Latifundio, migración y pobreza

Anastasio Balbuena y su familia migraron a la ciudad de Ñemby en la primera mitad de los años 90. Apremiados por la falta de créditos y los problemas para comercializar sus  productos, vendieron su finca de 12 hectáreas ubicada en las cercanías del pueblo de Capiibary, San Pedro, a un brasileño sojero, y se lanzaron  a la vida urbana.

Ahora ya no cultivan, como antes, un poco de soja y sésamo para vender, y mandioca, maíz, hortalizas y cereales para el consumo diario. Ahora su hijo Celestino tiene un carrito de panchos cerca de la plaza central de la ciudad. Su hija Aniceta  vende poha ñana frente al Supermercado Stok. Y Anastasio perdió su trabajo hace poco como capataz de una granja cercana.

La historia de la familia Balbuena es la de miles de familias campesinas que migraron al Departamento Central. Siendo más preciso, un desplazamiento forozoso: expulsados a las ciudades por la destrucción de la producción agrícola familiar. Ciudades en las que les espera la extrema pobreza.

El investigador Quintín Riquelme, en un ensayo en el que analiza comparativamente datos y estadísticas, concluyó que entre 1992 y 2002, la población de Central creció  en 496.856 habitantes. Y entre el 2002 y el 2005 creció en 375.000. Pero los campesinos también se desplazan forzosamente hacia los alrededores de Encarnación, Coronel Oviedo y Ciudad del Este. Estos números tienen su correlato en la población rural actual: el censo de 1992 mostraba que en el campo habitaba el 49% de la población total; el censo de 2002 mostró que sólo el 43% vivía en las áreas rurales. Es un despoblamiento acelerado del campo.

Según el sociólogo e investigador Tomás Palau, un promedio de 80 mil campesinos son desplazados cada año de sus tierras y arrojados a las ciudades del interior y Central, mientras una parte de esta cantidad migra fuera del país, principalmente en la Argentina.

Hacinamiento, déficit de servicios básicos, desocupación y sobre todo, pobreza, esperan a millones de campesinos y campesinas en los alrededores de la ciudades y en Central, porque el país no tiene industrias ni fábricas en los que puedan emplearse los «migrantes». Y mucho menos existe el Estado.

Este proceso migratorio forzado lleva a miles de personas a la sobrevivencia: changas, hurtos, robos, mendicidad para conseguir el sustento diario. Y los números lo corroboran: Según la encuesta de hogares de la dgeec de 2005, de los 1.350.000 pobres en las urbes, el 30, 9% se concentra en el Departamento Central.

Expansión del cultivo mecanizado de soja, ausencia de Estado, acelerado aumento de la concentración de la tierra, tal como se verifica en el censo 2008, destrucción de la producción agrícola familiar, desplazamiento forzado de miles de familias campesinas y pobreza en las urbes; es el cuadro desolador que vive el Paraguay de hoy.

Así, el viejo Estado Oligárquico construido por los colorados arroja cada vez más a las mayorías sociales a la exclusión, mediante una política económica que saca tierra a los más pobres para dar a los más ricos (ver material central), en donde el modelo agrícola imperante es el ganadero (ver nota central) dentro de un modelo mayor que es el agroexportador, no genera fuentes de trabajo, y, como corolario, los reprime violentamente si reclamos viviendas y trabajo.

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