La interminable peregrinación de los casadeños

La increíble marcha de 650 kilómetros protagonizada, en el 2005, por cientos de pobladores de Puerto Casado para impedir que toda la ciudad, con sus casas y pertenencias incluidas, fuera vendida a la Secta Moon.

Texto de Julio Benegas Vidallet

Fotografía de Mónica Omayra

 

“Peñe vende pa vakáicha”, escuchó o creyó escuchar Delia ese día por boca de sus vecinos, en Concepción. “Peñe vendepa vakáicha”, escuchó o creyó escuchar Delia hija, en el colegio. “Peñe vende pa vakáicha”, escuchó o creyó escuchar Francisco Dick en un almacén de ramos generales de Horqueta. La información llegó a Puerto Casado como rumor, avanzó en la angustia y la desorientación hasta que, finalmente, la incredulidad dio paso a la certeza. Delia no lo podía creer, Francisco tampoco. Ambos se habían ido a Concepción para visitar a sus hijas que estudiaban en esta ciudad. Las casas de la mitad de los pobladores de Puerto Casado formaban parte de los bienes muebles e inmuebles que la empresa La Victoria SA, de la Secta Moon, había comprado en Buenos Aires. 585.000 hectáreas. Puerto Casado, un pueblo que se formó en torno de la fábrica de tanino, en el Chaco paraguayo, sobre el río Paraguay, parte del latifundio más grande instalado luego de la Guerra Grande, era trasferido por sus antiguos dueños a la Secta. En su arribo al país tomó por nombre Victoria S.A.

-Qué haremos-, preguntó Francisco a Delia

Quedarnos, resistir, resistir.

-Cómo

Como sea. Ñande niko ndaha’éi vaka.

Delia

Delia Mendoza, viuda de Francisco Dick.

Dejaron a mitad de camino las cosas en Concepción. De regreso al pueblo fueron asaltados por los vecinos preocupados. Pensaban que traían mejor información. Francisco, un hombre grueso, moreno, era de esa gente inquieta, atenta, siempre dedicada a sacar adelante las tareas. Enseñaba letras y números a los pobladores por trueque, especialmente “amaba” a los indígenas, al decir de Delia, con referencia a la comunidad Maskoy.

Delia Mendoza atendía una despensa en Puerto Casado. Sus padres habían escalado en el pueblo para trabajar en la fábrica. Al igual que los padres de Francisco, al igual que los padres de casi toda la población.

La fábrica había dejado de funcionar en 1996. El negocio del tanino hace rato venía en picada. Los quebrachales ya estaban raleados. Mucha gente, con sus indemnizaciones, se embarcó con destino a Concepción y otras en los alrededores de Asunción. Muchos, rápidamente, se percataron de que el dinero que llevaban no era suficiente, que las cosas en las ciudades y alrededores no andaban muy bien. Y volvían, volvían a sus casitas de Puerto Casado. En ese mundo de abandono, migraciones y repatriaciones los noticieros informaron la adquisición en Buenos Aires de los bienes de los herederos de Carlos Casado por parte de la Secta Moom.

Fue en ese tiempo que el campanario de la parroquia, con tres campanas de edad indescifrable, se dedicó menos a convocar a misas y más a asambleas comunitarias. Y la radio comunitaria Quebracho Poty se convirtió en la “la voz del pueblo”.

El 28 de setiembre de 2.000 Casado S.A. remitió una nota a la Bolsa de Comercio de Buenos Aires en la que informaba que por 22,5 millones dólares la Secta Moon se quedaba con 585 mil hectáreas, incluidos el casco urbano, los galpones de la ex fábrica, las instalaciones portuarias y los bienes de uso, materiales y repuestos que se encuentran en la fracciones vendidas y la totalidad de la hacienda vacuna y caballar.

puerto-casado-8La Secta Moon, a través de sus representantes, llegó con una idea luminosa. Dijeron que una ciudad modernísima, “nunca vista”, se construiría en Puerto Casado. A través de uno de sus abogados, Bienvenido Sosa, la empresa Victoria S.A. ofreció 25.000 hectáreas de tierra para los pobladores, pero en otro lugar, “en un lugar inundable”.

La gente no quiso dejar sus pertenencias.

Nicolás Morínigo, entonces senador, propuso la expropiación de 52.000 hectáreas en favor del pueblo y empezaron las medidas de fuerza. Cerraron el río Paraguay, una, dos, tres, cuatro veces. En uno de esos cierres, la patrullera de la Armada Nacional, con orden judicial, volteó las canoas. Sus ocupantes, todos muy buenos nadadores, sobrevivieron los embates, en medio del espanto de la población agolpada en el puerto.

Eran pocas las barcazas estancadas. Había que presionar sobre la capital. Había que sacar a la luz pública el tema.

De nuevo a llamar a la gente a asamblea a través de las campanas y la radio comunitaria. Fue entonces, luego de la intervención de la Armada Nacional, que a Francisco Dick se le ocurrió la idea. “Ya lo venía pensando. Yo sé que en algo andaba, siempre andaba pensando en algo”, esgrime Delia.

Fue entonces que Dick lo formuló: “¿Ha jaguatáro Paraguay peve?”

Los dirigentes de la comunidad lo miraron extrañado. No podían creer que a alguien se le ocurriera semejante “barbaridad”. “Ndetavýma pio, Francisco…”, le dijo uno de ellos, despacio.

Delia también pensó que era un imposible.

Pero las mujeres permanecieron calladas. Para ellas la propuesta no era tan descabellada.

En ese tiempo, la empresa ya había alambrado las salidas al río. Nadie podía pescar más. También la comunidad Maskoy quedó arrinconada. “Nos hacían la vida imposible”, recuerda Delia.

Delia ya no recuerda cuál de las mujeres tomó la posta. Una de ellas dijo: “jaha katu. Vamos todos…”.

Las mujeres acompañaron la propuesta. Desde que se la definió, el pueblo se puso en marcha para conseguir comida, carpas, ropas. De los hierros del antiguo tren construyeron, en la misma fábrica abandonada, una olla de más de 200 litros. Un colectivo de línea y unos camiones de carga para transportar las provistas y los enseres, a las criaturas, mujeres y a los ancianos. Así fue que se embarcaron en esa travesía, dejando sus casas, su iglesia, sus callejas de arena blanca, los ñandúes y los burritos que intervienen en el paisaje del lugar tranquilamente.

Fueron en esos camiones hasta la radio Pai Puku. De ahí marcharon por la Transchaco,  con el rostro curtido por el sol y el polvo, en silencio largo. El sol, una plancha feroz sobre la cabeza. Acampaban a los costados de enormes baldíos alambrados, divisando garzas en los tajamares, carpinchos cruzando los senderos de tierra y luego la ruta negra. Cuatro años consecutivos. Una y otra vez, bajo el sol, bajo las lluvias, durmiendo en carpas de hule. La última movilización, en el 2009, el pueblo quedó vacío. 1.300 personas, según reporte de la época del colega Carlos Goncálves, se sumaron a la larga marcha.

puerto-casado-13Traían en sus hombros una historia precisa del país al término de la Guerra Grande. En 1886 la firma Carlos Casado instalaba la fábrica de extracto de quebracho (tanino) más grande de América. Traían la historia de los hacheros, los jangaderos y los alzaprimas, esas carretas con enormes ruedas de hierro para transportar los rollos.

El fin de la Guerra Grande (1864-1870) marcaba el inicio del proceso que acabaría con las tierras públicas. “Fue una contrarreforma agraria. El Estado fue despojado de sus tierras. Pasaron a convertirse en latifundios ganaderos y forestales”, nos cuenta la investigadora agraria Mirta Barreto, en su libro  “tierras mal habidas”.

La firma Carlos Casado, por sí, y por testaferros, llegó a adquirir unas 300 leguas cuadradas, alrededor de 5.625.000 hectáreas, nos dice, a su vez, el libro “La lucha por la tierra en Paraguay”, de Carlos Pastore.

Una de las procesiones quedó más de un mes en Asunción, exigiendo la promulgación de la ley de expropiación. “Qué importaba el estudio de los niños, el cuidado de los ranchos, cortar el pasto del patio, nada importaba; sin nuestras tierras nada importaba. Éramos como esa gente que fue a la guerra, al todo o nada”, asume Delia.

Consiguieron la expropiación, la festejaron tanto, pero, “maldición de pobres”, en la Corte Suprema de Justicia se anuló.

“Era una lucha muy desigual, David contra Goliat”, asume Delia cabizbaja, los ojillos crispados.

El pueblo quedó donde está. Querían más lotes agrícolas para todos. Encabezado por Francisco Dick habían fundado una cooperativa para organizar la producción. Esta cooperativa fue declarada ilegal por el INCOOP. La empresa otorgó les tierras lejos de sus ranchos y no aparcó la modernidad prometida.

Hoy, Nicolás Morínigo busca entre sus papeles el libro que escribió sobre Puerto Casado. Acompañó la peregrinación por trechos. Esa gesta le había renovado la confianza en la gente, “y sobre todo el sentido de la esperanza. Lo que pasa es que poco a poco se olvida y todo parece nuevo otra vez. Todo parece una anécdota del pasado”.

Hace seis años, Delia se mudó a Asunción, en Barrio Obrero, detrás del Cementerio del Este. Ahí atiende su negocio. Ahí vive con sus hijas, ya licenciadas, ya profesionales, ya como ellos querían que fueran, pero sin Francisco. El 22 de diciembre de 2013 Francisco y Delia se levantaron temprano, tomaron un mate, se sacaron una foto con las hijas, cruzaron el puente Antequera, rumbo a la parada del 27. Ese día había celebración en la asociación de los casadeños en Asunción. A punto de tomar la línea, Francisco cayó de bruces. Un ataque cardíaco. Siempre quiso que lo enterraran en Casado, pero Delia y las hijas dijeron: “Es muy lejos para visitarlo”. Lo depositaron ahí, cerquita, en el cementerio del Este.

Es probable que por eso Delia, a sus 59 años, morena, chiquita, de ojos ciruela, tenga siempre la silla recostada en la pared, sobre la vereda, en la calle Méjico casi 19 Proyectadas, mirando el cementerio. Es probable. Lejos de la tierra blanca, el río calmo, los burros, los inmensos bosques chaqueños. Qué son tres años de duelo para toda una vida de compañeros.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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