La poesía en un mundo desgarrado

En el Auditorio Amba’y, de la Universidad del Norte, fue presentado el pasado miércoles 6 de noviembre el libro de poemas Litterae III, de Miguel Ángel Fernández.

Portada del libro presentado el pasado miércoles 6 de noviembre.

El acto se dio en el marco de un homenaje al escritor francés Albert Camus, cuyo centenario se cumple este año.

Juan Manuel Marcos, Rector de la Universidad del Norte, presentó el libro, destacando los valores de la poesía de Fernández, pues la misma «tiene mucho que decir a la generación actual ―esa que debe prepararse para luchar contra el desencanto, y no para hundirse en sus ciénagas y sus antros, con el mismo ímpetu con que la anterior combatió el terror y la cobardía de un Estado podrido y ratero, que todavía no ha cambiado. […] No se trata de copiar estilos caducos, sino de recordar el futuro, vivir los sueños. Dice el gran humanista y erudito Harold Bloom: ‘Emerson oponía el Partido de la Memoria al Partido de la Esperanza, pero eso era en una Norteamérica muy distinta. Ahora el Partido de la Memoria es el Partido de la Esperanza, aunque la esperanza haya menguado’. Igual podemos decir que hoy en el Paraguay el Partido de los recuerdos heroicos es el Partido de los sueños, aunque hayan menguado. Porque poetas inclaudicables como Miguel Ángel Fernández están ahí para ayudarnos a levantarnos».

El volumen contiene además una serie de dibujos y grabados de Carlos Rolandi, así como apreciaciones de Carlos Mastronardi, Alejandra Pizarnik, Augusto Roa Bastos, Jorge Aiguadé y otros.

Reproducimos las palabras del autor, Miguel Ángel Fernández, que se refirió al hecho poético en los siguientes términos:

La poesía, ¿es un divertimento, una efusión sentimental, un testimonio, una denuncia, un acto de protesta, un discurso mágico, mítico, ideológico, filosófico? ¿Sirve la poesía para algo? ¿Qué entendemos por poesía? ¿De qué poesía estamos hablando?

No hay, seguramente, una respuesta unívoca y absoluta a estas interrogantes. Cada uno de nosotros, en algún momento, se habrá hecho preguntas semejantes y, probablemente, pocos habrán tenido certezas respecto a ellas.

En un extremo sitúo lo que llamo divertimento. Soslayo a propósito el término juego, la actividad lúdica, que una respetable corriente teórica considera consustancial al arte, a la poesía. Hablo de la poesía como entretenimiento, que tiene larga tradición, pues a lo largo de la historia se ha dado también el hecho poético como actividad sometida y servicial: recordemos al poeta cortesano, a Horacio o Virgilio, recordemos al juglar-saltimbanqui que en plazas y atrios entretenía al pueblo en la baja edad media o al trovador que vivía de las dádivas de su señor y rendía sus versos al pie de las damas feudales. La figura del versificador adulón, que canta loas al poder y al poderoso es bien conocida entre nosotros. Esa clase de poesía todavía tiene muchos practicantes en nuestras circunstancias.

En el otro extremo, la poesía comprometida, que no tiene buena prensa y es mal vista en los círculos de cultura distantes de las miserias del arroyo, como decían los modernistas de antaño. Cierto es que muchos, demasiados malos versos se han perpetrado a favor de las causas populares y ello ha desfavorecido ante la crítica erudita a este tipo de poesía.

Otras dimensiones han llamado la atención de los estudiosos del hecho poético. Ya las he mencionado. Por ejemplo, recordemos al shamán nativo que convoca a los espíritus con palabras de poderosa resonancia, los Ñe’ë porä, las palabras hermosas… El indígena guaraní, en efecto, asume sin esfuerzo la dimensión poética porque en su pensamiento mítico raigal el lenguaje humano hace parte de la divinidad creadora.

La resonancia metafísica, ontológica, de los grandes mitos cosmogónicos de la humanidad se proyectan sobre toda la historia de la poesía. No olvidemos a Parménides de Elea y Heráclito de Efeso, a Lucrecio en su De rerum natura, a Dante, a T. S. Eliot… Esa poesía, aunque infrecuente hoy, también está viva.

¿Y cómo no reivindicar la efusión amorosa ―no la efusión sentimentaloide― que a través de todos los tiempos da esplendor a grandes textos poéticos en todo el mundo?

Mi generación fue poco afecta a practicar la llamada “poesía social” o “poesía política”. No por dar la espalda a la realidad sangrante de nuestras circunstancias sino por cansancio de las formas estereotipadas que fueron imponiéndose a través de algunas prácticas epigónicas. Esa realidad sangrante fue la condición de nuestra existencia, y mi poesía da cuenta de ella en momentos particularmente dolorosos.

La poesía rebelde, contestataria, incluso panfletaria, tiene raíces muy antiguas. ¿No eran grandes poetas rebeldes los profetas del Antiguo Testamento? Y en nuestra época, ¿quién puede negar la pertinencia, intensidad y altura de los poemas revolucionarios de César Vallejo, Pablo Neruda, Hérib Campos Cervera, Augusto Roa Bastos, Carmen Soler y tantos otros que se han reconocido en el destino libertario de nuestros pueblos? ¿No golpea aún nuestros corazones esa gran voz española y universal que es León Felipe, una voz desgarrada por el horror fascista que arrasó España a fines de la década del 30?: Toda la luz de la tierra / la verá un día el hombre / por la ventana de una lágrima… / Españoles, / españoles del éxodo y del llanto: / levantad la cabeza / y no me miréis con ceño, / porque yo no soy el que canta la destrucción / sino la esperanza.

Algunos años después, tras el desastre la guerra civil de 1947, Augusto Roa Bastos expresaba similar esperanza para su tierra: Hundida hasta la frente con su carga / de escombros y de vivos corazones, / mira pasar el tiempo en una larga / sucesión de esperanzas y muñones, / hasta que rompa su prisión amarga / el puño popular de sus varones.

Ira, dolor y esperanza, he ahí las marcas de sangre de esta poesía viva, que subsume la ternura y la pasión amorosa, el ansia de totalidad del espíritu humano, poesía de incandescencia existencial y social, que asume la condición humana en su entera verdad, en el esplendor y la plenitud del arte.

Hace mucho tiempo —para terminar hablando en términos personales—, en una especie de poética, hice una apelación al silencio como morada de la poesía: Ya que no eres puro, castiga tu lengua, calla; / limpia tu corazón de alimañas; límpialo de palabras. Vuelve al Silencio. / Pero guárdate de la mudez, de la muerte de la Palabra. / El Silencio no es la mudez, es la Casa de la Palabra. / El Poema es el Camino de la Palabra. (…) / Limpia el Camino, castiga tu corazón, no te envanezcas de la Belleza. Merece la Poesía.

He guardado silencio durante mucho tiempo y pocas veces he merecido la poesía. Pero la historia, la historia viva que sufrimos, me ha enseñado que el poeta es también un hombre entre los hombres, un hombre lacerado como la vasta humanidad que sigue padeciendo opresión y explotación, tortura y muerte, un testigo inerme frente a la voluntad genocida que arrasó Vietnam, que segó millones de vidas y destruyó en Irak los tesoros sumerios —patrimonio de la humanidad—, que asesinó a millares de chilenos, argentinos, uruguayos y paraguayos durante la guerra sucia que ordenó el imperialismo, que amenaza hoy a Cuba, Venezuela, Bolivia, Ecuador y a todos los pueblos que asumen su soberanía y se levantan contra la bestia voraz. Entonces, en esta hora y en este mundo desgarrado, tengo que decir:

Parte el silencio en dos

­―basta un hachazo―,

engulle una porción,

y basta. Lo demás,

para las hienas ―no acabes

con empacho

y mudo;

que el silencio-mudo sea,

finalmente,

el túmulo de las hienas.

Puede que, entonces,

eches a volar y el canto

sea tuyo y el de todos,

hombres, por fin, enteros.

 

Comentarios

Publicá tu comentario

Este mensaje de error solo es visible para los administradores de WordPress

Error: Las solicitudes de API se están retrasando para esta cuenta. No se recuperarán nuevas entradas.

Inicia sesión como administrador y mira la página de configuración de Instagram Feed para obtener más detalles.