La resistencia ciudadana al Golpe

Resistir es oponerse y de este acto depende la permanencia de lo que intenta ser arrasado, así como la reconfiguración de lo que busca ser impuesto.

1El golpe del 22 de junio de 2012 interrumpe y rompe un proceso en Paraguay –el de la lenta y difícil construcción democrática– y permite retomar, actualizándolos, los diversos caminos de la resistencia. Esta reflexión de la experiencia de resistencia ciudadana en el tiempo pos-golpe está hecha desde la vivencia, no como una espectadora externa, sino como una más de las muchas personas que vamos pensando y expresando resistencias.

La resistencia no es nueva

Quizás habíamos soñado, sobre todo en la segunda década de la pos-dictadura, que ya no deberíamos resistir tanto y todo el tiempo. Quienes vivimos el periodo stronista teníamos la experiencia, más o menos larga y más o menos dura, de la resistencia antidictatorial. Muy diferente, pero fuente de nuestros peores fantasmas. Durante la primera década de la transición, resistimos muchas veces a los peligros del retorno del poder militar. Se había ido el dictador, pero no su partido, y tampoco se habían ido quienes desde las fuerzas armadas habían sido actores centrales tanto del régimen como del golpe de 1989 y de los primeros gobiernos de la transición. El marzo paraguayo en 1999, el gran quiebre de ese poder militar y la gesta ciudadana con sus mártires, fue el momento cumbre de ese tiempo, y marca una segunda fase donde ya era posible soñar con que ese poder ciudadano se podía consolidar hasta concluir en lo que parecía una de las metas imprescindibles del proceso de democratización del Paraguay: la alternancia política pacífica.

Otras resistencias habían recorrido nuestra historia, pero fueron silenciadas por el relato y la memoria, acalladas con crueldad en tiempos dictatoriales y marginalizadas en tiempos de democratización. Los ejemplos abundan, pero es preciso señalar a la resistencia indígena, tan invisible que mucha gente cree en Paraguay que no existió. O a la resistencia campesina, traducida en la lucha por la tierra, en los más de cien muertos sin justicia del periodo pos-dictatorial y en temas que suelen ser vistos como “propios” de esos sectores y nada más, como los de soberanía alimentaria, lucha contra los agrotóxicos, oposición al avance de la agricultura extensiva, intensiva, expulsiva, transgénica y agrotóxica. O a otras resistencias, como las de las mujeres, pugnando siempre por un ingreso diferente al mundo de la política y un cambio de mentalidades, así como las de los muchos sectores discriminados por diversas razones.

Nuevas resistencias habían empoderado a la ciudadanía en los meses previos al golpe de junio, como la que se oponía a los mecanismos más profundos y consolidados de acceso, aprovechamiento y permanencia en el poder político: al clientelismo, al uso discrecional de los recursos del Estado y al manejo de los aparatos partidarios de manera corporativa por parte de impresentables de la política paraguaya. El llamado after office revolucionario colocó en escena, de manera gloriosa, la existencia de una ciudadanía que exigía cambios.

Así que el golpe de junio nos retorna de golpe y porrazo a aquellas resistencias tan profundas y también a otras nuevas, así como al autoritarismo que les dio motivo.

El golpe cambia la resistencia

Pero el golpe de junio cambia también cualitativamente el sentido de la resistencia:

 

  • Las referencias comunes a la resistencia antidictatorial se resquebrajaron y rompieron. Haber resistido a Stroessner ya no colocaba a la gente en un lugar compartido, como durante gran parte del tiempo pos-dictatorial había parecido. Cuatro años de alternancia política y una alianza mal sucedida con el Partido Liberal sirvieron para que nos percatáramos, de manera más bien brutal, de cuán diferentes ideas de democracia alentaban a muchas de las personas y sectores que compartimos la resistencia antidictatorial y la resistencia a las amenazas golpistas de la transición. Caímos en cuenta entonces de que quienes hablábamos al unísono de democracia, no hablábamos de la misma cosa. El golpe termina de destruir, estrepitosamente, la posibilidad de futuro de otra alianza entre quienes habían sido oposición hasta el 2008, que habían logrado entonces unirse tras el objetivo de alternancia.
  • Se rompió la nueva unidad ciudadana en torno a los usos y abusos del poder político. Esas manifestaciones y la fuerte crítica al uso partidario de recursos públicos no resistieron al golpe y no pudieron hasta ahora ser reprisadas con la fuerza y la unidad de sentido que las habían alentado en mayo de 2012. Las pertenencias partidarias volvieron a primar sobre las críticas a los propios, y pudimos ver los límites del auge espontáneo de una expresión ciudadana atenazada por tantos factores de poder real.
  • El golpe obliga a recrear los discursos y los modos de la resistencia. La experiencia del 22 de junio, cuando a minutos de haber concluido el juicio político la manifestación fue disuelta no sólo por la inmediata represión, sino sobre todo por el desconcierto y ambigüedad de quienes acababan de ser sacados del gobierno, permitió ver que no sería fácil retomar el camino de la resistencia masiva y unificada ante el quiebre. El silencio de los medios empresariales y el inmediato intento de copamiento de los medios públicos fueron las señales de que la nueva realidad traía consigo un discurso de “nueva verdad”. La resistencia se tuvo que transformar, diversificar, capilarizar. Tuvo que buscar sus modos de supervivencia y expresión. La toma de la TV pública, los escraches espontáneos o planificados, los espacios de expresión virtuales –redes sociales, revistas, videos–, los jueves de resistencia frente al Panteón, los carnavales improvisados, se volvieron elementos, herramientas y formas de resistencia según el momento.

 

  • A partir de esta experiencia, hay cuestiones que parecen ahora evidentes:

–           La resistencia no fue ni será expresada en actos masivos y totales. No habrá marchas multitudinarias ni paralizaciones del país, ni un contragolpe propinado por la ciudadanía resistente.

–           La resistencia no fue ni será coordinada por una entidad única que orientará a la ciudadanía democrática acerca de cómo y cuándo resistir. No hay comando central. No hay jefaturas ni referentes principales. El éxito depende de la capacidad de diversificación, permanencia e infiltración en el sentido común de la ciudadanía paraguaya.

–           La resistencia no derivará automáticamente en expresión política electoral. No es ni unívoca, ni luguista, ni sólo de izquierdas. El sector que resiste no votará necesariamente a una candidatura señalada, ni está apegado a figura electoral alguna. No hay sector que pueda atribuirse la capacidad incontestada de catalizar la resistencia en viabilidad de una propuesta electoral, si bien la unidad antigolpista frente a las futuras elecciones es un deseo compartido que merecería, como mínimo, un plan sólido para alcanzar el objetivo.

–           La resistencia no derivará necesariamente en posibilidades de restauración democrática hasta el punto al que habíamos llegado. Posiblemente sea más fácil que el Paraguay recupere sus formalidades democráticas a través de unas elecciones aceptables que la recuperación de lo perdido.

 

  • Y, finalmente, un cambio cualitativo relevante: Luego del golpe se “desmarginalizaron” algunas resistencias y cobraron dimensiones acordes a su real importancia. La tierra, el drama campesino, los transgénicos y otros, que eran vistos como “temas sectoriales”, pasaron al centro de la cuestión política, y también de la resistencia. Curuguaty, con su macabra puesta en escena, mostró la magnitud de la realidad y la relevancia de estos temas. Las personas  campesinas injustamente imputadas y presas, en huelga de hambre, interpelan a nuestra capacidad de resistir realmente y con alguna posibilidad de éxito a los poderes desplegados y alzados con el golpe.

Resistir es crear y recrear sentidos y posibilidades

¿Para qué resistimos, entonces? ¿Si no vamos a coordinar todos los esfuerzos, ni vamos a hacer demostración masiva de fuerzas, ni sea claro que vayamos a ganar elecciones, si no sabemos siquiera si volveremos a una democracia aceptable y es seguro que no recuperaremos lo perdido, o al menos no de la misma manera?

 

  • La resistencia es al silencio, a la negación y a la normalización. Pese a todas las limitaciones señaladas, una de las cuestiones más auspiciosas es que se instaló una contestación al “aquí no pasó nada” con que insistentemente se buscó dar legitimidad al golpe.

 

  • Es una oposición a los mecanismos de defensa asumidos por el sector golpista: a la negación de la ruptura, a la proyección de las propias acciones antidemocráticas en el gobierno derrocado. Es también una forma de obligar a los actores del golpe a que asuman (incluso por vía de pequeños reconocimientos involuntarios) algo de responsabilidad ante sus actos.

 

  • Es la forma de dar voz a quienes han sufrido y están soportando la parte más dura de esta ruptura democrática, a quienes están en prisión y en huelga de hambre. Es oponernos al discurso neo-stronista, al de la “paz y el progreso” que negaba a las personas presas, torturadas y desaparecidas, al del odio al “cuco de la izquierda” y de las apelaciones al nacionalismo barato con que intentan disfrazar la barbarie y el retorno al pasado.

 

  • Es una recreación de los sentidos de la democracia y la reapertura de un diálogo, que prácticamente estaba clausurado, acerca de qué en realidad queremos construir cuando decimos que queremos vivir en democracia.

 

1Este escrito fue preparado para el acto de presentación en Paraguay del libro Franquismo en Paraguay. El golpe, compilado por Rocco Carbone y Lorena Soler. A ellos mi agradecimiento por el trabajo para que dicha obra exista y llegue al Paraguay, pues expresa la solidaridad de quienes comprendieron la magnitud del impacto sufrido por la ciudadanía paraguaya y su camino de construcción democrática

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