La toma de Encarnación

Un relato sobre Félix Cantalicio Aracuyú, el libertario paraguayo que participó de la histórica toma de Encarnación del año 1931.

Félix Cantalicio Aracuyú, según Charles Da Ponte.

La toma de Encarnación. Suena tan extraño hoy, tan extranjero, tan improbable ante tanto público y tan pocos y malos actores, pero en la madrugada del 20 de febrero de 1931 la ciudad de Encarnación amanecía tomada. Sin derramamiento de sangre, para que veas. Porque no era pues una cuestión de que un grupo viniera y tomara el poder y listo; aquello fue la culminación de un proceso que fue vivido, palpado por el pueblo, vivenciado por él, por organizaciones de obreros y de estudiantes.

La toma era parte de un plan preparado que, al malograrse las insurrecciones en Asunción y Villarrica, quedó huérfano del apoyo que se esperaba. No prendió el levantamiento campesino en Arroyos y Esteros; el golpe en Concepción tampoco se dio por dificultades de comunicación… Un enredo. Si hubieran tenido Internet o celulares en aquel entonces, otro pito pu hubiera sonado. Aunque puede que, si disponían de todo ello en aquella época, a lo mejor tampoco se dedicaban a armar revolución alguna. El caso es que las cosas no salieron. Y no es que haya sido así nomás, una intentona a ciegas llevada a cabo por un montón de locos revoltosos. La toma de los puntos extremos y medio de la línea de ferrocarril que unía Asunción, Villarrica y Encarnación obedecía a un plan estratégico: la paralización de la única vía terrestre  de comunicación directa y eje del movimiento comercial interno y externo del país. Lo mitã nio pensaban las cosas. Y había pasión. Y había ideales que tiraban de ellos hacia un futuro deseable. Y se peleaba por ellos. El presidente en ejercicio era José P. Guggiari, quien después de desmantelar el alzamiento, soltó a sus perros  en una violenta persecución para aplastar cualquier foco subversivo.

¿Que a cuento de qué te hablo de todo esto? Para pintarte el tiempo de Aracuyú, el mestizo Félix Cantalicio Aracuyú, uno de los participantes en la toma de Encarnación. De él lo que quiero hablarte un poco.

Dicen que era un tipo alto, flaco, hijo de madre india y padre negro, un tipo humilde, oriundo de Belén, en Alto Paraguay, allí por ahí, cerca de Concepción pero cruzando el río. Simpático es que haya recibido educación primaria en la parroquia de su localidad y que haya actuado de monaguillo en la misma, teniendo en cuenta su posterior militancia anarquista. Pero la vida es demasiado revuelta para pedirle explicaciones claras.

Cuando de joven vino a Asunción, Aracuyú se metió a pintor de brocha gorda, integrándose de fino al Sindicato de Resistencia de Obreros Pintores. Sí, no me mires con esa cara que no estoy inventando nada. Esas instituciones existían, accionaban, luchaban. Los trabajadores se juntaban para exigir sus derechos a empleadores que afirmaban que no tenían ninguno excepto el de ser explotados. Igualito que hoy, ¿verdad? Solo que hoy suena increíble lo que te cuento por el sabotaje sistemático que los amos de arriba han ejercido sobre los esclavos de abajo. La labor de descabezamiento y dispersión se ha hecho con una dedicación tal que esa incredulidad en tu cara es una comprobación viviente de su éxito.

Pero sigamos con el mestizo éste. Cuentan que Aracuyú no sólo pintaba paredes, sino que hacía de todo, cualquier changa, para ganarse el sustento, además de cultivar una quinta que tenía y cuyos productos vendía en el mercado. Y leía. Y hacía vida pública, asistía a los mitines, organizaba gente. Cuando asistía a un acto, se presentaba con su único traje, que reservaba para tales ocasiones, y hablaba desde la tribuna, tanto en guaraní como en español. Dicen que tenía un carisma muy especial como orador y que las personas lo respetaban.

Claro que todo ello también le convertían en el blanco preferido de las autoridades de turno, para quienes resultaba una molestia constante. Dice que una vez lo mandaron confinado a Bahía Negra, en el Chaco. Y que, después de un tiempo, ahí nomás le soltaron, sin medios para nada, en medio de la nada. Veinte días más tarde, sin embargo, apareció Aracuyú en Encarnación: un trayecto de norte a sur del territorio paraguayo que no sé cómo explicarte lo que era en aquella época.

Otra anécdota es la de esa vez que había una huelga de tranviarios en Asunción. Mil nueve veinticuatro. Enero parece. Sí, enero de 1924. Aprovechando el conflicto, el gobierno quiso destruir al movimiento libertario, que tenía mucha influencia en el ambiente sindical, y comenzó a arrestar y deportar gente. Aracuyú y un grupo de compañeros fueron llevados hasta el cerro Pão de Açúcar, en Matto Grosso, y abandonados en Terere kua, en plena selva. Que se perdieran, que murieran por ahí, ése era el objetivo de la acción gubernamental. Lo cierto es que el grupo completo viene llegando un día a Encarnación: habían recorrido doscientas ochenta leguas de monte, alimentándose de lo que podían cazar, o de raíces y frutas, qué sé yo. Pero el asunto es que regresaron, guiados por el mestizo.

Como te decía antes, Aracuyú también participó de la toma del 31, donde fue gravemente herido. El balazo que ligó se le descompuso y apenas sobrevivió a los días que siguieron.

Tras 16 horas de ocupación, aplacado el alzamiento, se tomaron diecisiete prisioneros, entre ellos el mestizo, y fueron embarcados en el barco de guerra «Tacuarí». A sus familiares y amigos se les dijo que iban a ser trasladados a Asunción. La usual jugada sucia de distraer y angustiar, sabés luego. Mientras tanto, la embarcación remontaba el Paraná río arriba, dejando pequeños grupos de prisioneros de trecho en trecho, abandonados en la selva, hasta que no quedaron sino diez. De éstos se decía que cinco serían fusilados sin más trámite. Pero un confuso incidente entre los comandantes del «Tacuarí» permitió que todos regresaran a Encarnación, donde permanecieron en prisión hasta su traslado final a Asunción. Allí estuvieron adentro hasta mayo o junio de ese año; después les liberaron pero sólo para ser deportados a Posadas, Argentina. Aracuyú moriría recién hacia comienzos de la década del 70 más o menos.

Y eso era lo que quería contarte. Que, aunque nos quieran convencer de lo contrario, los verdaderos héroes no llevan uniforme de milico ni usan calzas y capa. Que no siempre hemos sido los paraguayos tan dóciles, tan mansos y parecidos al ganado, y que no ha pasado tanto tiempo de ello. Que no tenemos por qué reírnos de que nos aplasten ni enorgullecernos de ser esclavos por vocación ni aceptar la estupidez como único estilo de vida. Que si bien la situación general es gravísima, ello también significa que queda mucho por hacer, mucho por construir. En fin, que Aracuyú sigue vivo en todos nosotros, intentando abrirse paso trabajosamente a través de la maraña de adormecimiento que nos llena por dentro.
También te doy esto de jápa: un fragmento del manifiesto del Nuevo Ideario Nacional, fruto de un pujante movimiento estudiantil y de un vasto proceso de remoción de conceptos viejos y atrofiantes de aquella época, mayo de 1929:

«Para esta lucha llamamos al pueblo a la calle y abrimos, en plazas y boca-calles, la Escuela de la Revolución. Queremos hacer revivir en la conciencia de la nacionalidad el espíritu inmortal del año 1811. Batallamos por la tercera, la última emancipación del pueblo paraguayo».

Nota: versión libre de Charles Da Ponte, basada en el libro «1931: la toma de Encarnación», de Fernando Quesada, publicado en 1985.

 

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