La tortura del silencio

Ahmed Ben Bella, el más brillante cuadro político de todas las luchas de liberación del colonialismo en África, murió días atrás en la altura de Argel.

Ahmed Ben Bella (Maghniyah, Orán, Argelia, 25 de diciembre de 1916 - Argel, Argelia 11 de abril de 2012). Imagen: Pukmedia.

Por José Antonio Vera.

Ahmed Ben Bella, el más brillante cuadro político de todas las luchas de liberación del colonialismo en África, murió días atrás en la altura de Argel, en su casa del barrio Hydra, carcomido por la amargura de ver su país y el continente, sometidos por las mismas fuerzas extranjeras de dominación y usurpación de las riquezas nacionales y la esperanza de autodeterminación de los pueblos.

Admirable vida y trayectoria de quien fue el primer Presidente de la Argelia liberada de la ocupación francesa desde 1830 hasta 1962, una esclavitud que terminó tras ocho años de sangrienta lucha armada entre el ejército profesional de la potencia, que se lució en atroces métodos de torturas, y los patriotas, campesinos y criadores de camellos y cabras, improvisados combatientes que alistó el Frente de Liberación Nacional (FLN), y los convirtió en heroicos “mujaidines” (mouhaidin).

“El socialismo no existe”, me dijo una mañana en ese mismo domicilio de Hydra, a pocos días de haber salido del palacio-cárcel, “monumento al silencio”, donde sobrevivió 14 años, desde junio de 1965, cuando fue derrotado, hasta 1979, año en que recibió la autorización del Gobierno a retornar a una nueva existencia de libertad controlada.

Ya había estado en una cárcel francesa en Argel, tras un asalto frustrado, buscando recursos para iniciar la lucha armada, de donde escapó y se dirigió a El Cairo, recibido por Abdel Nasser, quien había convertido a Egipto en la meca de los luchadores contra el poder colonial y facilitó todo para la creación del FLN, con nueve cabezas, seis de las cuales, Ben Bella y otros cinco, fueron capturados en 1956 por cazas franceses en su primera misión al extranjero, tras realizar una reunión de la máxima dirigencia insurrecta en Marruecos. Pasó seis años preso en Francia.

El primer encuentro se produjo en un ambiente de desconfianza. Ben Bella miraba mi bolso a cada momento, sospechando que tenía un grabador, hasta que lo abrí totalmente, como al descuido, y recién aceptó darme una entrevista dos días después, cuando le pedí que me hablara sobre el CHE y su corta aunque muy fructífera relación de amistad. Su expresión, generalmente dulce, cambió totalmente y expresó alegría.

“Él fue el más auténtico revolucionario que he conocido, desbordante de generosidad, muy sensible frente a las injusticias, que tenía mucho más claro y avanzado que muchos de nosotros el proyecto de sociedad que todos queríamos, pero aún no habíamos diseñado”, comenzó, desbordando una memoria e inteligencia excepcionales.

Ahmed Ben Bella (derecha) acompaña a Che Guevara al aeropuerto de Argelia en 1964. Imagen: GTRES.

Quizás su único error fue vivir en constante revolución, pero fue tan grande su convicción revolucionaria e internacionalista, y las lecciones que nos legó, que todo análisis que podamos hacer acerca de él tiene una explicación lógica. Y en buena medida ello explica la forma en que lo asesinaron, “directamente la CIA y las oligarquías suramericanas, aunque no los únicos”.

El CHE sabía que la experiencia de la URSS y los países del este no servían ni para Cuba ni para Argelia,  “porque ahí no hay socialismo, ni tampoco en Cuba”, y coincidíamos en que cada pueblo tiene que construir su propia emancipación, con el derecho de reclamar el apoyo de todo país que haya conseguido su independencia y cuente con gobiernos democráticos y progresistas.

En esa larga y muy recordada conversación, Ben Bella pasó revista a infinidad de temas, en un comportamiento sorprendente en un hombre que salía de 14 años de confinamiento, “sin tener el más mínimo contacto humano, que es una de las más refinadas y crueles formas de tortura, recién algo aliviada en los últimos meses, cuando comencé a recibir la visita de mi compañera, que luego fue mi esposa, con algunos libros que le permitían ingresar, luego de rigurosa inspección”.

El 19 de junio de 1965, Ben Bella se había trasladado a la ciudad de Orán, unos 300 kilómetros al oeste de Argel, “para ver jugar a Pelé”, cuando se enteró que había sido derrocado por un Golpe de Estado encabezado por el Coronel Houari Boumedien, su Ministro de Defensa y uno de los combatientes más heroicos del FLN.

Argelia no fue una excepción en la puja constante que se ha dado en el mundo al interior de las fuerzas revolucionarias, entre el ala política y el ala militar, de fácil verificación desde los primeros años de la Unión Soviética, hasta los movimientos anticolonialistas y las insurrecciones armadas del subcontinente americano, cuyos primeros balbuceos de procesos de transformación estructural de la sociedad han fracasado al imponerse el aparato armado a la conducción políticoideológica.

Una semana antes, supe después, un periodista estadounidense, creo que de apellido Trabulssi, le había espetado a Boumedien: “¿Cómo va la conspiración, señor Ministro?”, a lo que el muy respetado último jefe militar de la guerrilla le respondió “Très bien”, y prosiguió con su parquedad de siempre, la que lo acompañó hasta su muerte en 1977, cuando se había convertido en un prestigioso estadista, y uno de los más solidarios con las luchas populares en todos los continentes.

El tenebroso Henry Kissinger, con el entonces opositor español Felipe González al lado, ya precoz en su incondicionalidad al imperio,  nos contó un año antes que había llegado a Argel para solicitarle dos cosas a Boumedien: 1) que utilizara un crédito que le había concedido a Argelia el Banco Mundial, en la privatización de los servicios de salud, el agua y los puestos fronterizos aire, mar y tierra; y 2) que, en tanto Jefe de Estado, reconocido por la ONU, abandonara su nombre de guerra y comenzara a usar el oficial de Mohammed Berrouaghuia.

La respuesta, contada personalmente a un grupo de cinco periodistas por el teórico del Plan Cóndor para Suramérica fue la siguiente: 1) somos una nación independiente y utilizamos los préstamos extranjeros en lo que nosotros, soberanamente, consideramos más necesario; y 2) no sólo continuaré con mi nombre de guerra (Bumedien), sino que también con mi fusil, mientras haya fuerzas que someten a los pueblos y les impiden su autodeterminación. Ejemplar dignidad.

“Nunca más hablé con Bumedien después de junio del 65, ni siquiera de inmediato al golpe, pero según me están llegando versiones ahora, siempre se opuso a los oficiales y civiles que querían asesinarme”, me dijo un Ben Bella cabizbajo, a quien se le acusó de populista, de hablar de reforma agraria y no hacerla y de nacionalizar el comercio y las pequeñas industrias, al tiempo que dejaba libre a las transnacionales la explotación de los inmensos yacimientos de petróleo y gas, del sur del país, cosa que su sucesor hizo poco tiempo después de asumir.

En su momento, el derrocamiento fue condenado por el mundo progresista, que lo consideró una agresión a todo el movimiento anticolonialista y, en especial, contra el ejemplo de la revolución cubana y el Movimiento de Países No Alineados, pues coincidía en fecha, aunque probablemente no en los objetivos, con los Golpes de Estado en Brasil e Indonesia, contra los gobiernos de Joao Goulart y el General Soukarno.

Por entonces, el NOAL se había consolidado como fuerza de mucha incidencia en las relaciones internacionales, a 20 años de su conformación por los líderes de China, India, Egipto, Indonesia y Yugoslavia, revigorizado con las figuras de Ben Bella y Fidel Castro, quien calificó el Golpe argelino como un acto artero, “con la complicidad de esa madame butterfly” (el entonces Canciller y actual Presidente de Argelia, Abdelaziz Bouteflika).

En los tres años de la presidencia de Ben Bella, Argel fue refugio y campo de formación guerrillera de infinidad de luchadores de varios países, y junto con el CHE, según las palabras de quien viene de morir a sus 96 años, “organizamos varias operaciones que siempre me han enorgullecido y, junto a mis sentimientos religiosos, ayudado a soportar mi calvario y alimentar mi confianza en la lucha libertadora e internacionalista”, y citó algunos casos, incluso uno revelando un asombroso acuerdo con el franquismo.

Sudafricanos que luchaban contra el apartheid, entre ellos Nelson Mandela, numerosos combatientes anticolonialistas de varios países de ese continente, vietnamitas, palestinos, y hasta suramericanos, incluso muchos de diferentes orígenes ideológicos, encontraron siempre solidaridad efectiva en esa Argelia que, de verdad, años después se prolongó bajo Boumedien, aunque sin el romanticismo que guió siempre el accionar conjunto de Ben Bella y el CHE.

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