La tragedia del Ycua Bolaños es a la ciudad lo que Curuguaty al campo

Aquel 1 de agosto de 2004 amaneció fresco, con un sol nítido, sanador. Un amanecer de cicatrizar urgencias. El día estaba para mimarse, sentir el cuerpo en las costas de Chacoí, tomarse un vinito, preparar el tallarín sin apuros o asar la carne a la parrilla. O acompañar el duelo de un reciente amor con mate con boldo, manzanilla y San Antonio en el bolsillo. El aire de Sajonia entró con susurros en aquel departamento sobre Alférez Silva. El cuerpo, agradecido por el aire fresco, la buena digestión y el amor febril, se acunaba para despistar a ese domingo. Laburar un domingo es una muy mala costumbre de nuestro oficio. No habría tallarines con laurel ni asados en que afirmarse como el varón de la casa ni Chacoí con sus patos negros y camalotes.

El tráfico tranquilo, el centro despoblado…sirenas, bomberos, incendio.

«Nada de otro mundo, seguramente», comentó un compañero. Un domingo amodorrado de recoger el periódico, aparentar que se comprende y se interpreta lo que se lee. De recrearse en la resaca, ubicar el teléfono de algún político encumbrado de turno, una o dos entrevistas, cerrar rápido las páginas, pelear diagramación y chau, antes de que se oculte el sol.

Ycua Bolaños se incendia, grita Pollo Rodríguez. “Napehendui piko”, interpela a los periodistas más cercanos.

“Vyresaréi ko, incendiondeko”, farfulla alguien en los alrededores despoblados de la sección Deportes.

Sobre la calle Artigas y Santísima Trinidad, el 1 de agosto, el supermercado de los Paiva se quemaba por dentro, con la gente adentro, encerrada.

Sabría recién ese día, en ese momento, que los Paiva habían construido ese monumento moderno.

Pronto las imágenes escupieron humo, cenizas y carbón. La apacible mañana de aquel domingo definitivamente dejaría en el ensueño las ganas de Chaco-í antes de que se ocultara el sol.

Trinidad, Trinidad, me acordé de los amigos de Trinidad. Me acordé de la huelga general de 1994, el piquete en Gas Corona, recordé las vías del tren y los días en IPS con Te’o.

“Yo me voy”, le dije a Pollo. Me voy. Disparamos con un equipo de fotógrafos. Chau Chaco’i. Chau.

En el camino recordé a Juan Pío Paiva. Lo recordé borroso, sentado detrás de una mesa con muchos billetes, en el super de Fernando de la Mora casi Gral. Santos. Recordé que yo, a fines de los 80, vendedor de menajes, intenté tantas veces en vano venderle algo. Es que compraba al contado, con pedido de descuentos de 30 por ciento. Mi comisión de vendedor nunca pasaba los 20%.

Ese Ycuá Bolaños se había ganado la fama de ser un almacén de ramos generales muy barato, pero, para llegar a construir ese monumento en Trinidad y otro supermercado en los alrededores del barrio Carmelitas, algo más que manejo de gran almacén debía tener, me dije. No sé por qué se me atropellaron ideas acerca de lavado de dinero. Por qué será que en nuestro país absurdamente irrumpen esas ideas.

Pronto su borrosa imagen se evaporó. Artigas estaba ausente, el club de Stroessner, el almacén de la Intendencia del Ejército, las fábricas de la rivera estaban ausentes, eran una galería desierta, pero desde muy lejos se escuchaban el atropello de sirenas y los estruendos.

La antigua Trinidad se despabiló de su desaparecido tren, de sus almacenes de barrio, las rivalidades del Triqui y el Rubio Ñu , se despabiló de su domingo de asados y tallarines hasta converger en un solo lugar como en los antiguos novenarios. Cómo describir aquel cuadro sino a través del espanto y del horror.

En el 2004, un giro de la historia mostró a Trinidad atropellado en ese santuario moderno de los supermercados. Tarde me enteraría de que Carolina no pudo sortear las puertas y que a la mayoría de los amigos trinidenses le faltarían velas para enfrentar su más profundo duelo.

Hoy, 23 de diciembre de 2014, liberaron a Juan Pío Paiva. Vi sus fotos. Leí el informe sicológico: egocéntrico, obsesivo e impulsivo, no asume su responsabilidad en la tragedia.

Lo leí. Me acordé de Blas N. Riquelme y de varios otros empresarios de este país que crecieron haciendo y deshaciendo a su antojo. Viendo al otro, al trabajador o al cliente, como prótesis de su intención y de su ruin poder. Y me digo: así como a este señor no se le ocurrió mejor y brillante idea que cerrar la puerta del supermercado para que la gente no vaya sin pagar, a otros más se les ocurre acribillar campesinos para ampliar su negocio. Y me acordé de la masacre de Curuguaty. No sé por qué.

 

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