos no son perseguidas. «drogas» bajo la posibilidad del control de los pobres, si son perseguidas.

El modelo prohibicionista falla por esa misma forma clasista de tratar las «drogas». Será mentira cualquier modelo prohibicionista mientras los ricos puedan seguir drogándose impunemente a costa de la prisión de dealers y productor+s pobres que les abastecen. Este modelo funciona como la parte pública del permisivismo práctico y discriminatorio para los ricos.

Será opresión y colonialismo en tanto esa forma de tratar las «drogas» siga desconociendo la histórica, multicultural y compleja relación de la humanidad con las «drogas», y en particular de las culturas paraguayas con las «drogas». A modo de ilustración, recordar el proceso histórico del trato a la yerba mate hasta su asentamiento en la identidad paraguaya.

Esto, sin entrar a considerar los innumerables beneficios que el prohibicionismo trae a la constitución, desarrollo y articulación de mafias en torno a las «drogas»: pequeñas, caseras, locales, mafias medianas, mafias estatales, mafias internacionales; ellas sustentarán el prohibicionismo hasta que les sea más redituable la legalización de ellas, siguiendo el modelo oligopólico del alcohol y el tabaco.

Un, dos, tres… ¡¡¡Miro!!

En ese sentido, vemos más importante una política pública centrada en la despenalización del consumo y autoproducción de la marihuana y otras «drogas» (como el alcohol –cerveza casera- y el tabaco) en cuanto a lo legislativo-policial, y de reducción de daño en lo respectivo al tratamiento desde la Salud Pública.

De hecho, la autogestión del consumo de marihuana y otras «drogas» permitirá disminuir el peso de las mafias en el negocio de las «drogas». Negocio que, hoy por hoy, alimenta no sólo a las mafias, sino también a policías, iglesias, polític+s, terapeutas que ofrecen la abstención total como solución al consumo problemático de «drogas». La prohibición de las «drogas» es un negocio redondo para todos quienes viven de ellas, desde la ilegalidad y la legalidad.

El uso de «drogas» es un tema que debe ser objeto de discusión pública, honesta, reflexiva y abierta para definir el trato que se dará a ellas. Discusión que debe centrarse en los contextos que explican los móviles de los usos (y abusos) de las «drogas» y en las libertades civiles conectadas. Para esto debe evaluarse las posibilidades reales de que este debate se logre, y encaminar hacia la producción de las condiciones para ello.

La lucha por la despenalización del consumo y autoproducción de «drogas», especialmente de aquellas que están vinculadas a la tierra y la producción artesanal y amorosa (marihuana, alcohol, tabaco), se vincula con otras luchas por la libertad. Se vincula a la histórica lucha paraguaya contra los autoritarismos, contra la mojigatería y el control de las mentes y los cuerpos.[3]

Paraguay hoy está apostando por más libertades, y esa apuesta es práctica, es real. La podemos rastrear en el lenguaje, en los relacionamientos, en las artes, en la política, en la necesidad de romper con el oligopolio periodístico que insiste en querer disciplinar nuestro pensamiento. Podemos rastrearla en la apertura social y juvenil a no encasillarse en prácticas ni opciones sexuales únicas.

Paraguay se abre a la libertad luchando contra la doble moral residual en el poder, que permite el abuso publicitario de los cuerpos, estimula el consumo de las «drogas» industrializadas y prohíbe la autogestión de los cuerpos y los placeres, en tanto esa autogestión cierra espacios al mercado y al lucro/poder.

Hace falta, entre otras cosas, la voz de quienes usan «drogas»; a ellos no sólo se les reprime sino que se les silencia. Esas voces asomarán a partir de la acción: frenar la estigmatización a partir de su reconocimiento público, como parte del complejo ser y estar paraguayo. Nos interesa que se hable del tema, honesta y tranquilamente.

Necesitamos que, desde una perspectiva de salud, se implemente una política propia, no una sujeta a los USA-intereses. En ese sentido, no queremos que en este tema se haga lo mismo que se ha hecho en las intervenciones militares y policiales de los últimos tiempos en San Pedro: servir descaradamente a los intereses imperiales de Estados Unidos y Brasil.

Se trata de reparar el daño que esta sociedad nos ha hecho y reducir el riesgo que hay en el abrir la vida a nuevas experiencias. Para eso se necesita diálogo, acompañamiento, contención, y no represión.

Notas

*Pelao Carballo es miembro de Por una red paraguaya de reducción de daños y Agustín Barúa es del Foro permanente de salud mental

[1]Diputado liberal que plantea «un proyecto para reglamentar el cultivo, comercialización y y consumo de marihuana»

[2] El entrecomillado resalta la necesidad de debatir un entrampamiento de significaciones en la palabra droga: si en la práctica los efectos nocivos resaltados son en gran medida la precarización, perversión y estrechamiento de presente y futuro, ¿pudiera también producir esos mismos resultados ciertas formas de vivir -por ejemplo- la maternidad, la religión, la pareja, el dinero…? En ese sentido ¿cabría ser expandida la noción de «drogadictos» a quienes abusan de estas cuestiones?

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