Las noches con Scarlett

Un recorrido lúdico, literario, onírico y sobre todo cinéfilo con Scarlett Johansson.

Scarlett Johansson en uno de los idilios oníricos. Fotografía: Peter Lindbergh.

@SebasOcampos

“Me gustas más cuando te sueño… Entonces hago de ti lo que quiero”, escribió Juan Rulfo y yo lo publiqué en la red social del recientemente cas(tr)ado Zuckerberg. Un amigo lo leyó y recordó en el acto una de mis anécdotas compartidas sobre los sueños con Scarlett, en la que pude despertar –sin querer hacerlo– y volverme a dormir al rato, retomando el idilio onírico con la chica que conocí en Perdidos en Tokio, que más bien me conquistó y colonizó en la bella obra de Sofia Coppola, pues ya la había conocido un poquito en anteriores títulos.

Desde entonces, las noches con Scarlett son una fusión de las diferentes y ya numerosas películas en las que actuó con mis experiencias tercermundistas, ilusiones pueriles y deseos inmensurables.

Es así como, en nuestra primera noche, nos encontramos sin saber qué hacer de nuestras vidas vacías en una ciudad lejana, extraña y fascinante, que después de todo nos ayudó a comprendernos y superarnos; mientras que en otra madrugada, ella, debido a unas cuestiones de injusticia y época, fue enviada a trabajar a mi casa, convirtiéndose de un momento a otro en la única musa digna del aro de perla y mi talento pictórico.

Nuestro siguiente encuentro nocturno se dio en la musical y calurosa Nueva Orleans, antes de que Katrina apareciera, por supuesto. Ella, en esas escenas, era una joven recién llegada a la ciudad, arrastrando muchos problemas existenciales, y yo, por pura coincidencia, un ebrio aspirante a escritor que logró enamorarla con palabras y gestos literarios y solidarios, a la par de mi propio enamoramiento de su carácter vehemente, inteligencia vivaz y belleza siempre inefable.

También regresamos en el tiempo, gracias a Oscar Wilde, cuando me volví un híbrido de su novio fiel y caballero, con quien estaba comprometida, y el otro, el dandi, el hedonista, quien no dudó un solitario segundo en encararla las veces necesarias para volverla suya a cualquier precio.

Incluso vivimos el sueño extraño en el cual conocí al clon de ella, siendo yo el clon de alguien más, detalles de ciencia ficción que sólo sirvieron para volver aun más adrenalínica nuestra aventura desbordante de persecuciones y explosiones guiada por Morfeo.

En su etapa de musa del estimado Woody, tuvimos la suerte de encontrarnos en distintos lugares, como Londres, Barcelona, Oviedo. Revivimos Crimen y castigo de Dostoyevski, con la suerte de mi lado; mantuvimos una relación extraña, donde ella fue una periodista de tremenda sensualidad y yo un millonario asesino serial de prostitutas; y por si fuera poco nos encontramos en España y disfrutamos de un romance de búsquedas insaciables e incluso de un trío de envidia mundial con Penélope, que al final terminó por dispararme.

Luego sobrevivimos a una experiencia complicada, a causa de Nolan, cuando ella empezó, primero, a tener una relación con mi archienemigo –antes mejor amigo–, y continuó, después de unas idas y vueltas, conmigo como pareja, en medio de la absurda y sorprendente disputa de magos y avances científicos.

Cuando reencarné sin muchas ganas a Enrique VIII –manteniendo mi hombría, por fortuna–, sólo tuve ganas de cortar las cabezas de cuantas personas no estuvieran de acuerdo conmigo. En esos tiempos fue difícil, muy difícil, elegir entre Natalie y Scarlett, pero, como saben, la rubia se superpuso en la competencia sin sentido y la hermana perdió, literalmente, la cabeza por mí.

Años más tarde me encontré en un conflicto similar: tenía a nada más y nada menos que a Connelly de esposa y a Johansson de amante. En esa ocasión, como ya habían pasado cinco siglos de la última experiencia  y no contaba con el mismo poder injusto, no pude cortar la cabeza a nadie. Es más, quien fue cercenado por ambas bellezas hollywoodenses, para mi eterno pesar y por mi infaltable estupidez, fui yo.

Antes de que se convirtiera en la viuda negra excitante, deseada por cuanto vengador extravagante se le acercaba, tuvimos la suerte de conocernos en un zoológico peculiar, en el que ella, como buena veterinaria, supo cómo tratar conmigo y ayudarme a superar mi profundo dolor de viudo nostálgico.

Cuando se vistió con el uniforme negro de cuero ajustado al cuerpo, sin ropa interior, quedé, como todos a los que interrogó, embobado ante su presencia implacable, manteniéndome en el vértigo del ensueño de tenerla o ser castigado hasta la muerte por haber caído en su temible juego, del cual a veces despierto exaltado, pero que –si las obligaciones diarias me lo permiten– al rato logro retomar, reviviendo de nuevo, durante una noche más, el idilio onírico con Scarlett, quien, incluso en mis propios sueños, hace lo que se le antoja conmigo.

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