La vida de María, vale

María era una mujer paraguaya felizmente casada. Uno de los sueños que tenía era el de ser madre. Ella quería tener un hijo o hija y formar una familia. Luego de varios intentos, llegó la buena noticia ¡estaba embarazada! Pero algo no andaba bien.  El embrión se ubicó en el abdomen y no en el útero, como es normal. Esto no hubiera pasado a mayores, si a un médico no se le hubiera ocurrido que eso, que en lenguaje médico llaman “emergencia obstétrica”, él lo consideraba un “aborto”, y por lo tanto, penalizado.  El embrión fue creciendo y presionando el ano de María, lo que le causaba un gran dolor y le impedía acostarse. Mientras, este médico, junto con otros, empezó a hacer montones de consultas, que si era legal, que si era ético, que si ella se podría morir, que si no.

El embrión crecía y se dieron cuenta luego que no solo estaba mal ubicado, sino que además, era anencefálico, es decir, no tenía masa encefálica y no podría vivir fuera del útero. No hubiera podido vivir ni si hubiera estado bien ubicado. Esto fue para los médicos un mero “detalle” y siguieron consultando.

El caso tomó estado público porque esta mujer decidió dejar de esperar y recurrió a la justicia. La jueza era otra a la que le gustaba consultar y a un amparo judicial que debe tener plazos brevísimos, le dio una semana de largas.

Afortunadamente, intervino el Ministerio de Salud con mucha cordura y puso las cosas en su lugar y a María le pudieron salvar la vida y tal vez hoy ya puede ser madre o ya lo ha sido.

Como María, hay miles de mujeres que quieren interrumpir un embarazo por diversas razones: porque las violaron y no quieren tener un hijo o hija de su violador; porque son niñas y las violó alguien de su propia familia; porque a pesar de desear tener un hijo o hija, el feto no tiene posibilidades de vivir fuera del útero; porque son pobres, tienen muchos hijos y ya no pueden mantener uno más; porque están solas, y miles de otros por qué.

Como sociedad no podemos dar la espalda a mujeres que tienen derecho a seguir viviendo, que no deben ser obligadas a arriesgar su vida por practicarse un procedimiento riesgoso e insalubre. Porque la penalización las ubica en la clandestinidad, donde nadie es responsable. Porque las que se apeligran son las pobres, las ricas pagan buenos lugares y se lo hacen en excelentes condiciones. Porque no podemos seguir condenado a las mujeres pobres a morir.

Porque deberíamos dejar de ser una sociedad hipócrita, donde penalizamos el aborto, pero no damos educación sexual para decidir y  no damos métodos anticonceptivos para no abortar.

Por todo esto, por María, por todas las Marías,  por la vida de las mujeres, hablemos de aborto.

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