La masacre de Curuguaty

En exclusiva, a un año de los acontecimientos luctuosos de Marina Kue, compartimos la primera parte del libro La masacre de Curuguaty: golpe sicario en Paraguay, del periodista Julio Benegas Vidallet.

Imagen de Marina Kue a meses de la masacre del 15 de junio de 2012. Fotografía: Serpaj Paraguay.

Una bala en la cabeza de la primera línea del comando policial lo derrumbó. Antes escuchó o creyó escuchar Ho’a Fermín, ho’a Castro[1]. En el centro de la estampida, en la desorientación de los combatientes, cayó sin amparo. No se hubiera imaginado jamás ese desenlace, aun habiéndose preparado para vencer o morir. Habían llegado a la decisión de no abandonar la ocupación de esas tierras en caso de que las autoridades no trajeran los papeles que acreditaran la presunta propiedad de Blas N. Riquelme. Aun con esa decisión, los ocupantes de Marina Kue esperaban un diálogo con las autoridades, como era habitual. No esperaban que un comando de 324 efectivos policiales, encabezado por el Grupo Especial de Operaciones, ingresara por dos accesos a ese barranco donde se extendían las precarias carpas de la ocupación con la orden inequívoca de sacarlos a como dé lugar. Sobre el puente del arroyo habían extendido una barrera ante la anunciada incursión armada. Ahí esperarían y de ahí, según decidieron, no se moverían. Unos días antes, el comisario Arnaldo Sanabria les había advertido que un enorme grupo armado ingresaría a sacarlos, acompañado de varias ambulancias. “Ikuentave pegueru cajón la orenohe haguã ko’águi”[2],  le habría dicho Rubén Villalba. Una semana antes, un emisario del Ministerio de Interior intentó persuadirlos de salir por las buenas de ese sitio, de donde ya habían desalojado en cinco ocasiones a los sintierras. “Yvy’yre mba’éicha roikóta, mba’e rojapóta”[3], le respondieron los ocupantes. Muchos recuerdan que ese emisario les dijo que era mejor que fueran a Asunción a vender galletitas y caramelos antes que aferrarse a esa tierra.

Antes de Marina Kue, Rubén Villalba había participado de 16 desalojos. Su convicción de que no hay salida en este país más que recuperar el territorio agrícola familiar es inapelable, aun a costa de poner en riesgo la vida. “Hetáma ojejuka la campesino. Matón, policía, capanga, tembiguái enterovéva de los terratenientes, ojuka la ore irũpe”[4], sostiene. Aún envuelto en ese aire épico, debe hacer un gran esfuerzo para no quebrarse al recordar la masacre de Curuguaty. Sus ojos están a punto de explotar en lágrimas. Al lado de un horno de producir carbón, su guarida nocturna, se toma su tiempo, frota las manos y mira el horizonte que se pierde hacia el inmenso Mbarakaju. Y del arrebato interior de esas imágenes, revisa sus palabras, una a una, las recoge y las dispara sin vaguedades: “Roje-prepará políticamente ro resistí haguã… Ore noroimo’ãi la outa hague péicha hikuái. Ndoikuaaséi mba’eve hikuái. Oitypa la ore bandera, ha oike oremose haguãicha a toda costa…”[5]

En el servicio militar obligatorio, adonde miles de paraguayos se hicieron hombres, aprendió a manejar con destreza el fusil. En su época de soldado lo obligaron a formar parte de comandos de incursión de las campiñas para arrestar a dirigentes de las Ligas Agrarias, el movimiento de familias campesinas que el régimen de Alfredo Stroessner persiguió sañosamente. Joven él, no más de 15 años, ya era utilizado como tropa de secuestro de familias campesinas que exigían tierras o estaban empeñadas en modelos de producción y consumo comunitarios. Mas un día, el diálogo con una mujer arrestada en su unidad, Artillería de Paraguarí, lo sacó, según él, de su completa ignorancia, de la profunda oscuridad. “Ore romba’apo peēpeguerekohaguã yvy, óga, ha peikoporãve haguã”[6], escuchó Rubén en la boca de una de las presas. Yvy, óga… eran conceptos que interpelaban muy en los adentros de un hombre que, según le relataran, fue abandonado a los dos años por su madre y se crió con la abuela. Desertó del cuartel y, tras una escala transitoria en su pueblito de Quyquyhó, vino a vender tortillas y menudeos frente al Palacio de Justicia, Sajonia, Asunción, integrando la gran oleada migratoria de los años 80.

Rubén Villalba no pensó enfrentarse a una intervención policial de las características de Marina Kue. Dos líneas armadas, encabezadas por el jefe de Operaciones Especiales, Erven Lovera, atenazaron a los ocupantes, rompiendo la barrera impuesta con la bandera paraguaya y una inscripción Vencer o morir. Detrás de la primera línea armada, jinetes de la montada, cascos azules, efectivos de la Fope; y arriba, un helicóptero que planeaba encima de los ocupantes desde las seis de la mañana.

Rubén Villalba se jugaba la vida. Con un chico de tres meses y una mujer joven al lado, más que nunca necesitaba un lugar para recrearse, redimirse, reconstruir su historia. Marina Kue era una oportunidad maravillosa para el emprendimiento. Una colina para asentar las casas, un lago donde imaginarse que el mundo es todavía un buen lugar para contemplar, un arroyo que rompe en su recorrido un largo tramo de territorios mecanizados y de fondo un bosque de aproximadamente 900 hectáreas. A sus 47 años, y luego de liderar varias disputas territoriales, había quedado definitivamente desamparado. De su última morada, la comunidad Pindo, Yasy Cañy, fue invitado a salir por el comité de mujeres por haberse, teniendo él familia, emparejado con una mujer joven. Sin embargo, la gente de Pindo lo recuerda con admiración y reconocimiento por haber él encabezado la defensa de la comunidad ante el avance de la soja transgénica. Aquella vez juntó a los jóvenes y los instruyó en la imposibilidad de convivir con las semillas transgénicas, esas que usan un veneno que contamina la célula placentaria, causa deformaciones en las criaturas y un sin número de trastornos cutáneos, respiratorios y cánceres a largo plazo, como lo definiera el Centro Nacional de Investigación Científica de Francia[7]. La fiscala Ninfa Aguilar, la que dirigió el operativo contra los ocupantes de Marina Kue, conocía bien el carácter resolutivo de Rubén Villalba ya que en uno de los intentos de desalojos, la comunidad de Pindo, liderada entonces por Rubén, había desarmado y tomado de rehenes a los policías y a los agentes fiscales. Luego resistieron a un contrataque de más cincuenta cascos azules y un grupo de agentes policiales armados. Aquella vez les dijo que piensen muy bien qué hacer porque para ellos la recuperación de esos territorios completamente talados ya para la plantación de soja era de vida o muerte. Los agentes fiscales se miraron, los policías se miraron y, finalmente, no se animaron a reprimir a toda una comunidad que se levantaba para defenderse. La decisión de no reprimir a ese pueblito rebeló a los brasileros que compraron unas 170 hectáreas para extender el mundo sojero, incluido el sitio del tanque de agua comunitaria. Al ser invitado a abandonar Pindo, Rubén Villalba tuvo asilo en otra ocupación, frente mismo a Marina Kue, al cruzar la ruta principal, en una parcelita de 98 hectáreas también usurpadas por mucho tiempo por Campos Morombi. En el lugar, ya de una antigua ocupación, Yvypytã,  se encontró con otra persona que se había jugado todas las fichas por conseguir un terreno más grande para cultivar desde que con su mujer decidieron no ser más capataces de estancia: Avelino Espínola, otra pieza clave de la ocupación masacrada el viernes 15 de junio de 2012.

Avelino, apodado Pindu, estuvo en las seis ocupaciones de Marina Kue. Robusto, de frases cortas y contundentes, ingresó por primera vez a Marina Kue en el 2004, unos días después de que el gobierno de Nicanor Duarte Frutos decretara la transferencia al Indert para fines de la Reforma Agraria de esa tierra donada por la Industrial Paraguaya en 1967 a la Armada Nacional. Avelino sabía que esas tierras eran públicas y también el intento fallido de Campos Morombi, de Blas N. Riquelme, de hacerse legalmente de esas tierras a través de un juicio de usucapión. Al decretarse tierra del Indert para Reforma Agraria, los abogados de Campos Morombi echaron manos a un recurso judicial histórico de los pobres, el derecho de usucapión, antiguo derecho de ocupantes en un pueblo que carecía de papeles y que se recreara sin Estado luego del exterminio del Estado-nación en la Guerra Grande (1864-1870). Los abogados no fueron contra el Estado, propietario, aunque sin haberlo registrado, ya entonces de ese terreno, sino contra La Industrial Paraguaya S.A (Lipsa), que ya nada tenía que ver con ese pedacito de las miles y miles de hectáreas conseguidas tras la Guerra Grande. A la Procuraduría General del Estado se le sacó del pleito. En un proceso sumarísimo, sin intervención de la Procuraduría General del Estado ni del Indert, lograron la resolución judicial favorable, pero, tamaño error, con fallo a nombre de otra finca y lejos del terreno reivindicado por los campesinos. La fiscalía, los jueces y la policía actuaron intermitentemente expulsando de ese territorio a las familias campesinas en razón de no se sabe qué herramienta legal. Descubierto el error en ese fallo judicial, la fiscala ya no se animó a utilizarlo como recurso legal y, para cuidarse las espaldas y lavarse las manos, el juez José Benítez emitió una orden de allanamiento, no de desalojo, cosa que se apuró en  difundir al conocer los resultados de esa ilegal incursión del aparato policial y judicial.

Sobre esa situación claramente demostrable, los últimos ocupantes habían declarado su categórica decisión de no abandonar otra vez esas tierras. Y, a la sazón, se prepararon, con unas 18 escopetas de un tiro, un rifle de 18 tiros y un revólver calibre 38, a resistir la anunciada medida de desalojo.

Dos meses y quince días estuvo Rubén Villalba en la ocupación. Se ubicaron primero en una planicie más cerca del territorio mecanizado. En ese lugar, recuerda, eran objetos de permanentes disparos al aire de los matones. A principios de mayo, con capuchas y escopetas, decidieron enfrentar a los guardias armados que vivían en una casa sobre el barranco. Al encontrarse en minoría, los guardias abandonaron el lugar: un mirador natural desde donde se observan el lago, el cauce del arroyo y el extenso sojal que llega a las narices de la ruta principal sin franjas boscosas, uno de los delitos humanitarios y medioambientales más profusos en la extendida producción de las semillas transgénicas.

En la ocupación eran amedrentados por los guardias civiles armados y, desde la ruta, los policías enviaban mensajes amenazantes. Fue así que la presencia del nexo del Ministerio del Interior, Elvio Cousirat, el 7 de junio de 2012, lejos de relajar la tensión y de abrir un diálogo con los ocupantes, exacerbó el ánimo. Cousirat, director de Relaciones Institucionales del Ministerio del Interior, cartera entonces a cargo del senador Carlos Filizzola, reunió a los ocupantes y les dijo que ya estaba la orden de allanamiento y que era mucho mejor que salieran pacíficamente del lugar.

Avelino se levantó del suelo y le dijo a Cousirat: “Peguerúrõ la kuatia he’ihápe ke la Marina Kue Riquelme mba’eha, ore roseta ko’águi”[8].

–Peguerúna la kuatia[9] –desafió.

No había papeles que acreditaran que esa propiedad fuera de Riquelme. Cousirat insistió, señalando que toda la intervención armada ya estaba preparada y que incluso la Caballería (seguramente hacía referencia a la Montada de la Policía) participaría del operativo.

–Mba’éicha piko ejército oñemõita paraguayo contrape[10] –reaccionó Avelino–. Kóa ko yvy Estado mba’e. Mba’éicha Estado oñemõita Estado contrape.

–Ore roikoteve la yvýre. Ko yvy ndaha’éi Riquelme mba’e[11] –intervino Néstor Castro.

–Moõ rohóta, mba’e rojapóta yvy’yre[12] –reforzó Luciano.

No había caso. Era un diálogo en que la sinrazón determinó su final cuando Cousirat, ya sin elementos de persuasión, les dijo: “Ikuentaiteve peho pe vendé galletita ha caramelo calle última-pe”[13].

Rubén, Avelino y su gente, que no se hallaban en sí, apenas pudieron contener el py’aro[14]. Avelino reiteró que vana era una intermediación sin los papeles que acreditaran la presunta propiedad de Blas N. Riquelme. Cousirat, el funcionario Néstor Ortellado y el suboficial Mauro Gauto se retiraron sin resultados. El operativo policial se volvía inminente.

Unos días antes, otro diálogo, esta vez con el comisario Arnaldo Sanabria, ascendido a jefe de la Policía Nacional en la semana posterior de la masacre, estribó en una escala menos alentadora. Sanabria llamó al celular de Rubén Villalba para decir a los ocupantes que estaban poniendo a punto un operativo con muchas ambulancias y que de Ciudad del Este iría gente sin piedad de sus abuelas. Más que ambulancia tendrían que traer cajones, habría respondido Villalba, una respuesta secundada por varios de los ocupantes armados. “Ore rohóta, peikuaa peē pejapótava”[15], les dijo Sanabria, y cortó la comunicación. La gente escuchó por el altavoz del celular. Rubén preguntó a los compañeros Mba’e jajapóta[16]. Muchos de los que allí murieron respondieron, según Villalba: “Ndajaguevimo’ãi ni un paso. Ko’ape ñaha’arõta chupekuéra. Entonces, rojagarra coraje ha rojeprepara políticamente”[17].

El 15 de junio, el grupo que se preparaba para la defensa del territorio ocupado se levantó a las tres de la mañana. Rubén recuerda –algo que no pudimos corroborar con otras entrevistas– que, como forma de tomar py’aguasu[18], salieron en caravana de motos hasta la comunidad donde se asientan los sojeros brasileros, alrededor del portón de ingreso a las tierras de Marina Kue, y que en la recorrida, con banderas paraguayas, bocinas, él gritó “Viva el Partido Comunista, viva Ananías Maidana”. Extendieron la cimbra de tres hilos de alambre sobre el puente como barrera de ocupación, envuelta con una bandera paraguaya y una insignia en carbón de vencer o morir. Prepararon los pañuelos-tapaboca con sal para soportar los gases lacrimógenos y aguardaron en un clima de alta incertidumbre la presencia policial. El helicóptero de la Policía Nacional sobrevolaba encima de los ocupantes desde las seis de la mañana. Los ocupantes esperaban una sola línea de incursión a través del portón de acceso de Ybyrapyta, una comunidad mixta, de brasileros y paraguayos. Otra línea policial desde la Hacienda Paraguaya avanzaba a través de los recodos barrancosos.

Para Erven Lovera, el comandante del Grupo Especial de Operaciones, era un operativo más de los tantos a los que se había acostumbrado. Altamente especializado en operativos de asalto, muchas veces se lo usó para desalojar campesinos de los latifundios. La esposa, una maestra de primer grado en el Colegio Nacional de Ñemby, no advirtió nada particular en la última llamada de su marido. Hablaron de los niños y se despidieron sin más. Era poco o nada lo que su marido le contaba de su trabajo. Siempre en otras partes, ella se había acostumbrado a las visitas cada 15 días y a criar a los hijos en esa casa cuya primera habitación la construyeron con sus propias manos. Novios desde el colegio en Ybycu’i, novios cuando ella se vino a San Lorenzo a estudiar magisterio y él la Academia Militar, se casaron y avanzaron en el proyecto histórico de criar y recrear la especie en una familia contenida. El padre de Erven vivía satisfecho de haber forjado un hijo de jerarquía en la policía y un hijo militar, jefe de seguridad del presidente Fernando Lugo, con ese esfuerzo de cultivar la tierra y cuidar las vacas. En fin, hijo de campesino, como casi todos los policías, Erven se dedicó en buena parte de su carrera a la función de desalojar a campesinos de los latifundios, parecida función de la que Rubén Villalba, en sus años adolescentes, desertó. Antes de ingresar, Erven, inquieto, masticaba chicle y respondía las indicaciones de Sanabria con Sí, no hay problema, así lo haremos. Aun con algunas escopetas en manos de los ocupantes que él vislumbró desde el helicóptero, el desalojo de unas 60 personas de Marina Kue no tenía por qué representar peligro mayor. Lovera recibió dos días antes la orden de poner a punto a la gente que de Ciudad del Este se trasladaría a Curuguaty. Llegaron la noche del 14 junio. Una primera línea de metrallas detrás de él, apuntando directamente a los ocupantes, y otra, encabezada por antimotines, los atenazaría. Simple operación. La fiscala Ninfa Aguilar quedaría lejos de la ocupación. El comisario Sanabria y otros agentes policiales optaron por la retaguardia. Esta gente, que sabía de la decisión de los ocupantes, no encabezó el operativo. Enviaron directo al grupo de acción, con lo cual no habría diálogo como esperaban los ocupantes y tampoco se desarrollaría el famoso protocolo del Ministerio de Interior que implicaba básicamente asegurarse la protección de niños, mujeres y ancianos. Imaginaban los ocupantes que la policía quedaría en la barrera improvisada, que respetaría la bandera paraguaya y que ese resquicio podrían aprovechar para convencerles de la sin razón del desalojo. Pero no. Erven y su gente echaron la barrera y avanzaron resueltamente para desalojar sin diálogo a los sintierras. Los campesinos no esperaban tamaña incursión.

–Hetaiteréi hikuái[19] –magulló Avelino.

–Mba’e jajapóta?[20] –preguntó Fermín Paredes.

–Japytáta ko’ápe, ñaha’arõta chupekuéra –respondió Avelino–. Oñemongetavaerã ñanendive[21].


[1] Cayó Castro, cayó Fermín.

[2] Es mejor que traigan cajones si quieren sacarnos de acá.

[3] Sin tierra cómo viviremos, qué haremos.

[4] Demasiados campesinos ya murieron. Matón, policía, capanga, todos servidores de los terratenientes, matan a nuestros compañeros.

[5] Nos preparamos para resistir. No creíamos que vendrían así. No querían saber nada. Echaron nuestra bandera y entraron para sacarnos a toda costa.

[6] Nosotros trabajamos para que ustedes tengan tierra, casa y puedan vivir mejor.

[7] El mundo según Monsanto. Marie-Monique Robin. Editorial Península. Página 128.

[8] Si traen los papeles que acreditan que esta tierra es de Riquelme, saldremos.

[9] Traigan el documento.

[10] Cómo el Ejército se podría utilizar contra paraguayos. Esta tierra es del Estado. Cómo el Estado se puede utilizar contra el Estado.

[11] Nosotros necesitamos la tierra. Esta tierra no es de Riquelme.

[12] Dónde iremos, qué haremos sin tierra.

[13] Es mejor que vayan a vender caramelos en calle última (Asunción).

[14] Literalmente: estómago amargo, señalando rencor o resentimiento.

[15] Nosotros iremos, sepan ustedes qué hacer.

[16] Qué haremos.

[17] No retrocederemos ni un paso. Acá los esperaremos. Entonces, tomamos coraje y nos preparamos políticamente.

[18] Valentía.

[19] Son demasiados.

[20] Qué haremos.

[21] Los esperaremos acá. Deben conversar con nosotros.

 

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