La muerte de un pyragué

Acerca del fallecimiento Rodolfo Schaerer Peralta, con el perdón de los oprimidos y las memorias que nunca fueron.

Rodolfo Shaerer Peralta.

Rodolfo Shaerer Peralta.

La noticia de la muerte del locutor de radio y profesor Rodolfo Schaerer Peralta fue acompañada de acertados comentarios que recordaron el negro papel de pyragué al servicio de la dictadura de Stroessner del que se le acusa. Quiero discutir en esta oportunidad dos hechos ocurridos después de su muerte, hechos muy representativos de lo que sucede cuando personas que tienen responsabilidad directa o política en los crímenes de lesa humanidad fallecen. El primero se trata de los llamados a perdonar a estas personas, realizados principalmente por seres cercanos al fallecido y, de manera más llamativa, por afectados y activistas políticos progresistas. El segundo es que la noticia fue también acompañada de una enorme cantidad de pésames y cariñosas despedidas en comentarios, principalmente, de sus exalumnos.

El perdón de los oprimidos

Aunque por motivos distintos, es entendible que personas cercanas a Rodolfo Schaerer Peralta, así como personas vinculadas políticamente a la dictadura de Stroessner, hagan llamados a perdonar los posibles hechos de delación que pudieren haber sido perpetrados por el recientemente fallecido.

Lo que resulta llamativo es que activistas políticos de derechos humanos y de izquierda también hacen llamados al perdón de Rodolfo Schaerer Peralta. “Nosotros no somos como ellos”, “nosotros sí sabemos perdonar”, “hay que pensar en los familiares del fallecido” son frases que marcan el tono de estos llamados al perdón.

Ésta no es una actitud particular del caso de Rodolfo Schaerer Peralta. Estos llamados a la sumisión pasiva son realizados cada vez que fallecen personas acusadas de tener responsabilidad al menos política, o de participar directamente, en crímenes de lesa humanidad. Frases similares se escucharon cuando falleció Montanaro.

Stroessner junto a Schaerer Peralta y Miguel Angel Rodriguez, dos incondicionales a la dictadura. Foto: Archivo de Natalia Ruiz Díaz.

Primero quiero aclarar que no estoy en contra del perdón como un acto personal que puede ayudar a cerrar un proceso en el corazón dañado de una víctima. Es cierto que el perdón puede tener sus enormes beneficios. El que una víctima viva obsesionada con rabia hacia su victimario puede convertirse en un constante castigo que periódicamente vulnera a corazones ya magullados. Exigir y promover el odio ciertamente puede no ser el mejor camino para ayudar a cerrar las heridas a nivel personal y social. El perdón de cierre es algo que me ha ayudado mucho a mí personalmente a superar los horrores de la dictadura, pero superarlos no es olvidarlos, es poder levantarse y tener fuerzas para vivir y luchar para que esto no vuelva a suceder nunca más. Aun así, respeto enormemente las otras formas que tienen los compañeros de lidiar con estas atrocidades y, por sobre todo, no reprocho a quienes no comparten esta forma de sobrellevar dolores que siempre son imposibles de resolver. Deseo que encuentren la paz, pero como bien decía Malcolm X:

“No existe la paz sin justicia, pues nadie que vive en la injusticia puede vivir en paz.”

Al igual que el caso de la violada que es responsabilizada de la violación (“ella luego andaba con minifaldas”), se corre el enorme peligro de culpabilizar a las víctimas de las atrocidades del propio dolor que tienen. Es como decirles:

Vos, en este momento, tenés que tener amor por tus victimarios ¿Sentís odio por ellos? Bueno, pues ese odio es culpa tuya. El problema está en vos, que no podés aceptar que tu hijo está muerto, o que te torturaron, o que viviste por décadas fuera del país y ahora no podés volver. ¿Te pesa? Bueno, pues deberías manejarlo. Si sentís odio por ellos, es que algo vos estás haciendo mal y tenés que resolverlo.

Me imagino a una madre golpeándose el pecho y sintiendo culpa por el odio que le tiene a los asesinos de su hijo. El perdón-culpa es una doble tortura para quienes ya han sufrido lo insufrible.

Otro argumento que estamos escuchando en estos días es que recordar las acusaciones en contra de Rodolfo Schaerer Peralta es cruel para su familia. Una compañera me decía ayer: “¿Y qué pasa con el dolor de las familias de las víctimas?” Tiene toda la razón. Las fotografías de los familiares de las víctimas no aparecen en la noticias de la muerte de estos personajes. Yo no tengo odio. Tengo amor. Y por quienes más amor siento es por las víctimas y sus familiares.

Es también importante recordar que los familiares de personajes que participaron en la dictadura de Stroessner tienen una responsabilidad, como la tenemos todos, de sentar posiciones respecto a los crímenes en la época de la dictadura. Un simple “era mi padre y lo quiero como padre, pero en general reprocho los crímenes que se cometieron en ese período” marcaría una gran diferencia.

Hay familiares que van mucho más allá. Cabe recordar el caso de Ana Rita Vagliati, anteriormente Ana Rita Pretti, hija de un represor de la dictadura argentina, el comisario Valentín Milton “Saracho” Pretti. Ana solicitó judicialmente la supresión de su apellido paterno, del que sentía vergüenza por estar “lleno de sangre y dolor” [1]. Este caso muestra que es posible tomar este tipo de actitudes y en sí mismo interpela a los familiares de personeros de la dictadura.

Políticamente, las consecuencias de este tipo de “llamados al perdón”, cargadas con la tiranía de la sobresimplificación y dentro de un contexto de crímenes de lesa humanidad, pueden tener consecuencias desastrosas. El perdón del oprimido, lobo-sentencia, se pone pieles de oveja y pretende aparecer como una instancia de pacificación entre dos polos en conflicto. En esta imagen los polos en conflicto son presentados como dos entidades equipotentes, cuando en realidad las diferencias de poder que existen entre estos dos polos son enormes y emanan de las groseras diferencias sociales que configuran la raíz del conflicto. Esta supuesta neutralidad se nutre así de una negación de la injusticia, como lo sería por ejemplo el describir a una violación como “un conflicto entre un hombre y una mujer”.

El perdón se erige así como un valor conservador que ayuda a naturalizar y perpetuar crímenes horrendos y, más ampliamente, situaciones de opresión. El perdón es promovido como un valor en sí y como una señal de grandeza moral: la serpiente susurra al oído de las víctimas, brindando la promesa de reconocimiento por parte del poder a quienes dan muestras de cariño con sus victimarios. Se hincha el pecho de quienes están concediendo una victoria política a los torturadores y asesinos con una sensación de superioridad moral, que es en realidad la aceptación de un valor impuesto por el poder. De manera nada inocente, el perdón es impuesto en este tipo de situaciones como solución a los conflictos sociales.

En un mundo dividido entre oprimidos y opresores, son los oprimidos quienes más afrentas tienen que perdonar.

Pero estos llamados al perdón que, de por sí ponen la carga más pesada en las espaldas de los de abajo, desaparecen misteriosamente desnudando su hipocresía de manera más clara cuando son los débiles quienes deben ser “perdonados”. No se escuchan llamados al “perdón de los carperos” de quienes creen que estos están cometiendo un crimen, ni llamados al perdón de quien roba un pedazo de pan para comer. En estos casos, aparentemente, sí es legítimo fomentar la rabia y el odio sin ningún tipo de cuestionamiento.

Schearer Peralta en sus buenos años.

Ladrones de las memorias que nunca fueron

La noticia de la muerte de Rodolfo Schaerer Peralta fue acompañada de una enorme cantidad de pésames, agradecimientos y cariñosas despedidas en comentarios, principalmente, de sus exalumnos y oyentes. Resulta que a este hombre, que tanto daño causó, se le dio la oportunidad de compartir lo mejor de sí con muchas personas, y estas personas se lo agradecen con una entendible sinceridad.

Me viene a la mente el conocido caso del colega y compañero, el ingeniero Carlos Virgilio Bareiro. Bareiro enseñó hace muchos años en ingeniería de la Universidad Nacional de Asunción. Tuve la oportunidad de hablar con él sobre un tema al que ambos le tenemos un amor común: las matemáticas. Comentábamos acerca de su participación en la introducción del cálculo vectorial en el Paraguay en la década del 60. Los ojos le brillaban al hablar sobre la manera en la que este enfoque simplificaba la operación y comprensión de la geometría y la física. Las palabras, las imágenes que transmite y el pensamiento de Carlos Virgilio Bareiro, pensamiento que abarca y se enriquece de varias disciplinas, eran y son dignos de ser escuchadas por decenas de estudiantes de la carrera en la que enseñaba. Pero no lo fueron.

A diferencia de Rodolfo Schaerer Peralta, Carlos Virgilio Bareiro no tuvo la oportunidad de seguir enseñando ni ejerciendo su profesión en nuestro país. Stroessner lo metió en una celda por varios lustros para luego mandarlo al exilio por motivos estrictamente políticos. Bareiro era miembro del Partico Comunista. ¿Cuántas personas nunca tuvieron la oportunidad de tenerlo como profesor y hoy no le dicen a él «fuiste un gran maestro para mí»? ¿Cientos? ¿Cuántos nunca escucharon la voz del otro Schaerer (Prono), por ejemplo, en la radio? ¿Cientos de miles? ¿Cuántas otras voces silenció la dictadura?

Es así que el poder da poder a sus acólitos y desaparece a sus contrarios. A los primeros les prende las luces de spot y los micrófonos y los pone al frente de las aulas, mientras que a los segundos los segrega, ya sea brutal y rápidamente, ya sea con una cruel y calculada lentitud, para terminar condenándolos a la obscuridad de una celda, el silencio del exilio, a las varias formas de desaparición que existen, desde la muerte hasta la distancia, desde la cárcel hasta el olvido, desde el simple pero efectivo despido hasta el extremo siniestro de la desaparición total en la que hasta el destino y los restos de una persona son borrados de la faz de la tierra.

Rodolfo Schaerer Peralta es todo lo contrario de un desaparecido. Él apareció, y apareció, y luego siguió apareciendo: apareció en las radios, hablando con esa voz hermosa que tanto recuerdan quienes lo escuchaban; apareció en los actos sociales con una sonrisa; apareció en las aulas para brindar lo mejor que tenía con su vocación de maestro, porque es claro que algo bueno tenía, como lo tenemos todos, como lo tenían ciertamente quienes desaparecieron y siguieron para siempre desaparecidos, esas voces que nunca se escucharon en las radios, desaparecidas; esas sonrisas que nunca se mostraron en las reuniones sociales, desaparecidas; esos maestros y esas maestras que no pudieron ir a las aulas y a los que generaciones y generaciones de estudiantes nunca siquiera conocieron, desaparecidos, todos desaparecidos, voces que nunca se escucharon, clases de maestros progresistas que nunca se dieron, manifestaciones que nunca se hicieron, primaveras democráticas que nunca florecieron, cambios sociales que nunca vieron la luz, hechos históricos que nunca fueron, todas, todas ellas memorias que nunca fueron, olvidos-hijos-bastardos de la interdicción de ser, hablar, enseñar, pensar, vivir.

Lo que sí desapareció de la historia oficial es el lado obscuro de Rodolfo Schaerer Peralta. Su historia de delación para la policía de Stroessner, desaparecida; los cadáveres que lo apuntan con dedo acusador, desaparecidos; las lágrimas de los familiares de los muertos, desaparecidas; los gritos de los torturados apresados gracias a las delaciones, todos desaparecidos de la memoria colectiva.

La desmemoria paraguaya no es un accidente; es un calculado ejercicio de exterminio de recuerdos que, lejos de dejar un peligroso vacío, generó un universo de convenientes recuerdos: la voz hermosa de Rodolfo Schaerer Peralta hablando en la radio; el General de Ejército Alfredo Stroessner sonriendo en la televisión; Munich Imperial . . . pudiendo gozar el doble no se conforme con unaaa… bebida común; Rodolfo Schaerer Peralta hablando sobre el amor que le tiene a nuestro folklore; Stroessner anuncia la aprobación del crédito del Sumimoto Bank; Rodolfo Schaerer Peralta el paciente maestro explicando cómo se debe hablar en la radio; los hechos se suceden con una sensación de familiaridad, todo forma parte del día a día, por tanto, pero tanto tiempo, que, una vez desaparecido el padrino-dictador, la vida de Rodolfo Schaerer Peralta permaneció inalterada. Rodolfo Schaerer Peralta siguió apareciendo en los mismos espacios y generando más gratos recuerdos en quienes tenían contacto con él en estos contextos, parciales como todo contexto.

Quienes desaparecieron en las tumbas N.N., las cárceles o el exilio, siguieron desaparecidos y excluidos de todos esos espacios. Esos mismos espacios, físicos y de la memoria, están desde hace mucho tiempo ocupados por Rodolfo Schaerer Peralta y otros como él que crearon historias a costa de otras que nunca fueron.

Obscuridad iluminada a ratos por las llamas de unos pocos que recuerdan. Chispa que prenderá los campos cuando el pasto esté lo suficientemente sediento.

[1] “Cambio de apellido”. Diario Página12, 6 de abril de 2007.

 

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