La isla de la rebeldía

La obra retoma el episodio de la Guerra de la Triple Alianza y cuestiona la construcción de los géneros en nuestra cultura, no solamente el lugar de las mujeres en la historia oficial. 

Por Verónica Villalba

Escena de la obra Isla Piano, de Hugo Robles. Foto: Juan José Zaldívar.

Escena de la obra Isla Piano, de Hugo Robles. Foto: Juan José Zaldívar.

Difícilmente encontremos obras de teatro que cuestionen el lugar en donde ha puesto a las mujeres la historia oficial. Las Residentas –esas mujeres que donaron sus joyas para apoyar al Ejército durante la Guerra de la Triple Alianza (1865-18xx) y en cuyo honor, además de un gran monumento, se ha declarado el Día de la Mujer Paraguaya– son un símbolo central en la construcción cultural del ser mujer. Ellas son las mujeres que lo entregan todo por la patria, por sus hombres y sus hijos. Ellas son el prototipo de lo que las buenas mujeres deben ser en nuestra cultura.

La historia de aquellas que se rebelaron ante lo establecido se nos ha ocultado, como dice Line Bareiro: “La mayor victoria de los opresores fue borrar de la memoria colectiva lo mucho que en esta tierra se luchó por la libertad” (Alquimistas. Otra historia del Paraguay). Sin embargo, y gracias a historiadoras e investigadoras feministas que han rescatado la historia de las rebeldes, sabemos que nuestras antecesoras existieron, y hoy las podemos encontrar en “Isla Piano”, la obra escrita y dirigida por Hugo Robles.

Isla Piano nos envuelve en ese clima melancólico que habrá tenido el Paraguay cuando libró la más cruenta de sus guerras: la escenografía de tierra y las luces que la acompañan en tonos cálidos, naranjas y marrones, el mapa antiguo del Paraguay que ocupa el centro de la escena, simbolizando la herida abierta de lo que vivió nuestro pueblo en esos años (además por la tierra perdida), el vestuario de las actrices en los mismos tonos, la música suave y triste, las sillitas de madera que como en una instalación toman la forma de aquel piano, cuya historia ha llegado hasta hoy.

Las actrices, desde su fuerza y con mucha entrega, encarnan a mujeres que sufren, pero sin ser aquellas víctimas arrastradas (papel típico femenino) cuyo sufrimiento no tiene fin, que se ríen y se burlan con desparpajo sin tapujos, rebelándose con alegría, y también con lágrimas, ante lo que deben hacer. Es genial la escena en la que se niegan a entregar sus joyas, tan simbólica, tan directa, es como rayar o grafitear el monumento de Las Residentas. “¿Sabes qué hago con mi joya?”, dice una de ellas, y levantando la mano y sacándose lo que parece un anillo, pasa a meterse una de sus manos en la entrepierna, con total irreverencia.

También cuestiona la construcción de los géneros en nuestra cultura, no solamente el lugar de las mujeres en la historia oficial. Como muchas de las obras del dramaturgo Hugo Robles, en esta también se pregunta qué es ser mujer y qué es ser hombre; al recordar en tono de burla las críticas hechas a Madame Lynch por ser una mujer que no cumplía con los mandatos sociales establecidos para ellas en nuestra cultura: le gustaba beber, bailar, estuvo casada, etc. A lo que no llega es a cuestionar la heterosexualidad obligatoria, ya que una de las historias es sobre la típica mujer que sufre y espera a su hombre que fue a la guerra, ese rol cliché en el que acostumbran a encasillarnos a todas las mujeres.

Aplausos de pie para el director y todo el equipo de la obra isla Piano por ofrecernos este trabajo tan cuidado y que marca la diferencia. Es necesario ir a verla, para saber que aquello de que en Paraguay “no hacemos luego nada, o vai vai nomás”, es una trampa de este sistema que nos quiere hacer creer que no podemos cambiar; y que además nos dice que así nomás luego somos las mujeres: sumisas, sufridas y débiles. ¿Sabés qué hago con mi joya?

Comentarios

Publicá tu comentario