La vocación por la marginalidad

Tras el golpe del 22 de junio, si la derecha se radicaliza en su sentido más peligroso, la izquierda lo hace en su forma más obtusa y miope.

 

“Es lacayuno limitarse a pinchar con alfileres lo que habría que atacar a mazazos”
Carlos Marx

 

Fuente: periodistaspy.blogspot.com

El golpe parlamentario del 22 de junio tuvo efectos múltiples e inesperados, algunos de los cuales apenas comienzan a notarse. Si la destitución ilegítima de Lugo significó el retorno de un duro discurso de la derecha más intolerante y retrógrada -en la atmósfera se respira el rancio aroma de la guerra fría y de persecución ideológica, insuflado por los medios de comunicación y las cúpulas empresariales y partidarias-, ahora se percibe que el golpe impactó de una manera similar también en la izquierda y los sectores progresistas, donde las posiciones sectarias, las manipulaciones y las lecturas políticas abstraídas de la realidad, en lugar de debilitarse, parecen haberse fortalecido. Es dialéctica. Si la derecha se radicaliza en su sentido más peligroso, la izquierda lo hace en su forma más obtusa y miope. Puede decirse incluso que en ambos extremos del abanico ideológico se ha producido una regresión. Este retroceso llega a un punto que causa incluso sorpresa, ya que sin mayor fundamento se han reflotado innecesariamente prácticas semiclandestinas y desconfianzas; el volver a mirarse el ombligo antes que a la sociedad; las luchas intestinas en el gueto por sobre la acción política abierta al país y la nación.

La dirigencia de los sectores de izquierda y progresistas han reproducido con lamentable exactitud las mismas prácticas y los mismos vicios de las cúpulas de los partidos tradicionales. Doce, quince, en todo caso no más de veinte personas, se reunieron entre cuatro paredes -a espaldas de la gente y sordos a su clamor por la unidad de todos los sectores democráticos y antigolpistas- y echaron a pique la posibilidad de conformar una plataforma electoral sólida y con chances de alcanzar buenos resultados. Doce, quince, en todo caso no más de veinte personas con nombre y apellido que fueron incapaces del menor desprendimiento personal, que antepusieron sus conveniencias egoístas por sobre la construcción de una alternativa política democrática de masas en el Paraguay. Porque el argumento aquel del “proyecto histórico” -¿dónde está?, ¿en qué consiste?, ¿la candidatura de Lugo del 2008 ya era parte del proyecto histórico y las actuales no?- como un supuesto plan que “va más allá de abril del 2013 y no es electoralista” no pasa de un cuento. La verdad es simple y no tiene firuletes teóricos ni doctrinarios: las cúpulas de izquierda y progresistas no llegaron a un acuerdo en quién iba primero y quién después en las listas para el Congreso. Igual, igualito, que colorados y liberales. ¿Obtener un 18% o un 20% -como mínimo- en las elecciones del 2013 con una candidatura progresista y sin alianzas con sectores conservadores o golpistas no hubiera sido un avance “histórico”? ¿Tiene sentido destruir esta oportunidad porque fulano no entró primero en la lista o perengano quedó fuera de la nómina? Todas las enormes figuras que jalonan los últimos cien años de la izquierda y los sectores democráticos -desde Rafael Barret hasta Antonio Maidana, pasando por Francisco Gaona y Mario Schaerer- hubieran escupido sobre semejante “proyecto histórico”.

En lugar de interpretar con sensatez y grandeza el impopular golpe de cúpulas del 22 de junio y ponerse de inmediato a trabajar para formar un amplio movimiento democrático de masas que diera cuerpo al descontento ciudadano, las organizaciones y partidos que estuvieron vinculados al gobierno de Lugo -o, para evitar aquello de “luguistas”, los grupos que apostaron a la alternancia y al proceso iniciado en el 2008- bombardearon ellos mismos las posibilidades de fortalecer un espacio progresista a corto y mediano plazo.

Nunca antes del 22 de junio había quedado tan en evidencia, tan expuesta a la luz, tan desnuda la desgarradora contradicción existente entre la reducida minoría que se beneficia obscenamente con el estado actual de cosas -y que es capaz de cualquier cosa para mantenerlo- y la inmensa mayoría de la población que aspira a cambios sustanciales y genuinos en la sociedad. Es difícil imaginarse un escenario más “pedagógico”, es decir favorable para la comprensión, sin velos ni disfraces, de la estructura de intereses en juego y sectores en disputa en la sociedad paraguaya. Y sin embargo, nada de debatir los problemas de la gente, la evolución de los acontecimientos políticos o de sentar posiciones sobre asuntos de la mayor importancia para la nación. No existe elaboración en las organizaciones políticas. Son grandes ausentes en los cuestionamientos a los transgénicos o a Río Tinto Alcan, campañas que son impulsadas sobre todo por grupos ciudadanos no partidarios o inorgánicos. Los sectores de izquierda y progresistas no han dicho una palabra sobre los bonos soberanos que el gobierno pondrá en oferta con el consecuente endeudamiento del país; las declaraciones sobre la situación de la política exterior paraguaya no pasan de los discursos de denuncia, sin propuestas ni plataforma; tibias denuncias ante el inexplicable aumento en el patrimonio de Federico Franco; el resurgimiento de cierta derecha de afanes militaristas no fue debidamente estudiado y rechazado; silencio cuando la ciudadanía asiste indignada al escandaloso e irresponsable tratamiento del presupuesto de gastos de la nación en el Congreso. En general, ausencia del debate público y una pedante indiferencia ante los problemas de la gente, ante los anhelos de la población. Se trata de la renuncia a la actividad y presencia políticas más elementales.

Fernando Lugo: el articulador fallido

Hay que hablar con claridad: Lugo está a punto de pasar de ser el “gran articulador” -papel que le pertenecía naturalmente- a ser un obstáculo para la concreción de una propuesta electoral superadora y con chances de hacer frente a las ofertas políticas procedentes de los sectores conservadores.
Afectado en un plano íntimo por el golpe, Fernando Lugo mostró desorientación y vacilaciones apenas dejó el poder. Su ambigüedad característica y su “estilo obispal” -que le sirvieron en la campaña electoral y que en su gobierno generaron tanta irritación y críticas- en la llanura y en un contexto de estigmatización mediática e intolerancia ideológica fueron una catástrofe a la hora de mantener la unidad en el Frente Guasu. Rodeado de personas acríticas muy interesadas en entrar al Congreso colgadas de su sotana, Lugo llegó a lanzar el globo sonda de su propia candidatura a la Presidencia, a declarar que solo trabajaría allí donde se reconociera su liderazgo (!), a postergar una y otra vez la definición de la chapa y, el error más serio, a tomar partido por uno de los sectores de la agrupación de partidos y movimientos que le dio soporte durante cuatro años. Luego de tanto ir y venir ocurrió lo temido… la montaña parió un ratón. Aníbal Carrillo -respetado militante de dilatada trayectoria, pero sin la más remota posibilidad electoral- fue ungido como “candidato testimonial”.
Pero está claro que Lugo no es el único responsable. Son doce, quince o veinte dirigentes (para qué más misterio… Sixto Pereira, Miguel López Perito, Camilo Soares, Esperanza Martínez, Hugo Richer, Najeeb Amado, Aida Robles, Gerardo Rolón Pose, Aníbal Carrillo, Ricardo Canese, Emilio Camacho, Carlos Filizzola, Pablino Cáceres, Augusto dos Santos, Gustavo Codas, Jorge Lara Castro), el Estado Mayor del gobierno depuesto y la conducción del Frente Guasu, los timoneles del naufragio. Sin el menor atisbo de autocrítica tras la crisis que desembocó en la caída del gobierno de Lugo, las cúpulas de la izquierda y los sectores progresistas quedaron chapoteando en un charco de mezquindades y deslealtades.

Es notable cómo la política y la historia ofrecen los contrastes más inesperados. Lugo, portador de la esperanza de los sectores más vulnerables y artífice de la alternancia política tras 61 años, no estuvo a la altura de las circunstancias y careció, junto a su equipo, de una comprensión cabal del momento histórico que lo tuvo como protagonista. Con seguridad ganará una banca en el Senado y probablemente arrastre tras de sí a cierta cantidad de postulantes en la lista que encabezará, pero su papel en este drama está irremediablemente desteñido. En contraste, un político mediocre y gris como Blas Llano entendió de inmediato que su partido se jugaba la carta decisiva en décadas. Los liberales empuñaron la daga que les fue ofrecida por colorados y oviedistas y la hundieron en la espalda del gobierno que integraban y a cuya instalación habían contribuido con cientos de miles de votos. Desde el principio no pareció una movida audaz, sino temeraria, quizás suicida. Llano, presidente del PLRA y principal responsable del éxito del juicio político, descabalgó de sus ambiciones -al menos temporalmente- y henchido con teatrales aires de estadista llamó y logró la unidad del partido, cuestionada hasta ahora solo por sectores minoritarios.

Igual, igualito… pero con una diferencia 

En el momento en que las condiciones exigían una amplia unidad contra la interrupción del proceso político, los sectores progresistas resuelven lo contrario: recluirse entre cuatro paredes a pelearse por la chapa presidencial, por las posiciones en la lista de Senadores y de Diputados, por parcelas de un poder imaginario. Precisamente a imagen y semejanza de la política excluyente de las cúpulas que tanto repugna a la ciudadanía que identifica estas actitudes con la voracidad de los partidos tradicionales por los zoquetes. Pero hay una diferencia. Colorados y liberales se sacan los ojos durante meses, pero aprendieron a aceptar que todos salen perjudicados si no se produce la unidad después de las elecciones internas. Aunque tiene ciertamente un trasfondo oportunista, esta capacidad de dejar atrás los desacuerdos, ataques y hasta insultos antes enfrentar a las demás fuerzas políticas -que encuentra su expresión folclórica en aquello del “abrazo republicano”- tiene un resultado práctico evidente: por lo común colorados y liberales llegan con el máximo potencial a las elecciones generales, minimizando la fuga de votos. El lema es claro: es mejor pelearse en el poder que en la llanura.
En rigor, esta “unidad en la diversidad”, esta capacidad de contener las luchas internas más enconadas y después presentar un frente común, se sustenta en algo sencillo: reglas previas acordadas por todos los sectores, que se resumen en tres puntos: 1. Se intenta llegar a consenso y a acuerdos; 2. Si esto no es posible, se realizan elecciones internas transparentes y confiables y 3. El perdedor respeta la victoria del ganador y éste la fuerza que representa su adversario.

La negativa de las cúpulas de izquierda y progresistas a ir a una interna -una vez clausurada la posibilidad del consenso- y la defensa de la designación de candidatos “a dedo” por parte del líder indiscutido (se podría poner “único líder” y no estaríamos errados) es la confesión final de la total incapacidad de construir una alternativa democrática y socialista desde la gente y con la gente. Es también la medida del autoritarismo que anida en muchas de las propuestas y organizaciones que se reivindican de izquierda y que no superan el discurso dogmático y sectario.

Se cierra una puerta, se abre otra

Una virtud en política es la facultad de mirar la realidad de frente, tal cual es, corriendo todos los velos que deforman la visión. La crisis en los sectores de izquierda y progresistas debe representar el fin de una larga etapa caracterizada por la ausencia de pensamiento propio, de propuestas radicalmente democráticas que puedan seducir a sectores cada vez más amplios de la sociedad paraguaya. La violenta sacudida del 22 de junio puede representar la oportunidad de soltarse definitivamente del ancla de cierta dirigencia de izquierda autocomplaciente, incapaz de la menor autocrítica, con una visión anacrónica y autoritaria de la política.
Es la oportunidad de avanzar hacia una fundación de una izquierda auténticamente democrática, con estructuras internas que garanticen que la toma de decisiones y las estrategias políticas y de crecimiento se construyan desde la gente y no de la reunión de caudillos entre cuatro paredes.
Es la oportunidad de impulsar la fundación de una izquierda creativa y con pensamiento propio, que deje de lado definitivamente los dogmas ideológicos y los clichés, forje sus propuestas y programas en base al análisis concienzudo de la realidad paraguaya y con la participación amplia y plural de todos los sectores que la más profunda y genuina igualdad en la sociedad paraguaya.

Fuente: Colectivo Junius
Miembros: Ernesto Heisecke, Ricardo Benítez, Fernando Rojas, Carlos Rolón, Pepe Vargas, Jimi Peralta, Guillermo Blanco,
Noviembre 2012

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